Silverio Pérez

Punto de vista

Por Silverio Pérez
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Las lecciones del aislamiento social

Si algo hemos aprendido en estos días de aislamiento social es lo poco que sabemos. Saber que no sabemos es ya una gran enseñanza.

Por décadas hemos creído que nuestro peor enemigo son las bombas nucleares en manos de tal o cual dictador de una nación del bando opuesto al que geopolíticamente nos ha tocado vivir. En nuestro caso, Rusia, Irán y Corea del Norte, se han turnado, de acuerdo al presidente de turno de Estados Unidos, en el cuco del momento.

Y mientras nos hemos distraído con ese miedo, la Amazonia, el pulmón del planeta, ha perdido por la deforestación cerca de un millón de kilómetros cuadrados de masa forestal, lo que equivale a una quinta parte de su superficie. Estudios científicos sugieren que las epidemias de malaria están relacionadas con esa deforestación pues se generan depósitos de agua y pantanos donde los mosquitos ponen sus huevos. Se estima que al año mueren 1.2 millones de seres humanos debido a la malaria.

Mientras entre bocado y bocado de un buen pedazo de carne de res leíamos las noticias de la guerra comercial entre China y Estados Unidos, o la salida del Reino Unido de la Unión Europea, la ganadería, por la cual en gran medida ocurre la deforestación, seguía produciendo el 18% de las emisiones de gases de efecto invernadero, equivalentes al CO2, lo cual contribuye dramáticamente al calentamiento global. El 26% de la superficie terrestre se dedica a la producción de pasto para ganado.

Por otro lado, en Estados Unidos y en Europa, el tema de la inmigración y la delimitación de fronteras ha sido el preferido de gobiernos de derecha que han encontrado en el discurso de la diferenciación racial y étnica un tema que atrae a un segmento de la población que por insensibilidad y miedo vota a favor de estos paladines de los límites territoriales. El miedo al inmigrante es otro de los cucos modernos.

A nivel personal, la sociedad de consumo y la competencia social nos lanzan en un tren de trabajo continuo en cual no hay tiempo para la familia, la lectura, y mucho menos la reflexión. Trabajar, producir, tener, hacer, hacer y hacer, hasta deshacernos, se ha convertido en símbolo de status social y éxito profesional.

De pronto, un virus —organismo mucho más pequeño que una bacteria, ya que estas se miden en micras y los virus en milimicras o nanómetros, que son unidades mil veces menores—, en un pestilente mercado para satisfacer a carnívoros, da un salto al ser humano, y nos vira patas arriba todo lo que hemos creído o se nos ha enseñado.

El COVID-19, sin necesidad de pasaporte, ha cruzado fronteras y ha unificado, en nuestra propia fragilidad, a blancos, negros, amarillos, ricos, pobres, poderosos e invisibles. Claro, como todos los golpes, este también es inversamente proporcional a la desigualdad; mayor impacto a los que menos tienen. El COVID-19 nos ha llevado a activar viejas leyes de las épocas de guerra sin que haya unasola amenaza militar o nuclear. El COVID-19 nos ha mandado a las casas a disfrutar o sufrir del tiempo que no creíamos tener, a entablar conversaciones interesantes o incómodas que por mucho tiempo evadimos, a desear un abrazo, una caricia o un beso y no poderlo tener.

El COVID-19 acabó con las primarias en Estados Unidos y amenaza con hacer inoperantes las locales. Gracias al virus algunos políticos mustios brillarán y otros prepotentes caerán. El COVID-19 cogió la bolsa de valores y jugó con ella como un perro al que le lanzan un peluche. El virus ha destapado carencias a nivel mundial, ha desnudado hipocresías y resaltado solidaridades.

Nos quedan varias semanas de este curso intensivo en nueva humanidad que este COVID-19 nos tiene reservado. Respiremos profundamente, el acto más sencillo y contundente que podemos hacer para reafirmar que estamos vivos, y abramos nuestras mentes y nuestros corazones a esta nueva realidad. El curso apenas comienza.

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