Carmen Dolores Hernández

Tribuna Invitada

Por Carmen Dolores Hernández
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Las familias sagradas

El pesebre -imagen icónica de la Sagrada Familia- conmina a una tierna adhesión instintiva; apela al arquetipo universal de los orígenes. En la humildad de una vivienda pobre y provisional están presentes los elementos fundamentales que originan la vida humana: padre, madre, hijo.

La representación del nacimiento del Niño en un pesebre no se popularizó, sin embargo, hasta el siglo XIII. Se le atribuye a San Francisco de Asís el haber construido el primer Nacimiento, con las mismas figuras que aún adornan los nuestros. No solían ser tan importantes los orígenes de Jesús, en los inicios del cristianismo, como lo era su final: muerte y resurrección, aniquilación y salvación.

Toda familia nace a partir de esa misma trinidad: madre, padre, hijo. Para todas, además, como para aquella, lo fundamental no son los comienzos, sino la evolución de la vida que surge en su seno y se desarrolla a su amparo. Y lo serán –sobre todo- los finales: la transición que convierte a cada grupo familiar en un eslabón de la larga cadena de padres e hijos que constituye la existencia del ser humano sobre el planeta.

La inserción del Hijo de Dios en esa cadena transformó el carácter necesario y, hasta cierto punto, utilitario de esa agrupación natural: madre, padre, hijo. Le confirió una nueva dimensión de compromiso no solo humano sino espiritual.

Si el matrimonio es, para los cristianos, un sacramento, lo que nazca de él –hijos, hogar, educación- llevará el signo de una unión que supera por mucho los primeros años de cariño y crianza y se consolida en una fidelidad continua a la labor de alimentar el cuerpo y las almas de los hijos.

El desarrollo de una familia, el proceso aparentemente largo (que no lo es) y dificultoso (que siempre lo es) de custodiar y guiar, de sostener y proteger a unos seres al principio frágiles, que van adquiriendo seguridad en sí mismos a la vez que buscan y encuentran su lugar en el mundo, es también un proceso de aniquilación, muerte y resurrección.

La familia nuclear –en los casos en que la hay- siempre deja de existir como tal. Sus miembros van sumándose a otros núcleos heterogéneos (laborales, profesionales) y forman, a su vez, nuevos grupos familiares que se apartan, como por una fuerza centrífuga, del original. En ese punto, precisamente, se obra el milagro previsto en el pesebre. La familia original, limitada en números y en alcance social, deja de existir. Le cede la primacía a la familia ampliamente humana, la que no depende de lazos de sangre o de crianza sino que se va abriendo para incluir a personas diversas, diferentes.

Las nuevas familias guardan vínculos con la de origen, pero cada una tiene su propia dinámica, cada una se constituye alrededor de su propio centro.

El proceso es, como el de la fisión nuclear, irreversible y renovable. También es hermoso. Al contemplarlo somos testigos privilegiados del impulso regenerador de la vida, que nos proyecta continuamente hacia un futuro en el que esperamos encontrar la salvación prometida por la fe, que es una salvación compartida.

La multiplicación de la especie prefigura una multiplicación de los dones espirituales al ensanchar continuamente el alcance de la solicitud y de la solidaridad a la vez que siempre se retiene, transformado, el cariño inicial. Y es que las familias humanas –todas sagradas- son, o deberían ser, reflejo de aquella que comenzó en un pesebre donde se cobijaban un padre, una madre y un Hijo que nos convirtió a todos en hermanos.

Las nuevas familias guardan vínculos con la de origen, pero cada una tiene su propia dinámica, cada una se constituye alrededor de su propio centro".

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