Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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Las malditas calles

Ver desaparecer su estudio, su oficina, su lugar de trabajo, es un drama para cualquier escritor.

Tuve el tiempo justo para salvar la computadora, los “guerreros” de la religión yoruba que me fueron otorgados hace muchos años, y unos pocos efectos personales.

A los pocos minutos, desde otro punto de la casa observé esa especie de “trailer” de una película de Harry Potter: las puertas de la oficina se abrieron como si las hubiera soplado un dragón.

La misma corriente despiadada empujó el techo. En cuestión de segundos, apareció la enorme brecha por donde entró toda la voracidad del viento. Empezaron a volar en círculo los libros, los lápices, los cuadros, las fotografías, los mordaces trofeos de la superstición. Uno guarda estatuillas, amuletos, banderolas, títeres hindúes —¡cuanto lamento haber perdido esos títeres!— y toda clase de recuerdos que, aun con su pretendida fuerza espiritual, no pudieron evitar el desastre. Tuvo un efecto hipnótico haber visto volar todo lo que voló. De momento, uno se queda en blanco, asombrado de la propia frialdad, de la capacidad de indiferencia que puede desarrollar el ser humano.

Para un escritor es un drama ver desaparecer su espacio, el lugar donde se acumularon todas las palabras y todas las historias. Los manuscritos de todas las novelas, que revolotearon por el barrio. Esa es la literatura al fin y al cabo, la que se escabulle y queda en la memoria, en el modo de ser, y en la manera en que uno ve la vida.

Nada de eso, sin embargo, es comparable con el horror de saber muerto a un ser querido, o de saber ahogada a la mascota. Por mucho que se haya disfrutado o adorado un libro —he adorado libros de referencia, libros como el de la Biodiversidad de Puerto Rico, de Rafael Joglar, que se fueron en la riada, la riada del viento—, ahora sé que ningún libro, ninguna memoria vale lo que vale un árbol, los nidos de las aves en peligro de extinción, que rodaron como pelotitas de Dios. Ningún libro, ni propio ni ajeno, vale lo que una playa, lo que la Poza de las Mujeres, por ejemplo, que desapareció, o los rincones preciosos de la costa que han cambiado para siempre su fisonomía.

Ha sido dura la lección de la naturaleza. Ha causado tanta perplejidad, tanto dolor, que no creo que haya marcha atrás. Voy a decir algo muy duro: nos hacía falta una sacudida atroz, y ya la hemos tenido.

Otros países, poderosos o no, han tenido sus guerras, sus telúricas catástrofes, sus miserias perpetuas. Nosotros nunca habíamos tenido nada. Nada como esto. Acaso el terremoto de 1918, cuyos detalles me fueron relatados por el gran músico Narciso Figueroa, que lo vivió de niño. Desde entonces éramos incrédulos, vivimos una larga edad de la inocencia. Ya se acabó.

La lección de las costas está ahí, a flor de piel. Con todo lo terrible que ha sido el paso de María, horroriza pensar que el mar hubiera entrado con la marea de aguas muertas de las que habló el oceanógrafo Aurelio Mercado. Horroriza pensar que la marea hubiera barrido con zonas citadinas inundando los edificios -los de todos, ricos y pobres-, y avanzado sin piedad por los predios del aeropuerto

Pudo ser peor. Que lo digan los científicos. Infinitamente peor.

Mareas inconmesurables pasando por encima de zonas playeras y de sectores urbanos que ni lo imaginaban.

Hemos navegado con suerte. Por esta vez. Por este año.

Si alguien duda aun de la carrera desbocada que llevamos hacia el cambio climático, que Dios le conserve su candidez. Dos huracanes de categoría destructora en el corto plazo de quince días es una señal de algo, ¿o no?

Ya lo sabe el Gobierno, lo sabe Planificación, lo sabe Turismo, lo sabe el coordinador de revitalización de la Junta de Control Fiscal. No se puede poner un ladrillo más en la costa. Este es el mundo que tenemos, o el mundo que hemos construido. Nos tenemos que adaptar a los tiempos, al sacrificio y a la adversidad. Se necesitan nuevos paradigmas económicos que no se basen en la construcción de urbanizaciones, complejos vacacionales, hoteles cinco estrellas abocados a la costa. Eso no es negocio. Y como comenté en una columna anterior, tampoco será negocio para las aseguradoras. No expedirán más pólizas para respaldar lo insalvable. Cada año, durante tres o cuatro meses, viviremos la zozobra de un ciclón.

Capítulo aparte es el furor por la gasolina, como si se tratara de sangre para nuestras venas. No todos los que hicieron seis o siete horas de fila frente a las estaciones atestadas necesitaban el combustible como cuestión de vida o muerte. Estaban allí, metidos en aquellos carros que eran hornos ambulantes, mitad por novelería y mitad por la inseguridad incalculada. Asistir al espectáculo de los camiones cisterna escoltados por la policía fue patético.

Por último, si la dimensión política de Irma fue estremecedora, no quiero decirles lo que ha sido y será la dimensión política de María.

Estoy a mil años luz de la ideología y el pensamiento político del gobernador Ricardo Rosselló. No es óbice para que, al compararlo con los gobernadores anteriores, aun con los más viejos y curtidos, incluyendo su propio padre, me dé cuenta que también hay mil años luz entre ellos y este hombre que ha sabido estar.

Saber estar, cuando se vive al filo de la catástrofe, es un valor moral y personal. Pienso en los balbuceantes, en los acomodados, en los trepadores. Ninguno hubiera estado a la altura. Este lo ha estado, y sería una mezquindad no reconocerlo.

Creo que los legisladores piensan sentarse a filosofar este martes, en el Capitolio, si es que tienen aire. Vergüenza les debería dar sentarse. Salgan a rastrillar, caballeros. Que los veamos en camiseta: eficaces, sudorosos, recogiendo las malditas calles.

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