Cezanne Cardona Morales

Punto de vista

Por Cezanne Cardona Morales
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La servilleta en el submarino

Los mapas fueron alguna vez servilletas. Para saberlo, no hace falta que lo atestigüe su etimología latina. Tampoco que lo diga Suetonio, Marcial, Juvenal, Horacio y otros tantos escritores que usaban ese vocablo para referirse a las representaciones de fincas que terratenientes hacían en pañuelos, servilletas, toallas o manteles. Para saberlo, solo hay que leer la carta de agradecimiento que escribió Alexa en una servilleta, días antes de su asesinato.

La carta no está firmada, pero la dueña de la cafetería —que compartió la carta— y que le dio de comer, dice que esa es su letra, es decir, nuestro mapa: “Dígale al que hizo el sándwich que estaba bueno. Gracias. Y que amo este pueblo. Y no soy de aquí. Y me han tratado bien. Que la vida lo bendiga”.

Tan pronto la leí, recordé la nota que se encontró en el bolsillo del soldado ruso, ahogado en aquel submarino nuclear. Sucedió un 12 de agosto del año 2000. Una explosión, equivalente a cinco toneladas de dinamita, abrió un agujero de dos metros en el casco de la nave. Como es de imaginar, la Armada rusa intentó mantener la tragedia en secreto. Dieciséis días después, el saldo era innegable: 44 oficiales y 66 marineros perecieron.

Sin embargo, cuando reflotaron el submarino para realizar una investigación, se descubrió que una veintena de marineros sobrevivió al menos seis días, esperando el rescate que nunca llegó. En el bolsillo de uno de los cadáveres se encontró una nota de apenas cuatro oraciones que a veces parece un poema: “13:15. Todos los tripulantes de los compartimientos sexto, séptimo y octavo pasaron al noveno. Hay 23 personas aquí. Tomamos esta decisión como consecuencia del accidente. Ninguno de nosotros puede subir a la superficie. Escribo a ciegas”.

En el bolsillo del papá del escritor Héctor Abad Faciolince también encontraron un poema. La mañana del día que lo mataron, su padre copió en un papel un soneto adjudicado a Jorge Luis Borges y se lo metió al bolsillo: “Ya somos el olvido que seremos. / El polvo elemental que nos ignora / y que fue el rojo Adán, y que es ahora, / todos los hombres, y que nos veremos”.

Hubo quien cuestionó que ese poema fuera de Borges y otros que el escritor lo usó para vender una novela. Yo tengo para mí, como dice Borges, que ese poema es más real que la suma de todas las autopistas del mundo.

Sucede lo mismo con la carta que escribió Rodolfo Walsh cuando la dictadura argentina le mató a su hija. Siempre me he preguntado de dónde Walsh sacó las fuerzas para escribirla, cómo hizo para imaginar la risa de su hija entre la metralla, cómo hizo para hundir los dedos en la maquinilla sin pensar en las balas: “A las siete la despertaron los altavoces de Ejército, los primeros tiros. Siguiendo el plan de defensa acordado, subió a la terraza con el Secretario Político Molina, mientras Coronel, Salame y Beltrán respondían al fuego desde la planta baja. He visto la escena con sus ojos, la terraza sobre las casas bajas, el cielo amaneciendo, y el cerco. El cerco de 150 hombres, los FAP emplazados, el tanque. Me ha llegado el testimonio de uno de esos hombres, un conscripto: ‘El combate duro más de una hora y media. Un hombre y una muchacha tiraban de arriba. Nos llamó la atención la muchacha, porque cada vez que tiraba una ráfaga y nosotros nos zambullíamos, ella se reía’. He tratado de entender esa risa. La metralleta era una Halcón y mi hija nunca había tirado con ella, aunque conociera su manejo por las clases de instrucción. Las cosas nuevas, sorprendentes, siempre la hicieron reír”.

La servilleta de Alexa es nuestro mapa, el amargo recorrido de ese submarino de odio que asfalta nuestras calles, que atraviesa algunos partidos políticos, se sumerge en ciertas iglesias, casas y colegios. Pero el submarino ha sido reflotado y, como en las “Veinte lenguas en submarino” de Julio Verne, una servilleta es más que suficiente para abandonar la ceguera, abrir la escotilla y salir a la superficie.

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