Hiram Sánchez Martínez

Punto de vista

Por Hiram Sánchez Martínez
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Las canas y el lenguaje noticioso

No tengo nada en contra de llamar las cosas por su nombre, aunque a veces eso pueda incomodar a alguien. Sin embargo, hay actividades humanas en las cuales se espera un uso “comedido” o “apropiado” de las palabras y las frases, es decir, un lenguaje “políticamente correcto”. Por ejemplo, antiguamente, creyendo que con el uso de eufemismos no ofendíamos a nadie, le decíamos “moreno” o “de color” a las personas de la raza negra, sin que nos diéramos cuenta de que con ello dejábamos al descubierto un tipo de prejuicio social que debía ser evitado.

Afortunadamente, los cambios sociológicos y nuestro modo de ver las cosas y de interactuar unos con otros fue aleccionándonos en nuevos estilos, más civilizados y caritativos, de trato digno y respetuoso de los demás; algo que nos ha concientizado, como sociedad, de nuestros propios discrímenes, tanto de los que hemos podido vencer como de los que aún nos quedan por superar. Unas veces ese despertar de la consciencia ha sido un proceso paulatino del que ni cuenta nos hemos dado. Otras veces los cambios han sido tan abruptos que solo cabe preguntarnos qué está sucediendo.

Lo cierto es que hemos llegado a desterrar de nuestro uso cotidiano palabras o frases que antes eran consideradas de mal gusto para referirnos, por ejemplo, a las distintas manifestaciones de la sexualidad, o de las discapacidades físicas o mentales de las personas. De hecho, como parte de esa nueva visión sociológica del uso “correcto” del lenguaje también vino lo del lenguaje inclusivo que tanto ha dado de qué hablar —principalmente en algunos círculos académicos—, lo de “todos y todas”, “niños y niñas”, “trabajadores y trabajadoras”, “Colegio de Abogados y Abogadas”, etc. Eso ha marcado la exigencia moderna de un uso apropiado de nuestro lenguaje, aun del cotidiano, en el que debemos prescindir de los términos que puedan sonar discriminatorios. Ya no es cuestión de hablar con eufemismos, sino de vigilar lo que decimos y cómo lo decimos, para que nada proyecte un trato prejuiciado hacia los demás.

¿Y por qué este tema? Porque varios lectores me han interpelado para que escriba sobre cómo se sienten cuando ocasionalmente se utilizan en los medios palabras como “sexagenario”, “septuagenario” u “octogenario” para describir a ciertas víctimas de algún delito, sin que el contenido de la noticia, columna o artículo tenga algo que ver con la edad o calificación de la víctima. Por eso vemos titulares de “Muere septuagenario en accidente de tránsito”, o “Le roban a octogenario a punta de revólver” sin que lleguemos a comprender la relación entre esos adjetivos y el contenido noticioso. O, peor aún, que utilizan las palabras “anciana” o “anciano” para referirse a alguien de 64 o 66 años, como si los muchos años fueran algún tipo de discapacidad que marcara ese periodo de la vida, con tanta importancia para el lector que haya que señalarlo de continuo. Naturalmente, si fuese pertinente a la noticia no habría nada más de qué hablar. En realidad, no recuerdo haber leído noticias de “Asaltan a treintañero en su hogar” o “Muere cuarentón en robo domiciliario”. Como tampoco he leído “Acusan a hombre blanco de asesinato”.

A veces es que los autores de los titulares o noticias son demasiado jóvenes, para quienes treinta o cuarenta años mayores que ellos/ellas hacen mucha diferencia, y les hace ver con indiferente soltura el deterioro físico que llega con tan “remotas” edades. Mi esposa, sin ir más lejos, cuando tenía 30 años redactó un memorando para su jefe, un juez del Supremo, que comenzaba: “Un anciano de 60 años sufrió un accidente…”. El juez, naturalmente, la corrigió con suavidad.

A mí las arrugas y el pelo blanco me llegaron casi sin darme cuenta, y estoy tan acostumbrado a ellos que los acepto con naturalidad. Y no me ofende, ni podría ofenderme, pertenecer al grupo de ciudadanos singularizado en los partes noticiosos por la única razón de tener equis años. Aun así, comprendo a los lectores que me preguntan: ¿es eso necesario?

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