Fernando Cabanillas

Tribuna Invitada

Por Fernando Cabanillas
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Las células madre, ¿curan o no curan?

Hace unas semanas, este diario publicó un artículo acerca del exitoso trasplante que se le practicó al doctor Johnny Rullán, como parte del tratamiento para combatir su cáncer. En dicho reportaje se utiliza el término trasplante de células madre. No es que el vocablo sea incorrecto. De hecho, es la traducción perfecta para “stem cell transplant”.  Pero una amiga me preguntó si es que acaso el Centro de Cáncer Memorial Sloan Kettering estaba usando la medicina alternativa.

Al parecer, muchos en Puerto Rico piensan que el vocablo “células madre” no es medicina tradicional. Tiempo atrás, escribí un artículo titulado “La mafia de las células madre”, donde describí cómo se les tomaba el pelo a personas desesperadas a causa de dolencias temibles para las cuales no existen tratamientos eficaces.  Me refería a trastornos tales como el Alzheimer y algunos males cardiacos que han sido tratados por un médico argentino, Roberto Fernández Viñas, usando células madre. Este doctor ha sido duramente criticado, dentro y fuera de Argentina, por promocionar a ese país como un destino para el llamado “turismo médico de células madre”.

No es que el turismo médico sea un negocio engañoso, pero si, como en este caso, sus bases son fraudulentas, naturalmente es reprochable y mal visto. No obstante, aquí un político local muy conocido aseveró que “el doctor Fernández Viña ha sido un líder en el campo de las células madre”. Quizás quiso decir un líder en el uso fraudulento de ese tratamiento. Creo que quedó bastante claro en mi escrito la forma en que se tima a los pacientes que confían en semejantes charlatanes. Sin embargo, lo que tal vez no quedó claro es que sí existe un uso legítimo para esa modalidad de tratamiento, pero no para curar el Alzheimer, la diabetes, el autismo, ni trastornos cardiacos. ¿Para qué sirven entonces estas células progenitoras?

Comencemos por explicar lo que son. Existen células madre de dos diferentes tipos. Hablemos primero de las células madre embrionarias. Estas provienen del feto y son muy inmaduras. Su única función es proliferar y madurar hasta convertirse en todos los tipos de tejidos especializados, como son por ejemplo el corazón o el cerebro. Durante las primeras semanas del embarazo, cuando se desarrolla el embrión, estas células son las responsables de madurar hasta convertirse en los varios órganos del cuerpo.

También tenemos las células madre adultas las cuales provienen de los tejidos ya formados después de la etapa embrionaria. Estas células tienen la capacidad de autorrenovarse, proliferar y diferenciarse. De esa forma reparan y reemplazan los tejidos de los adultos cuando se desgastan o se enferman. La mayor parte de las células de nuestro cuerpo envejecen y terminan por morir, como ocurre comúnmente por ejemplo con las células del intestino y la médula ósea. A diferencia de las células madre, las células ya maduras de estos órganos carecen de la capacidad de renovación, y por tanto no pueden reemplazar a las células especializadas desgastadas. Estas últimas son células que tienen una función específica dependiendo del órgano, como las de los riñones, que se especializan en filtrar la sangre para eliminar sus impurezas.

Con esta explicación abreviada, ya ustedes estarán imaginándose el gran potencial de las células madre para el tratamiento de muchas enfermedades. Este potencial será explotado al máximo una vez podamos aprender a controlar mejor el proceso por el cual se pueden aislar y cultivar, a fin de trasplantarlas a un órgano averiado para poder repararlo.

Por el momento, hemos logrado usar exitosamente las células madre adultas, formadoras de sangre, para llevar a cabo trasplantes de médula ósea y tratar algunos tipos de cáncer. Este logro no es algo nuevo, tiene ya más de 40 años.

Existen dos tipos de trasplantes de células madre de la sangre, ambos aprobados por el FDA. El más común y sencillo es el trasplante autólogo, que fue el que se le practicó al doctor Johnny Rullán. Este método consiste en obtener las células madre provenientes de la médula ósea del mismo paciente. Hoy día estas células se pueden cosechar de la sangre sin tener que punzar el hueso para llegar a la médula. Estas células madre son creadoras de sangre y se utilizan para rescatar al paciente después de administrarle una quimioterapia en dosis altas. Estas megadosis de quimioterapia producen una disminución severa de todas las células de la sangre. Para evitar esto, después de administrar la quimioterapia, se hace un trasplante autólogo de células madre que empiezan a formar sangre, evitando el descenso prolongado y severo de células sanguíneas.

Contrario a lo que muchos piensan, el trasplante no es un procedimiento quirúrgico, es como una transfusión. Las células trasfundidas encuentran el camino hacia la medula ósea donde proliferan y forman las células de la sangre como los globulos blancos, rojos y las plaquetas. El trasplante autólogo no es el tratamiento para eliminar el cáncer, sino que es una forma de evitar la toxicidad severa de la quimioterapia. El verdadero tratamiento aquí es la quimioterapia, que cuando se administra en dosis altas, puede superar la resistencia del tumor a las dosis normales.

El segundo tipo de trasplante de células madre es el alogénico. En este caso, las células madre provienen de un donante, frecuentemente pero no siempre, un hermano o hermana. El trasplante alogénico conlleva más riesgos, pero tiene la gran ventaja de que las células trasplantadas del donante tienen la capacidad de reconocer como foráneas las células malignas del enfermo y atacarlas. En otras palabras, las células trasplantadas del sistema inmune del donante combaten el cáncer del paciente. Aquí sí el trasplante es el tratamiento para el cancer. Aparte de estos dos tipos de procedimientos con células madre, ningún otro está aprobado por la FDA.

Los científicos ahora tenemos por delante el gran reto de aprender cómo aprovechar al máximo el potencial de las células madre como tratamiento para otras dolencias que no sean tumores malignos. Imagínense si lográramos, por medio de un trasplante de células madre, curar el autismo, el daño de un derrame cerebral o el trauma al cordón espinal. Lamentablemente todavía no hemos aprendido del todo como utilizar las células madre para ese propósito, pero más lamentable es que algunos médicos puertorriqueños estén explotando la miseria causada por estos trastornos. Un médico cobraba $7,000 por hacer trasplantes fraudulentos con el fin de tratar problemas neurológicos, hasta que un paciente se quejó a la Junta Examinadora Médica, la cual “optó por no multar o retirarle la licencia al galeno, porque era la primera querella que enfrentaba y porque voluntariamente decidió subsanar el error.” Si lo único que esta Junta dictamina es devolver el dinero a dos de los cientos de pacientes timados, el mensaje es nefasto. Tampoco ayuda la FDA haciéndose de la vista larga cuando violan sus leyes. Pero no voy a perder la esperanza de que en un futuro podamos curar con un trasplante de células madre cerebrales a estos médicos que padecen, entre otras cosas, de delirios de grandeza.

Y a propósito, alguien puede explicar por qué no debemos designarlas “células madre y células padre”. Exijo trato igual.

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