Eduardo Lalo

Isla en su tinta

Por Eduardo Lalo
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Las dos marchas

Hubo dos marchas, al igual que el año pasado. El primero de mayo, me uní a decenas de miles de ciudadanos y caminé con ellos desde la Universidad hasta la Milla de Oro, donde coincidieron otras muchedumbres venidas de distintos puntos de la ciudad.

En una sociedad tan dividida y compartamentalizada como la nuestra, una marcha multitudinaria refuerza los lazos comunes. Ciudadanos de distintos orígenes y edades, acaparan una avenida con paso lento. En la marcha, como en pocas ocasiones, se vive el placer de pertenecer a una comunidad. Millares han salido de sus casas; millares están a nuestro lado porque sienten, piensan, padecen, resisten, igual que nosotros. En una marcha multitudinaria, es imposible sentirse solo.

Así llegamos a la Milla de Oro. Así llegaron allí otros ríos de gente. Nos sorprendió encontrar la tarima ubicada en un lugar inapropiado para una concentración de esta magnitud. Luego nos enteraríamos que, para dividir a los asistentes, el sitio había sido impuesto por la Policía. Una parte del gentío se congregaba en la avenida Roosevelt y la otra en la más estrecha Ponce de León. Ninguna de las partes podía verse. La Policía sentaba las bases para que la marcha se transmutara espacialmente en dos. Después se añadiría el elemento del tiempo: cuando acabara la primera, se daría la señal para que comenzara la segunda.

Camino a la Milla de Oro, vi las primeras señales ominosas. La cantidad de policías era una marcha en sí misma. Centenares de agentes portando equipamientos militarizados cercaban a la multitud. La cola de la manifestación era acompañada por al menos 25 motocicletas y una guagua. La exhibición de fuerza era desmesurada, la toma de la zona parecía una escena de un golpe de Estado y resultaba ridícula y una verdadera agresión dado el talante evidentemente cívico de los marchantes. ¿Por quién nos tomaban? La pregunta debió surgir en miles de mentes que percibían policías con cascos, coderas, rodilleras, chalecos, armas, que los convertían en una suerte de cíborgs oscuros. Ya aquí seguramente estaba el plan, el diseño de la segunda marcha.

La concentración del primero de mayo, por segundo año consecutivo, era un éxito. A pesar de la desesperanza, del golpe dado a la ciudadanía por múltiples reformas, a pesar del huracán, estábamos allí y éramos muchos. El Puerto Rico que desea una sociedad mejor seguía vivo.

Pasado el mediodía, la primera marcha, la que nos perteneció, había terminado. Junto a un grupo de personas caminé un buen trecho hasta encontrar un restaurante abierto. Allí todas las mesas estaban ocupadas por gente que había marchado y había un televisor. Asistimos allí a la segunda marcha, transmitida en vivo y, sospechosamente, sin comerciales. No creo que esos canales hayan sustituido sus programas del mediodía por la cobertura de los discursos y actos artísticos de la primera marcha.

Durante casi una hora, filas de policías militarizados bloquearon la ruta a un grupo de manifestantes vestidos de negro, portando palos y escudos caseros. En la mañana, habían caminado cerca de mí y era posible que no llegaran a ser 50. Poseían una curiosa mezcla de marcialidad aficionada, exceso de testosterona y espíritu deportivo. Algunos iban sin camisa, alardeando de una musculatura que de poco serviría ante un policía cubierto de armaduras. Si su ambición era derrotar el sistema, como indicaban sus consignas, el tamaño de su fuerza y el aficionismo de sus medios los condenaban. Además, dada su informalidad, serían un grupo fácil de infiltrar y manipular. Al igual que el año pasado, se convertirían en personajes de un espectáculo transmitido en vivo, que sería la representación de su entrampamiento. Durante horas, se pasearon con sus armas de pacotilla frente a cientos de policías, sin que éstos intervinieran. La escena culminante tenía un momento asignado y, por ello, en la tarde, dos grupos de policías les cerrarían el paso en puntos opuestos de la Milla de Oro.

