Silverio Pérez

Tribuna Invitada

Por Silverio Pérez
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La rueda en el hoyo cavado por el imperio

Van 119 años y la rueda sigue en el hoyo donde cayó aquel 25 de julio de 1898. De hecho, ya no es un hoyo, ahora es un hueco enorme, casi un lago de fango. Mientras más se mueve la rueda intentando salir, más se agranda el bache.

Si miramos con frialdad los primeros años de la invasión, descubrimos que fue precisamente ahí donde se cavó el agujero. Se desmanteló la economía existente sustituyendo el peso puertorriqueño por el dólar. Se aniquiló el sistema político con visos de autonomía que España había concedido con esperanzas de mantener la colonia. Y se atacó de frente y sin delicadeza el elemento principal de la identidad del pueblo invadido: su idioma y su cultura. Todo ello, en aras de la expansión de los intereses económicos de la Gran Corporación, como algunos llaman a los Estados Unidos.

Cuatro décadas después la colonia se hundía en un sumidero de miseria, enfermedades y desesperanzas. Las huelgas y protestas eran la orden del día. El país era un barril de pólvora a punto de estallar. Entonces, cuando al nuevo imperio le convino, porque entraba en la Segunda Guerra Mundial primero, y en la Guerra Fría después, apalancaron la rueda y el país caminó un poco, lo necesario para aplacar la furia. Y así vino el otro 25 de julio, el de 1952, el del gobierno propio, el del fin de la colonia, el del engaño a las Naciones Unidas. Esas circunstancias históricas sirvieron de base para exhibir el país en una vitrina que hiciera que los otros países del hemisferio, casi todos subdesarrollados, nos envidiaran por esa relación privilegiada que teníamos con los Estados Unidos y no optaran por la revolución y el comunismo. Y vitrina fuimos, hasta que les convino.

El año pasado, luego de más de década y media en que la vitrina se fue haciendo añicos, el Tío Sam se quitó la máscara del generoso y paternalista benefactor y aceptó desmaquillar la colonia. Se impuso una Junta de Control Fiscal, que anuló la ilusión del gobierno propio obtenido en 1952 pues se impuso sobre el gobernador, a la Legislatura y a la Rama Judicial, para intentar salvar la economía, esto es, el negocio que aún le deja sobre 40 mil millones de dólares en ganancias anuales a la Gran Corporación, según algunos economistas. Retrocedimos a 1898.

Un año después, la rueda sigue girando en el hoyo y su movimiento reparte fango a diestra y siniestra. El gobierno de turno sigue el mismo patrón establecido por los gobiernos anteriores: ausencia de transparencia, beneficio a los amigos del alma, decisiones puramente politiqueras, legalización de actos que rayan en la ilegalidad, y la truculencia como diplomacia. Mientras, la inmensa mayoría del país, sobre todo la oposición y el espectro que queda a la izquierda de esa derecha trumpiana criolla, observa en estado de shock, estupefacto, limitando su movimiento al pataleo en las redes sociales. Solo los estudiantes universitarios y las comunidades a las que se les pretendió coger de bobos con el proyecto de las cenizas se han tirado a la calle.

Como en los Estados Unidos, donde los comediantes parecen ser los únicos que presentan una oposición diaria a la truculencia trumpista, son los artistas puertorriqueños los que en sus actos individuales y colectivos sostienen una lucha de resistencia y de toma de consciencia. Es por eso que la educación, la Universidad de Puerto Rico y el sistema público de enseñanza, y la cultura, organizaciones que fomentan la actividad deportiva, teatral o creativa, son los que reciben el mayor embate de esta crisis provocada por los que han conducido la rueda al hoyo en el que ha caído.

Espero que el silencio exasperante que se siente sea como el reposo que se toma el moriviví cuando lo pisotean para emerger nuevamente con sus espinas listas para defender su integridad. De lo contrario, como país nos hundiremos en el hoyo que cavó el imperio e intentó maquillar un 25 de julio.

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