Arturo Massol Deyá

Tribuna invitada

Por Arturo Massol Deyá
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La sentencia de ignorar la ciencia

Andamos angustiados de lo que el huracán Irma provocó en las hermanas Antillas menores, sufrimos las consecuencias moderadas de su peligrosa caricia a la Isla y anduvimos desconcertados de lo que podría ser para otros como en la República Dominicana, Cuba y la Florida. Su fuerza representa un nuevo referente de poder prolongado para un fenómeno natural de este tipo en el Atlántico.

Ahora fue Irma y la acompañaron en el Caribe los huracanes Katia y José. Días atrás fue Harvey, arrasando Houston con la tercera inundación ‘de probabilidad de 1 en 500 años’ en los últimos tres años calendario. Mientras este ahogamiento ocurría, sequías devastadoras siguen afectando los estados de Dakota y Iowa, y miles de hectáreas de bosques arden en el oeste americano. Con calidad de aire en el rango de ‘muy peligroso’ se han emitido advertencias ciudadanas para gran parte del norte de Estados Unidos.

Ante estos fenómenos, algo cierto y documentado es el efecto de gases de invernadero que provocan el calentamiento global y el cambio climático. Un grupo de investigadores de Florida State University y la Universidad de Princeton estimaron que, por cada alza de un grado Celsius en la superficie del mar, un huracán podría acelerar sus vientos en 18 millas por hora (mph), suficiente para alterar su clasificación y daños potenciales. El aumento de calor representa un incremento en la tasa de evaporación de un sistema que puede retener mayor humedad, o sea, más agua en la atmósfera. Cuando se trata de fenómenos del tamaño geográfico de Francia, el calentamiento global añade varias pulgadas de lluvia al sistema, impregnando poder de destrucción por inundaciones catastróficas.

Por lo que pudo ser Irma aquí, nuevamente es fundamental internalizar su advertencia para que construyamos un desarrollo resiliente. Es decir, debemos aspirar a crear comunidades, municipalidades y un país aptos para enfrentar futuros desafíos de un ambiente cambiante, para ser menos vulnerables y maximizar la inversión en el desarrollo. No podemos seguir otorgando permisos y promoviendo construcción utilizando las certezas del pasado como esos criterios basados en las lluvias de los pasados 100 años o en las definiciones actuales de la zona marítimo-terrestre. Como aprendí del geomorfólogo José Molinelli, la exigencia para un buen desarrollo debe incluir las incertidumbres del futuro y, para esto, es imperativo escuchar a la comunidad científica.

Un renglón harto conocido es la generación con fuentes renovables como el sol en el lugar mismo de consumo energético. Estas ofrecen gran servicio en el techo de hogares, escuelas o empresas mientras reducen la vulnerabilidad a situaciones como las actuales, en las que gran parte del país vivió o vive a oscuras. Y es que estamos todos, directa o indirectamente, secuestrados en un modelo de quema de combustibles fósiles en centrales generatrices, donde se requiere de sistemas de transmisión y distribución de energía. Por ejemplo, Adjuntas perdió su servicio eléctrico días atrás cuando aún no se registraba una pulgada de lluvia ni ráfagas de viento que sobrepasaran las 23 mph. La crisis fiscal y el pobre mantenimiento del sistema agravan toda una agenda energética que está fuera del alcance de la gente. Aquellas personas que cuentan con sistemas fotovoltaicos tuvieron y tienen luz, sin emisiones ni ruidos que enfermen al vecino. Esto es ser resiliente ante un disturbio.

Mirar al futuro y perseguir ese país incluye sin duda atender el tema energético. Igual debemos entender los servicios de los bosques a la sociedad, atender la seguridad hídrica, proteger las costas, repensar las maneras en que practicamos la agricultura y rediseñar viviendas autosustenables dignas de este siglo 21, entre muchas otras cosas.

El problema es que lo sabemos, las advertencias están, el discurso ‘verde’ acompaña ahora a los políticos pero, en la práctica, se perpetúan las cenizas, se insiste en incineradores, se abren nuevas válvulas para el gas natural, se colocan piedras en el camino de quienes impulsan el cambio a las renovables y se desincentivan los servicios ecológicos.

Las advertencias huracanadas están hace tiempo sobre la mesa, las de las sequías también. En un mundo de fenómenos cada vez más extremos, impulsemos un futuro distinto al capitalismo burdo, a la corrupción y el clientelismo imperante; un futuro resiliente en el que las crisis no nos lleven al colapso.

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sábado, 9 de septiembre de 2017

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