José Antonio Maes Aponte

Tribuna Invitada

Por José Antonio Maes Aponte
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La revolución que ahora hambrea a la gente en Venezuela

Lo que se convertiría luego en la Revolución Bolivariana del Siglo 21 llegó al poder en 1998. Fue una elección histórica, militares golpistas que habían fallado en derrocar un presidente democráticamente electo, llegaron al poder con el apoyo irrestricto de la mayoría abrumadora del pueblo, de importantes grupos de poder de la llamada oligarquía, dueños de comunicación, importantes figuras de la izquierda, grupos sociales excluidos, oportunistas llenos de sed de poder, de dinero, del control de las masas, de la arbitrariedad, la injusticia, un cargo, un ministerio, la silla presidencial.

Los planteamientos ideológicos nunca estuvieron claros, no lo están, la democracia representativa y el bipartidismo fracasaron, no se reinventaron, los viejos caudillos no dieron espacio a las generaciones emergentes, se olvidaron de importantes sectores sociales, perdonaron legalmente y sin restricciones a los golpistas vencidos en armas.

El gobierno actual llegó al poder con una oferta electoral que movió a las masas, interesó a importantes gobiernos internacionales y actores políticos continentales. Prometieron acabar con la pobreza, erradicar la indigencia infantil, castigar la corrupción, reivindicar los derechos humanos y las libertades públicas, mano dura contra la delincuencia, una sociedad justa, progreso, un mejor futuro.

La situación del país casi 19 años después es crítica, irreal, impensable, desproporcionada, injusta, desesperante.

El hambre es una política de estado. El desabastecimiento, la destrucción del aparato productivo interno, la inflación de tres cifras y el control casi absoluto de la importación de alimentos por parte del gobierno y grupos económicos afines está matando de hambre al pueblo. En los últimos meses por tan solo citar algunos ejemplos, han muerto más de 20 personas envenenadas por comer yuca amarga, tubérculo no apto para el consumo humano por sus niveles de cianuro, excepto al convertirlo en casabe. El hambre no se fija si es dulce o amarga, si es yuca o cualquier cosa que pueda calmar el desespero de familias enteras, que no tienen otra cosa que comer. Han muerto decenas de niños de desnutrición, cientos de neonatos que no han contado con la atención médica necesaria para mantenerse vivos, no hay equipos médicos, insumos, personal, no hay comida.

Las calles de las principales ciudades amanecen llenas de basura esparcida como consecuencia de las bolsas rotas por venezolanos buscando que comer. No se trata únicamente de personas sin hogar, son personas comunes que no tienen otra opción de comer y de llevar algo para alimentar a sus familias, cadetes y militares uniformados también están en la lista.

El negocio de importación de alimentos ha construido imperios y grandes fortunas producto de la corrupción. Los alimentos adquiridos con una tasa de cambio preferencial de bolívares a dólares, muchas veces no llegaron nunca al puerto, muchas otras llegaban solo una pequeña porción de la supuesta compra, en otros casos compraron alimentos vencidos o por vencerse que se dejaban podrir en los contenedores, se enterraban o botaban en vertederos.

Expropiaron tierras productivas, empresas y grandes corporaciones que quebraron, están abandonadas o improductivas. Hoy ocupan temporalmente algunas panaderías, con la excusa de seguir “alimentando” a nuestro desconsolado pueblo.

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