Hiram Sánchez Martínez

Tribuna Invitada

Por Hiram Sánchez Martínez
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Las armas y los insensatos

Todo empezó en Inglaterra, no en Estados Unidos; en el siglo XVII, no en el XXI, que es cuando sus efectos han sido más catastróficos. En aquella época, un rey católico ordenó el desarme de sus súbditos protestantes mientras permitía que los “papistas” católicos se armaran cada vez más. El asunto cambió cuando el rey católico fue depuesto y sustituido por uno protestante. Entonces creyeron necesario, para que los súbditos protestantes no volvieran a sufrir otro desarme futuro y quedaran a merced de sus enemigos católicos, incluir en la Carta de Derechos inglesa de 1689 el reconocimiento de un derecho preexistente a poseer armas y que este no se les infringiera a los protestantes.

Esa tirantez ideológica de base religiosa fue responsable, en parte, de las migraciones europeas a América del Norte que dieron lugar a la formación de las trece colonias originales. Con sus ideas y costumbres, estas trajeron el derecho preexistente a poseer armas. En la América colonial era una especie de “seguro” para permitir organizar las propias fuerzas militares y de policía, repeler cualquier invasión o insurrección, resistir y autoprotegerse de cualquier gobierno tiránico, y para la defensa propia.

En 1791 se adoptó la Segunda Enmienda para reconocer expresamente -como derecho preexistente a la Constitución- el derecho de las personas a poseer armas. Para esa época las armas de fuego más comunes eran el mosquete (arma parecida al fusil que se cargaba por la boca y se disparaba apoyada sobre una horquilla) y la pistola Ketland (realmente un revólver sencillo usado frecuentemente en duelos). Eran absolutamente desconocidas las armas “de destrucción o daño masivo”, como las que utilizan hoy día los ejércitos y las fuerzas del orden público en y fuera de Estados Unidos.

Las decisiones judiciales establecieron claramente que, aun cuando el derecho de las personas a portar armas estuvo pensado originalmente para la formación de las milicias estatales para hacer frente a cualquier opresión o amenaza del gobierno central (federal), la realidad es que ese no fue el único propósito. La defensa propia y del hogar están igualmente enraizadas en el derecho de las personas a poseer armas garantizado por la Segunda Enmienda.

Cuando los estados pretendieron restringir el uso de armas de fuego a las de uso militar únicamente, el Tribunal Supremo de Estados Unidos decidió que el derecho a poseer armas se extiende a cualquier tipo de arma, aunque esta no existiera en el momento en que se adoptó la Enmienda. El componente central de esta Enmienda es “la defensa propia individual”, no la relacionada con la formación estatal de una fuerza militar. Sobre todo, se ha resuelto que el derecho a poseer armas es exigible no solo ante el gobierno federal, sino ante los estados.

De ahí que con este historial sea enteramente coherente lo que observamos hoy: que armas automáticas y de todo tipo, diseñadas con el potencial de producir graves daños y muchas muertes en poco tiempo, pensadas principalmente para los ejércitos y agencias de ley y orden, puedan ser adquiridas sobre el mostrador, prácticamente por cualquier persona (con exclusión de aquellas con padecimientos mentales o récord penal). Ya no se trata de mosquetes y pistolas Ketland; ahora hablamos de una variedad de armas que son tan sofisticadas que parecen de la ciencia ficción. Ya no perduran las condiciones sociológicas y políticas que llevaron en el siglo XVII a reconocer el derecho a estar armados. Pero los norteamericanos siguen aferrados a sus armas.

Lo insólito parece ser que, a pesar de las recientes matanzas de estudiantes en Sante Fe, Texas, en Parkland, Florida, y en Newtown, Connecticut, y del repudio masivo del derecho de poseer toda suerte de armas, el Congreso no se muestra receptivo a la idea de iniciar el trámite de enmienda de la Constitución de Estados Unidos para derogar la Segunda Enmienda. Sabemos que enmendar la Constitución federal es un asunto complicado y difícil, pero el precio que se está pagando por no hacerlo es demasiado alto como para no intentarlo. ¿Hasta cuándo los insensatos se seguirán saliendo con la suya?

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