Eduardo A. Lugo Hernández

Tribuna Invitada

Por Eduardo A. Lugo Hernández
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La revolución de los privilegiados

El comienzo de este cuatrienio ha estado marcado por acciones del presidente de los Estados Unidos y del gobernador de Puerto Rico que atentan en contra de sectores tradicionalmente oprimidos en nuestra sociedad.

En Estados Unidos, el presidente Donald Trump eliminó la versión en español de la página web de la Casa Blanca, escogió a secretarios de agencias que se han pronunciado en contra de las personas con discapacidades, los latinos, y las personas afro-americanas. Tiene como asesores personas asociadas a grupos de supremacía blanca e intenta instituir una prohibición de viaje a personas de siete países mayoritariamente musulmanes.

En Puerto Rico, desde antes de ser electo, el gobernador Ricardo Rosselló llegó a un acuerdo con sectores fundamentalistas para derogar la Carta Circular con Perspectiva de Género y otras acciones que atentan en contra del bienestar de las mujeres y desmantelan los derechos de la comunidad LGTB.

Muchos lucen confundidos, ya que pensaban que habíamos rebasado el tiempo de estos prejuicios y acciones discriminatorias. Otros sabemos que el racismo, el sexismo, la homofobia, entre otros males sociales, estaban escondidos en el “political correctness”  y que el discrimen estructural es un cáncer que oprime a muchos y muchas.

Sin embargo, lo que está sucediendo se siente diferente. Ahora el que catalogábamos “el opresor” habla como nosotros y dice sentirse como nosotros. Aquel que vive en privilegio expresa ser oprimido. Aquel que es racista, se ofende con el término y “vira la tortilla” y alega ser discriminado. Aquel que sus valores dominan la cotidianeidad de nuestra sociedad y las acciones políticas, dice ahora ser perseguido.

Sin duda, estamos en medio de la revolución del privilegio. De acuerdo a la Real Academia de la Lengua, privilegio quiere decir “… ventaja exclusiva o especial que goza alguien por concesión de un superior o por determinada circunstancia propia”.

Frecuentemente, esta ventaja ocurre de maneras que las personas no la reconocen ya que consideran su situación como normal.  Cuando se genera conciencia de este privilegio algunas personas sienten vergüenza, otras tristeza, pero otras sienten coraje y negación. El rechazo de confrontarse con esta realidad proviene de la complejidad de que el privilegio puede darse en algunas partes de nuestra vida y no en otras. A esto le llamamos intersección.

En otros casos, el rechazo viene de una resistencia a compartir los poderes o los privilegios que nuestras características nos confieren.

En nuestra sociedad tenemos sectores privilegiados tales como las personas con fenotipos caucásicos, los hombres, las personas heterosexuales, las personas sin discapacidad, y los cristianos, entre otros.

Ofrezcamos algunos ejemplos. Nuestros prejuicios indican que el fenotipo caucásico establece el estándar de belleza y está asociado a la inteligencia y el estatus social.  Los hombres ocupan las más altas posiciones de poder en el gobierno y en la industria, y sus salarios son más altos en comparación con la mujer. La orientación sexual heterosexual establece la normalidad en cuanto al amor y la atracción sexual. El cristianismo dicta moralidad, valores y creencias a cristianos y no cristianos a través de las acciones políticas y culturales.

Si ha llegado aquí en la lectura y cumple con algunas de estas características, puede que ya esté esbozando los argumentos para cuestionar mi aserción. Este es parte del problema. En vez de reaccionar impulsivamente, dese tiempo a reflexionar acerca de sus privilegios y sus momentos de opresión.

Créame, el único sector de la sociedad que no experimenta instancias de opresión es aquel representado por personas que cumplen con todas las características de privilegio mencionadas (blanco, hombre, cristiano, adinerado, heterosexual).

La contraparte del privilegio es la opresión. El oprimido no cumple con las expectativas de normalidad que impone el privilegio. Las consecuencias de no conformarse a esta normalidad son el rechazo, la ridiculización y la exclusión. Personas en estos sectores tradicionalmente oprimidos llevan décadas luchando por acertar sus derechos. Ejemplo de esto son los movimientos feministas, la lucha por los derechos civiles de las personas negras (ej. Black Lives Matter, Black Panthers), la lucha por los derechos de la comunidad LGBT, y las batallas legales de las personas discapacitadas).

Las últimas décadas han estado marcadas por luchas de muchos de estos sectores, apoyadas por organismos de derechos humanos a nivel internacional y por hallazgos científicos que ponen en perspectiva el impacto del discrimen a nivel individual y estructural.

Lo que vemos hoy es la reacción del privilegio a estas luchas y a los derechos adquiridos por estas poblaciones. El privilegio se ve amenazado y reacciona contundentemente para no ceder su posición. En Puerto Rico, algunos cristianos, incómodos con las victorias legales de la comunidad LGBT, expresan sentirse perseguidos y oprimidos. En Estados Unidos, muchas personas Blancas insisten que hoy son ellos los que sufren de discrimen y que la obtención de los derechos de afro-americanos y latinos les ha robado oportunidades de desarrollo económico. Estos miedos son sustentados por las proyecciones de que para 2060 las poblaciones minoritarias serán el 56% total de la población en Estados Unidos. La visión de nosotros contra ellos contrasta marcadamente con la diversidad y la inclusión. Es claro que la empatía se asfixia en la desesperación de retener el poder.

Pero si nos damos cuenta que la mayor parte de nosotros en algún momento somos parte de los oprimidos, ¿ayudaría esto a empatizar con el dolor del otro?¿Nos daríamos cuenta del impacto negativo que tiene el tratar de hacer invisible a una población que piensa diferente a nosotros? ¿Llegaríamos a la conclusión de que podemos ser diferentes sin imponer nuestros valores a través de políticas públicas opresivas? Puede ser. Es difícil. Pero tenemos que seguir tratando. Lo único que nos resta es seguir luchando para contrarrestar esta revolución del privilegio con una revolución de la empatía y la inclusión.

Esta responsabilidad es de todos y todas. Y sí, el Estado tiene su rol. Pero si elegimos a nuestros representantes gubernamentales para que defiendan nuestros privilegios, a cuesta de los derechos del otro, como ciudadanos hemos fracasado. Si elegimos personas que en sus campañas abiertamente promueven la opresión, la exclusión y los prejuicios, hemos fracasado como ciudadanos. Si cabildeamos para que nuestros oficiales electos discriminen en contra de otros sectores de la sociedad, hemos fracasado.

El progreso está en la visión colectiva, en el respeto y en el desarrollo de ciudadanos que fomenten la diversidad. De lo contrario, el retroceso de algunos, es el retroceso de todos. Esto, no es un “dato alternativo”, esto es un hecho contundente que afecta la salud física, mental y fiscal de los pueblos.

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