Pedro Reina Pérez

Tribuna Invitada

Por Pedro Reina Pérez
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Las mentiras que son verdades

Si los hechos ocurren más rápido de lo que podemos ponderarlos, si la verdad se torna por momentos inaprensible, no nos queda otra que ser cronistas de este tiempo para que otros puedan algún día descifrarlos. La normalidad tiene el techo destrozado. El trajín diario pasa una intersección sin semáforos. El futuro es una habitación a oscuras. Vivir es tener una sed constante, pero caminar con el piso enlapachado.

En medio de este ruido polifónico es que escuchamos al gobernador dar su mensaje de estado, vestido de punta en blanco, rodeado de focas con chaquetón y corbata, dispuestas al aplauso. Cuarenta y cinco minutos dedica al autobombo, mientras vocifera su texto disfrazando de énfasis su resquemor. Empero, el descrédito del gobernador es absoluto, incluso entre los suyos. Este simulacro no es más que eso, un ejercicio ante el espejo en lo que ruedan las cabezas

Cómo de entender de otro modo que, pese a la emergencia que se vive, se retengan fondos de emergencia al gobierno por desconfianza en su futuro manejo. Que se cuestione su capacidad para darles el uso adecuado mientras miles de personas siguen sin luz, sin techo, sin agua. La respuesta no es complicada: la rapacidad partidista está vivita y coleando. El fin justifica los medios. Yo primero que tú. Solo así se explica que, en la adjudicación de un contrato millonario para una campaña educativa de valores, fuera la directora de la Oficina de Ética Gubernamental quien llevara de la mano a una compañía extranjera al Departamento de Educación. Porque, al parecer, en su estimación no había nadie en Puerto Rico que pudiera hacerlo, o por menos. Y que dicha funcionaria ocultara su mano en el trámite. Esa es la ética de las cabras, gestionando sus lechugas.

Y ya que estamos en el Departamento de Educación, cómo aceptar que la Secretaria devengue un salario tan alto como el del rey de España en una isla deprimida, no domine las competencias culturales mínimas que se exigen de los estudiantes que ella misma supervisa, pero se le confíe a esta la privatización de las escuelas públicas que ella ni respeta ni entiende. Aceptar la lógica de que “eso es lo que cuesta” un funcionario así, es aceptar que nos den basura por alimento basado simplemente en el contenido calórico. Una lógica egoísta, timorata y corrupta.

Pero de lógica egoísta disertó el Secretario de Seguridad Pública ante las preguntas de este rotativo. Cuestionado sobre su salario, que es 10 veces mayor que el de un policía de a pie, nos regaló aquel verso suelto que decía que esa cantidad “era lo que necesitaba para vivir”. Eso, mientras supervisa una fuerza policiaca en sindicatura por violaciones a los derechos humanos. Una Policía renuente a rendir cuentas por su proclividad a ser abusiva, encabezada por un funcionario renuente al servicio público como cualquier otro, porque su trabajo merece mejor emolumento queel de los demás. Puerto Rico se levanta, pero con un carimbo en la espalda.

El pragmatismo,en tiempo ordinario, dictaría prudencia, pero este no es un tiempo ordinario. La expectativa de cambiar esta adversidad con la misma actitud pusilánime y obediente es el camino equivocado. Aunque se criminalice la protesta, y se promueva en su lugar el silencio o la conformidad, las violencias requieren una respuesta ética y moral contundente. Al pillaje habrá de llamársele pillaje, aunque hiera sensibilidades, porque lo es.

Con nuevas letras, se armarán nuevas palabras. Que Puerto Rico no será el mismo es una realidad que lastima con saña la piel. Callarlo, reprimirlo, enmascararlo, enunciado con la mayor rabia, no puede ser.

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