Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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Las dos alas

¿Cómo dos sociedades de tan disímil trayectoria política han podido llegar a la misma encrucijada, y después de casi sesenta años de revolución “dura” una y revolución “light” la otra? Cuba y Puerto Rico han sido fieles creyentes en el estado omnipotente (léase gobierno) como zapata ineludible del pacto social.

Parte de la crisis que vivimos y viviremos se debe a que el “welfare state” a la puertorriqueña, que en realidad comenzó en los años treinta con la P.R.E.R.A. y la P.R.A. y siguió en los cuarenta con Tugwell en la gobernación y Muñoz Marín en el Senado, culminó en los setenta con los cupones de alimentos y en los noventa con la reforma de salud. El “welfare state” y los bonistas nos convencieron -durante décadas- que sí podíamos vivir a un nivel sobre nuestra productividad y riqueza, aún con una participación laboral de un 39%. De ahí pasamos al Tren Urbano faraónico y al Choliseo impagable y privatizado, al majestuoso y vacío Centro de Convenciones, a los subsidios para cien organizaciones sin fines de lucro.

Botar empleados públicos todavía resultaba impensable; el remedio era aumentar bonos como el de Navidad -aprobar uno más, hasta para el verano, y también subsidio a las medicinas-, sin olvidarnos de aumentar beneficios marginales en los convenios colectivos. El salario mínimo federal se convirtió en aspiración para un territorio pobre del imperio que, por las mismas razones, no puede ser estado federado. Teníamos que parearnos con el salario mínimo federal costase lo que costase, aún cuando nuestra riqueza y productividad no fueran cónsonas con dichos salarios. Para los ideólogos de la estadidad federada ese pareo sería imprescindible para sus aspiraciones ideológicas.

Cuba llegó a tener más de un millón de empleados públicos. Mientras Fortuño botó veinte mil de los nuestros, Raúl botó quinientos mil de los suyos. La promesa socialista de que el estado benefactor lo proveería todo se resquebrajaba. Los que permanecieron en la plantilla gubernamental vivirían con sueldos miserables y el joseo nuestro de cada día. Cuando estos empleados del estado se quedaron sin empleo, el estado cubano autorizó 178 “actividades para el ejercicio del trabajo por cuenta propia”. Abrir un come y vete, o el llamado cursilonamente “paladar,” sería el más digno de estas actividades y oficios que irían desde magos y payasos (nuestros legisladores) hasta el número 156, el oficio de “dandy”, que me temo no es otra cosa que el chulo de “masajistas” y “jineteras”. Quinientos mil empleados estatales clasificados como “redundantes”, ahora llamados simpáticamente “cuentapropistas”, tendrían que buscárselas en la calle a la que ya los había acostumbrado el socialismo salvaje. Mientras tanto, Borinquen Bella pronto será un paraíso de viejos con la tarjetita de la reforma que no servirá y los aficionados a Pirulo y su tribu.

Los soberanistas e independentistas tienen razón cuando recalcan, siguiendo el informe Krueger, que Puerto Rico quede exento de las actuales leyes de cabotaje. También les encargaría, a esos mismos independentistas y soberanistas, explicarle al liderato obrero que también quedemos exentos del salario mínimo federal. Ese mismo sector político sueña con tener la soberanía para así “recurrir a programas económicos de instituciones internacionales para enfrentar la deuda pública”. Habría que recordarles a estos ilusos que el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial nos aplicarían las mismas medicinas amargas y reformas antipáticas que les han impuesto a países soberanos. Todos los banqueros son conservadores. Prescriben para los países lo mismo que se le ha pedido a Grecia: reformas fiscales y gubernamentales profundas, mantener un nivel de gasto público acorde con la riqueza y la productividad que genera el país. La Unión Europea no pudo pagar el pon griego como tampoco los americanos, léase gobierno federal, podrían pagar el nuestro.

Un portavoz de nuestra izquierda ha dicho del informe Krueger: “Es un enfoque de derecha, que lo que propone es abaratar la mano de obra y reducir las ayudas sociales para que el pueblo salga a trabajar”. ¿No se trata de eso, de que el pueblo salga a trabajar y no siga cogiendo pon con la riqueza ajena? Justo, ese es el reto que tienen la independencia y la soberanía. Trabajar es distinto del joseo a la cubana o el “bregar” a la puertorriqueña. Trabajar es crear riqueza.

Sabemos, sin embargo, que fácil no será para las dos alas. En declaraciones recientes, y en ocasión de recibir el muy merecido Premio Princesa de Asturias, Leonardo Padura terminó su entrevista con esta jeremiada: “¡Poner a los cubanos otra vez a trabajar va a ser del carajo!”. Lo mismo digo de los puertorriqueños.

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