La confrontación no llegó a los 30 segundos. En menos de 15, los escudos estaban en el suelo. En la conjunción de este espacio-tiempo, en este kairós, se daba el momento culminante de esta escaramuza de diseño. Su héroe fue el anónimo agente que apretó el gatillo del primer gas lacrimógeno. Luego vino el bombardeo, las balas de goma, los macanazos.

En el restaurante, veíamos la "película" de la segunda marcha y, un poco más tarde, la conferencia de prensa de Rosselló y Pesquera que convertían en víctimas a la Policía y en victimarios a los manifestantes entrampados y utilizados, dirigidos, mediante infiltración u otros medios, a crear una escena violenta. Las razones de la marcha se enturbiaban. Los cierres de escuelas, el aumento del costo de la Universidad, las violencias de la reforma laboral, las reducciones propuestas a las pensiones, la corrupción en las contrataciones, los salarios inverosímiles de los funcionarios, eran sustituidos por la imagen de un pedazo de adoquín en la mano del gobernador. En política importa más la percepción que la realidad, y en este caso esta imagen parecía sacada de un libreto y me llevaba a preguntarme si la piedra no estaría ya desde el día antes en La Fortaleza, gracias a los servicios de una agencia de publicidad.

Mientras tanto, la Policía provista con armas verdaderas, y no con escudos de madera comprimida, invadió en masa a Santa Rita. Los vídeos de su ataque muestran una falta de disciplina y un revanchismo alarmantes. Desprovistos de órdenes de arresto, violentaron residencias, golpearon, llenaron estrechas calles residenciales con nubes de gases tóxicos. Fueron la imagen viva del hombre convertido en lobo del hombre. Nada dijeron de esto ni el gobernador ni su jefe policiaco.

El resultado de estos acontecimientos es el que sigue. A pesar de las campañas mediáticas y la propaganda del gobierno y sus compañeros de ruta, una profunda indignación, unida a un extenso escepticismo, laten en las mentes de decenas de millares. La crisis de credibilidad del gobierno no está sólo en Washington, sino también en las mentes de los puertorriqueños. Pretender transformar la incertidumbre, los desacuerdos, la oposición, el dolor y el civismo duradero y manifiesto de lo que constituye sin duda la mayoría del pueblo, en una imagen trillada y caricaturesca de violencia y anarquía, sería un acto vil, que demostraría a qué extremos estaría dispuesto a llegar el gobierno para imponer sus decisiones. Y esto, luego de la segunda marcha del primero de mayo de este cuatrienio, se resume quizá en una irresistible inclinación a la mentira. Esta ya no sería una reacción incidental, sino una política de Estado, quizá la primordial, quizá la única. La realidad importaría menos que su manipulación. Algún estratega estaría dispuesto a convencernos de que el pedazo de adoquín en manos del gobernador causa más daño que los macanazos, que la carga de una jauría de guardias, que una generosa rociada de gas pimienta, que una vistosa nube roja de gases lacrimógenos. Se pretendería hacer creer que esta semana no hubo una injustificada y, a la vez probablemente buscada y diseñada, violencia de Estado.

La comparecencia ante la prensa del gobernador y el jefe de la Policía, sería un escándalo si días antes tuvieron en sus escritorios el diseño de lo que iba a pasar; si de alguna manera miembros del gobierno contribuyeron para que la poderosa marcha de la mañana fuera convertida en la patraña de la tarde. No lo sé, pero en miles de puertorriqueños ya existe la duda.

Con apenas año y medio cumplido de su mandato, el gobierno de Ricardo Rosselló profundiza su crisis de credibilidad. Por 16 meses pudo beneficiarse de la buena disposición de muchos ciudadanos, pero ahora se encuentra peligrosamente cerca de que se perciba o se suponga su complicidad con actos y estrategias rayanas en lo seriamente inapropiado. Luego de este primero de mayo, está a un paso de ser percibido como un adversario hostil, como el hombre convertido en lobo del hombre.

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