Eduardo Lalo

Isla en su tinta

Por Eduardo Lalo
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Las maldiciones

La pasada semana pasé cinco días en Argentina. En la Feria de Editores se presentaba Historia de Yuké, una nueva novela, e Intervenciones, una recopilación de escritos de los últimos años que incluye las columnas publicadas en este diario.

Luego de viajar toda una noche, aterricé en Buenos Aires cuando amanecía. No era, sin embargo, el día más propicio para arribar a la megalópolis del sur. Esa tarde el Senado se reunía para decidir sobre la medida que legalizaba el aborto y desde la noche anterior la ciudad se alistaba para un intenso y largo día de manifestaciones. El trayecto desde el aeropuerto a la ciudad, que normalmente no toma mucho más de media hora, casi llegó a equiparar el tiempo de vuelo entre San Juan y Bogotá.

Extenuado por el viaje, me tiré en la cama y encendí la televisión. Múltiples canales seguían al minuto los acontecimientos. Comentaristas y “expertos” a favor y en contra de la ley, compartían la emisión con tomas en directo del hemiciclo. Uno a uno los legisladores iban hablando y su turbión de palabras era tan caudaloso como el Río de la Plata. Nadie esperaba una decisión hasta muy entrada la noche.

Un rato después salí a la calle. El tráfico era infernal y las aceras estaban aún más colmadas de lo acostumbrado. Había escuchado rumores de cierres de calzadas y avenidas y de los peligros de una ciudad en que convivirían masas manifestantes con posiciones enfrentadas. Sin embargo, Buenos Aires seguía siendo la entrañable “ciudad de la furia”.

En la tarde pasé por la editorial para enterarme de las actividades que acapararían hasta el último momento de la corta estadía. La Feria de Editores se clausuraría con una entrevista que me haría Claudia Piñeiro. Esta escritora no solo había sido una de las más públicas y consecuentes voces a favor de la legalización del aborto, sino que en años recientes sus libros han tenido gran impacto dentro y fuera de la Argentina. Allí, anotando las horas de mis compromisos, alguien puso en mis manos un ejemplar de Las maldiciones, su más reciente novela.

Al caer la tarde, acompañaría a los amigos de Ediciones Corregidor a la manifestación en la Plaza del Congreso. Durante horas los senadores habían argumentado y explicado su voto. En sus palabras, poses y gestos había algo desagradable y familiar. Eran un catálogo estereotipado de personajes: el senador seriote con ambiciones presidenciables, los campeones populistas de una diversidad de provincias, los católicos y evangélicos nombradores de deidades y citadores de encíclicas y evangelios, los que votarían ese día lo contrario que habían votado antes. Una irradiación de argumentos fallidos, obtusos, falsos, oportunistas, mercenarios, salía del Congreso y se extendía por toda la Argentina.

Luego de recorrer largas calles atiborradas, llegamos a la gran plaza que acogía a cientos de miles de personas. La inmensa mayoría de ellas llevaba al cuello un pañuelo verde y manifestaba a favor de la legalización delaborto. Se gritaban consignas, se cantaba, se saltaba en grupo. Las mujeres eran dueñas de la calle y por una vez recibían el apoyo de incontables millares de hombres. Ni la lluvia ni el frío amedrentaría a esa masa multitudinaria que ocuparía un pedazo sustancial de la capital hasta muy entrada la madrugada.

Luego de una larga caminata hasta el hotel, puse la ropa a secar y comencé la novela de Claudia Piñeiro. A pesar de no haber casi dormido en dos días, leí durante horas.

Las maldiciones cuenta la historia de un hombre joven que ingresa, casi sin pensarlo, en un partido político. El texto desarrolla una intriga poderosa, pero no solamente por sus virtudes técnicas, sino por el lúcido tratamiento de los entresijos de la política en un mundo impactado como nunca por los medios de comunicación y las redes sociales.

