Juan Zaragoza

Tribuna Invitada

Por Juan Zaragoza
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Las incompetencias en la crisis

En las organizaciones, todo el mundo eventualmente alcanza su nivel de incompetencia. Frase célebre de Laurence J. Peter, en su famoso libro satírico publicado en 1968, “The Peter Principle”. Libro en el cual el autor afirma haber descubierto las raíces de la incompetencia gerencial en las organizaciones. En el contexto de una empresa ficticia, plantea que a los empleados se les promueve partiendo de su éxito en las funciones que hacían y no en las que van a hacer. Esto provoca que los empleados terminen haciendo funciones para las cuales no tienen las destrezas, llegando así a su nivel de incompetencia. Argumenta que eventualmente las organizaciones terminan siendo corridas por empleados incompetentes, es decir, que no saben lo que están haciendo.

En los pasados 50 años, el concepto del "Peter Principle" ha sido utilizado mundialmente por administradores y educadores para referirse a la incompetencia en las organizaciones. En estos días de María (el huracán) regresa a mi memoria dicho principio universal. La incompetencia planteada en este contexto no tiene el trasunto derogatorio que usualmente tiene en nuestra cultura, sino que meramente se refiere a la ausencia de destrezas, conocimientos y habilidades requeridas para llevar a cabo una gestión.

La incompetencia, a causa de la cual sufrimos todos, no es un pecado mortal por si sola, pero ofende y causa daño cuando viene acompañada de otros pecados veniales como la ceguera, el orgullo o la mala intención. El problema no está en ser incompetente, yo lo sería si me pusieran en una sala de operaciones a realizar una cirugía, o si me asignan la logística de la distribución de combustible, agua o alimentos luego de un huracán. El problema está en no reconocerlo, no aceptarlo o esconderlo.

Cuando se escriba el libro “Los Días de María”, donde se narrará, rayando en el realismo mágico, las tribulaciones de estos meses, se incluirá un capítulo exclusivo sobre la incompetencia. Con nombre y apellido se nombrará a los protagonistas, empezando con el famoso “de la Campa” de FEMA y terminando con otros tantos funcionarios y secretarios del gobierno local. Funcionarios, a quienes las circunstancias y sus supervisores cegatos, elevaron a su nivel de incompetencia al asignarles responsabilidades para las cuales no estaban preparados.

Por ceguera, orgullo o mala intención, estos funcionarios no fueron quienes para reconocer ante sus jefes que no tenían las destrezas necesarias. Haber manejado emergencias de menor escala en los Estados Unidos no es lo mismo que manejar un desastre como María en el contexto de una isla. El ser abogado, contable o ingeniero, atendiendo sus clientes regulares en Puerto Rico, no capacita a nadie para manejar la logística del manejo y distribución de combustible, agua o alimentos bajo una emergencia.

Ningún gobierno se estructura y se diseña con funcionarios que puedan manejar una crisis como ésta. No hay nada malo en reconocer ante su supervisor y ante el pueblo su incompetencia. A veces es mejor salirse a tiempo, que quedarse en el medio estorbando. Contrario a otro tipo de responsabilidades, donde al no hacerlas cabalmente se causa poco daño, en crisis humanitarias como ésta, el no aceptar la incompetencia y no moverse del puesto, raya en la negligencia criminal.

Claro está, no todo es responsabilidad del funcionario a quien se le asignó la tarea. Por encima de ellos están unos supervisores que cometen y padecen los mismos pecados. Realmente ellos son los responsables, no los subordinados que solo siguen instrucciones.

Como bien dice Peter Druker, el padre de la gerencia moderna: “Si le asigno una tarea a un empleado y este no la puede ejecutar, sencillamente me equivoqué. No resuelvo nada quejándome o achacándoselo al Peter Principle, sencillamente me equivoqué.”

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