Eduardo Lalo

Isla en su tinta

Por Eduardo Lalo
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Las mascarillas no se ponen en los ojos

Las medidas para intentar controlar la pandemia de coronavirus comenzaron hace casi una semana. Desde hace días el país vive bajo un toque de queda, muchas instituciones educativas pugnan por seguir activas mediante internet y una infinidad de comercios y sus empleados confrontarán situaciones en extremo difíciles en un lapso muy corto.

Existe una poderosa tentación de mirar hacia otro lado, de considerar “que Italia después de todo es un país vecino de China”, a pensar en la edad que se tiene y por ello suponer que de ser contagiados por el virus seguramente no será peor que cualquier monga. Muchos ven esta temporada como una oportunidad para ver series y películas en televisión, para leer una pila de libros, para cocinar platos complicados y catar buenos vinos. Algunos que hablan a diario en la radio y la televisión parecen estar en estos grupos porque ante los micrófonos mantienen sus tonos ligeros y arrozhabichuelescos que demuestran a veces que llevan una vida entera en un distanciamiento social del acto de pensar.

Mientras esto pasa gran parte del mundo vive otra emergencia. Luego de cometer múltiples torpezas y de que algunos de los funcionarios claves en asuntos relativos a la salud del gobierno demostraran repetidamente ese tufillo de indiferencia ante la suerte de los que no viven en su urbanización, la gobernadora trató de recobrar el rumbo y decretó un cese de actividades generalizado durante 15 días. Esta quincena, sin embargo, tiene mucho de espejismo y es en este punto que farfullantes de los medios de comunicación andan confundidos y confundiendo. Lo que confrontamos no es ni un fin de semana larguísimo ni el porrismo y la moralina de un telemaratón.

Hace tres días, por poner un ejemplo geográficamente pertinente para Puerto Rico, el gobierno de la ciudad de Nueva York consideraba imponer a sus habitantes en menos de 48 horas una estricta política de “Refugio doméstico” o “Shelter in Place”. La situación en esta ciudad está más avanzada que en Puerto Rico y lo que allí se vive en esta semana es lo que previsiblemente nosotros podríamos padecer en una o dos. Según múltiples reportajes de prensa, aceleradamente Nueva York se convirtió en el epicentro de la pandemia en Estados Unidos. Hace solo días los nuevos casos de contagio del virus incrementaron en un 75% en tan solo 24 horas. Los oficiales sanitarios del gobierno neoyorkino alertaron sobre la sobrecarga y posible colapso del sistema hospitalario en cuestión de semanas. Esta realidad llevó al gobernador del estado Mario Cuomo a explicar públicamente que el número de enfermos crecerá hasta que llegue a su punto máximo a comienzos de mayo.

No soy ni médico ni epidemiólogo ni científico, pero no es descabellado suponer que el coronavirus se manifiesta siguiendo tendencias más o menos uniformes en cualquier parte del mundo. Esta afección comenzó en una ciudad china a finales de diciembre pasado y las primeras jornadas sin contagios en esa zona, luego de medidas muy radicales, ocurrieron esta semana. Un cálculo simple lleva a determinar un periodo de dos meses y medio para el desarrollo y control del coronavirus. Este lapso es el que el gobernador de Nueva York tiene en mente cuando alerta que el pico de contagiados ocurrirá a comienzos de mayo, es decir en seis o siete semanas. Por tanto, los 15 días de aislamiento social decretados por la gobernadora pueden estar ignorando las dimensiones reales de esta emergencia. Ni en China ni en Italia ni en España la crisis se extendió por una quincena. En el momento que escribo me entero que ayer murieron 475 personas en Italia y 209 en España y que en el Reino Unido los hospitales suspenden cualquier operación que no sea de urgencia y convierten los quirófanos en salas de infectados, a la vez que apresuradamente reentrenan a su personal.

En algún momento de las próximas dos semanas, cuando muchos ciudadanos imaginen que están regresando a la normalidad, es posible que el número de enfermos se dispare exponencialmente. De Blasio el alcalde de Nueva York declaró a The New York Times este miércoles: “Con seguridad vamos a tener miles de contagiados la semana entrante. No tomará mucho llegar a los 10,000. Esta es la verdad”. El mismo día que hizo esta declaración a la prensa se anunció que había 2,382 afectados en el estado de Nueva York. Fueron 800 más que el día anterior.

El mismo día en que estas cifras inquietantes se hacían públicas, un conocido farfullador arrozhabichuelesco de la radio entrevistaba a la gobernadora como si la situación estuviera para guisar como cualquier otro día de payola partidista. Esa misma mañana, el gobernador Cuomo hacía la siguiente declaración: “Estamos al punto de decidir cuánta gente va a vivir y cuánta a morir”.

La obnubilación de ciertos participantes de los medios de comunicación no se limita al potencial desastroso de la crisis salubrista, sino que igualmente ignoran o tratan con simplismo irresponsable las consecuencias económicas. Es probable que cuando el número de afectados se dispare esto coincida con el agotamiento de los recursos económicos de una gran masa de trabajadores. De esta forma estarían coexistiendo dos emergencias de magnitudes sobrecogedoras. Funcionarios de la ciudad de Nueva York ya han alertado que la reducción de actividad económica puede conducir a una situación comparable con la Gran Depresión de 1929. No pienso que estos sean momentos para la hipérbole y supongo que esos funcionarios están conscientes de lo que dicen.

Nadie puede predecir el futuro, pero sí es posible percibir unas tendencias y éstas ya se han manifestado uniformemente en varios países. Si el índice de mortalidad del coronavirus es del 3%, son 300 muertos por cada 10,000 enfermos. Este es el número de contagiados que el alcalde de Nueva York calcula habrá luego de este fin de semana.

El coronavirus no es una abstracción y nuestros deseos no lo combaten. Sus consecuencias salubristas y económicas son enormes. No es momento para continuar en campaña primarista ni entre los políticos ni entre los payoleros de los medios de comunicación. De darse en días próximos en Puerto Rico un brote y expansión del coronavirus como se ha dado en otras partes del mundo, las actitudes y modos de actuar de los aprovechados y oportunistas dentro y fuera del gobierno se transformarían en acciones verdaderamente criminales. El coronavirus no es ni la mentira de la estadidad ni la del ELA. Esta pandemia no es un espejismo y el gobierno no puede limitarse a llamar a Washington para ver lo que le permiten o le dan. Basta con ver lo que ha ocurrido en otras partes. Quizá la semana que viene llega la realidad y las mascarillas no se ponen en los ojos.

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