Asistimos a una cultura de diseño. Los políticos, los programas de partido, las consignas, las primeras familias, se arman con la misma artificialidad de estrellas adolescentes de la música pop. Detrás de sus imágenes, se encuentran los inversionistas que en muchas ocasiones también pueden fungir como líderes instantáneos, sin carrera política previa. Así se pasa de la junta de directores al Palacio de gobierno, así se extiende la carrera política del padre a la del hijo. Sea cual sea el caso, lo que prima son las eminencias grises que no se dejan ver, los que invierten en la figura apta para las próximas elecciones, sin las restricciones legales del mercado de valores o las incertidumbres del hipódromo. En la batalla política los árbitros pueden ser de los nuestros, como los jueces, e incluso los aparentemente aguerridos opositores. En esta pugna, se tiene el beneficio sin par del libre comercio. La notable novela de Piñeiro nos muestra cómo es la cosa por dentro y, acaso sin proponérselo, explica por qué una sociedad tan rica como la argentina se encuentra recurrentemente al borde del colapso.

Al regresar a San Juan, me entero del escándalo relacionado con DCI Group y una serie de prominentes figuras políticas. Por lo visto, dos precandidatos a la gobernación del PPD, Héctor Ferrer y Roberto Prats, colaboraron con esta organización en la agresiva campaña de descrédito del pasado gobierno de Alejandro García Padilla, que como sabemos, pertenece al mismo partido que los primeros. De igual manera, la prensa reporta que el actual gobernador y la comisionada residente, Ricardo Rosselló y Jenniffer González, recibieron contribuciones de uno de los socios de este grupo y en sus campañas electorales tuvieron posiciones que favorecían el pago completo de la deuda. El asunto no sería demasiado grave si no se tuviera consciencia de que DCI Group está listo a hacer lo que sea para obligar a Puerto Rico a pagar cuanto antes el monto mayor posible de la deuda sin ninguna consideración social ni humanitaria. En otras palabras, esta empresa y sus colaboradores (los cuatro han tenido o tienen intenciones de convertirse en gobernadores del país) están dispuestos a dejar a cientos de millares de puertorriqueños sin pensiones ni planes médicos, sin escuelas ni universidades, sin casa y sin comida y con un pasaje únicamente de ida para la casa de un primo, con tal de hacerse mucho más ricos de lo que ya son.

Los acontecimientos nos demuestran el mecanismo: DCI Group es un diseñador de políticos, ellos y otros como ellos son los verdaderos populares y penepés o, simplemente, una sola identidad intercambiable. El resto, la enorme masa de votantes, son las víctimas que a su vez han sido diseñadas para no darse cuenta de nada o casi nada.

Ante el Congreso, ya de madrugada, se conoció que la legalización del aborto había sido derrotada 38 a 31. Nadie podría imaginarlo si se tomaba en cuenta las muchedumbres que ocuparon las calles. Los argentinos vivían el engaño que nos es conocido: los políticos que nos representan deben representar a otros primero, los que con dinero los han diseñado, sino a su imagen y semejanza, al menos para el servicio de sus intereses.

Cuatro días después, en la noche del domingo, quise subir al escenario llevando en el cuello el pañuelo verde de la causa derrotada. Conversaría con Claudia Piñeiro, me despediría de los amigos, dormiría dos horas y tomaría un taxi al aeropuerto. En mi mente estaba el título de la novela de Piñeiro: Las maldiciones. Eso son lo que recibimos de los políticos diseñados por los DCI Groups: las maldiciones que reducen la vida, que acaparan las riquezas, las que privatizan la energía lo mismo que la educación o el agua. Ferrer, Prats, Rosselló, González, otros que estarán implicados, los diseñados que representan a sus diseñadores, los garantes y vehiculantes de las maldiciones. Llegados hasta aquí, me pregunto cómo es posible que alguien sea capaz de votar por ellos. ¿Cómo es posible que los que nos legan las maldiciones no se conviertan en los maldecidos?

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