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Las herejías de Padura

Tribuna Invitada

En su última novela, “Herejes” (2013), el escritor cubano Leonardo Padura recrea un episodio trágico en la historia de su país. El 27 de mayo de 1939, el barco alemán “S.S. St. Louis” ancló en la bahía de La Habana con 937 judíos refugiados del nazismo, pero el gobierno cubano no les permitió desembarcar.

Padura imagina que entre los pasajeros estaban los padres y la hermana del niño judío de origen polaco y alemán, Daniel Kaminsky. Sus familiares poseían un óleo de Rembrandt van Rijn desde 1648, titulado “Cabeza de Cristo”, que llevaban clandestinamente a bordo del barco. El cuadro serviría para sobornar a las autoridades cubanas y asegurar que estas admitieran a los Kaminsky, pero el plan fracasó y el cuadro desapareció. Elías, Esther y Judit Kaminsky morirían en el campo de concentración de Auschwitz, víctimas del Holocausto.

En el 2007, una casa de subastas de Londres intentó vender el lienzo de Rembrandt. Entonces el hijo de Daniel, Elías, viajó de Nueva York a La Habana para averiguar el paradero del cuadro y de sus familiares.

En una conferencia pública dictada en la Universidad Internacional de la Florida en Miami el mes pasado, Padura reflexionó sobre los orígenes de su novela. Primero detalló su visita de 2010 a Ámsterdam, especialmente al antiguo taller del maestro Rembrandt. Luego destacó su interés en reconstruir la Ámsterdam del siglo XVII, conocida como Nueva Jerusalén por su floreciente comunidad judía desterrada de la península ibérica. Posteriormente Padura se preocupó por documentar las experiencias de los judíos emigrados de Cuba a Miami tras la Revolución Cubana de 1959.

El escritor concluyó su ponencia refiriéndose a diez “tribus urbanas” surgidas en La Habana a principios del siglo XXI. Entre estas tribus se focalizó en los “emos” (de emotivos): un grupo de adolescentes que gustan vestirse de negro o rosado, llevar el pelo caído sobre la mitad de la cara, maquillarse con colores oscuros y hacerse perforaciones y tatuajes en distintas partes del cuerpo. Además, a Padura le llamó la atención que a los “emos” les encanta estar deprimidos y disfrutan del dolor cortándose a sí mismos.

¿Qué tienen en común un pintor sefardita proscrito en la Holanda del siglo XVII, su descendiente remoto en La Habana entre las décadas de 1930 y 1950 y relocalizado en Miami en 1958 y una “emo” extraviada en la Cuba actual? Para Padura, todos estos personajes ficticios, basados parcialmente en figuras históricas, ejercieron su derecho a la libertad individual. Todos fueron marcados como herejes, aunque por razones diversas, y pagaron un precio elevado por sus transgresiones.

En la década de 1640, Elías Ambrosius Montalbo de Ávila se hizo pintor y sirvió de modelo para la imagen de Jesús retratada por Rembrandt, desafiando las normas tradicionales del judaísmo. Uno de sus descendientes, Daniel Kaminsky, se convirtió al catolicismo en 1953 para casarse con una cubana, aunque en 1959 retornó al judaísmo en Miami Beach. Una joven lesbiana, Judy Torres, se integró a una subcultura marginal en la Cuba contemporánea buscando librarse de toda atadura sexual y política.

La novela de Padura entreteje los hilos conductores de múltiples herejías a través de diferentes tiempos y lugares. El autor ha declarado en entrevistas periodísticas que no se considera un hereje, porque nunca profesó ni abandonó ninguna fe religiosa o política. Se describe más bien como “heterodoxo” o “antiortodoxo” porque no le gusta que lo “obliguen a pensar como otros quieren”.

Quizás la mayor herejía de la nueva novela de Padura es que la redactó en Cuba. Más allá de sus circunstancias políticas inmediatas, el autor recurre a parábolas que procuran universalizar sus planteamientos filosóficos acerca de “la necesidad y, más aún, el derecho, de la libre elección del hombre en la sociedad”.

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