Ariel Orama López

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Por Ariel Orama López
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La Sagrada Familia

La censura es un elemento intensamente analizado desde lo escurridizo de la “psiquis” y la palabra. El filme puertorriqueño La Sagrada Familia me hizo recordar ese paralelismo que existe entre mis dos grandes pasiones.

Tuve la oportunidad de tomar mi primer curso formal en actuación a la par con mi primer curso doctoral en psicoanálisis, a inicios del 2000. Así descubrí los misterios inherentes a ambas disciplinas, la psicología y el teatro. Incluso he descubierto, a nivel graduado en Medios y Cultura Contemporánea, a ese poder innegable -incluso al servir como espejo social- de la visualidad cinematográfica.

Censura. Si algo tiene de mágico esta película lo es, precisamente, la carencia de filtros a la hora de presentar los dilemas psíquicos de los mortales. Condensación, transferencia y simbolismo se entremezclan, como por arte de magia. Y surge el tema del amor filial. De las relaciones poco heteronormativas. Del perdón. Del impregnado legado generacional y de los tiempos conservadores, aun en tiempos cambiantes y punzantes.

Y veo en La Sagrada Familia el realismo histriónico de nuestro país actual, siempre en caos, pero destinado a regresar a las raíces: a la sangre. Veo un proyecto inteligente, de pocos personajes y de gran atmósfera. De múltiples escenarios imaginados, pese a reducirse a cuatro paredes -como la complejidad de nuestra mente-, en la mayoría de las instancias. Veo a un protagonista psiquiatra que, muy lejano de ser estereotipado, resulta muy bien logrado, “in actu”, y nos retrata lo mucho que le queda a la profesión de la “psiquis” por trascender: retoma aquellas sombras “junguianas” que, por más experta, ética y palabrera que se quiera tornar la profesión del psicólogo o del psiquiatra, parece haber olvidado que el origen etimológico de nuestra profesión radica en el alma. En la sensibilidad. En lo humano del asunto. En el niño interior, la substancia.

Actuación y psicología = verosimilitud: son hermanastras de una sola palabra. A fin de cuentas, lo genuino, lo que florece en nuestras pieles, debe prevalecer, pese a nuestros demonios internos. Solo al concretarlo, podremos regresar a casa.

Este siempre ha sido mi sueño colectivo.

Y hay que despertar.

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