Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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Las muertes de María

Nunca entenderé por qué tras el paso del huracán María, el Gobierno de Puerto Rico no hizo lo que tantos gobiernos en el mundo que han tenido que enfrentar catástrofes: publicar la cifra oficial de fallecidos, y advertir que había cientos de desaparecidos, y que las defunciones iban a elevarse debido a la precariedad de las comunicaciones y las epidemias. Ya está.

¿Costaba tanto admitir eso?

Dije que nunca entenderé, pero pensándolo mejor, sí entiendo.

El triunfalismo, esa estética publicitaria que arropa a los políticos con su estrategia de hacer una noticia buena de una mala, y una regular de una fatídica, lo trivializa y lo disfraza todo. Sin olvidar que vivimos en un mundo donde a cada rato tenemos que escuchar la soberana estupidez de que los medios deberían publicar más historias “positivas”. Ahora se ha calmado un poco ese reclamo, porque la gente tiene Facebook y otras redes sociales para volcar su «positivismo», pero hubo un tiempo en que a los periodistas casi nos pegaban en la calle porque los periódicos “solo contaban malas noticias”. Pues el Gobierno y sus publicistas están en esa misma onda. No se puede decir nada que asuste o estremezca a la gente, como si todos fuéramos menores de edad.

Poco se puede culpar al Gobierno de que, tras el paso de un huracán monstruoso, el país quedara devastado.

En cualquier caso, los anteriores gobiernos que han pasado por La Fortaleza comparten la culpa por el desplome de la red eléctrica, un sistema en manos de una corporación corrupta hasta el tuétano; que ha comprado el combustible más barato a precios inimaginables; repartido bonos de productividad sin producción, y colocado en sus oficinas a inútiles recomendados por un alcalde, un legislador o un jefe de agencia. Seguro que murió mucha gente a causa del prolongado apagón, fue un escándalo —internacional— pasar tantos meses sin luz.

También murió gente por el derrumbe de las carreteras (la incomunicación), que cedieron más rápido de lo esperado a consecuencia de los malos materiales, o de las barbaridades que se han permitido en cuanto a planificación. Eso no viene de dos o tres años para acá. Lo saben perfectamente los científicos que han denunciado el relleno inmisericorde de humedales, el desvió del curso de los ríos, la deforestación, la construcción desordenada en zonas vulnerables.

La fusión de todos esos factores ocasionó tantas fatalidades. Las que ocurrieron de inmediato, durante el paso del huracán, y las que siguieron después. Muchos de los que hoy apuntan iracundos al número de muertes, formaron parte de gobiernos pasados que con su negligencia y corrupción también colaboraron.

No obstante, esos fallecimientos que se prolongan en el tiempo son comunes a los grandes desastres naturales en todas partes del planeta. En Indonesia, a raíz del gigantesco tsunami, se dijo que habían muerto 100,000 personas. Con el paso de los días, las epidemias, las heridas infectadas, y todo un cúmulo de circunstancias, incluso el hambre, la cifra alcanzó unas 160,000. El mismo fenómeno causó en Tailandia poco más de 5,000 muertes, entre ellas las de 2,000 turistas. Hace un par de años “aparecieron” los restos de 400 personas, que quedaron “a la deriva” y no pudieron ser identificadas. Son las grandes tragedias de la humanidad.

Ese afán que le entró al gobierno por ocultar que todo era peor —sin razón para hacerlo—, estuvo alimentando el furor de los que aseguran que la administración quería tapar las muertes. ¿Pero taparlas por qué? Sabrán unos y otros. La definición de huracán categoría 5, según la escala Saffir-Simpson, advierte que un meteoro de esa magnitud “causa daños catastróficos, con árboles totalmente arrasados y arrancados de raíz; daños de gran consideración en los techos de los edificios; hundimiento total de techos y paredes de residencias pequeñas”.

Hay muchísimas zonas en Puerto Rico, barrios remotos y no tanto, que ya se sabe que quedan totalmente aislados tan pronto caen unos cuantos árboles, y nadie en su sano juicio puede proponer que talen los árboles. Lo que sí se hace en otros países es tomar previsiones para que los ciudadanos tengan primeros auxilios en el mismo lugar en que quedan atrapados. En Cuba, que ha evitado casi totalmente las muertes al paso de los huracanes —excepto con Irma, cuando reconocieron diez fallecidos, pero se rumorea que fueron más— no solo llevan a cabo evacuaciones masivas y forzozas, en camiones del ejército, sino que, en aquellos puntos donde se hace imposible una evacuación total, se incorpora un centro de primeros auxilios, que siempre cuenta con un ortopeda y un epidemiólogo. Claro, se trata de médicos empleados del Gobierno que son llamados para acuartelarse y se acuartelan. Tienen esa mentalidad de que se quedarán allí hasta que abran de nuevo los caminos. Vacunan, curan heridas, administran medicamentos y previenen muertes secundarias.

¿Se puede hacer en Puerto Rico? Por supuesto.

En lugar de ese tirijala con los números, lo primero que deben estar pensando es en la manera de evacuar a los enfermos, a los que están en diálisis o padecen de condiciones severas, tan pronto se anuncie la cercanía de un huracán. ¿Por qué no se hace un censo, a nivel municipal? ¿Por qué no hay un mapa, aunque sea la cosa más elemental, de las comunidades propensas a quedarse aisladas y la gente que necesita ser rescatada antes, no después? Tomen ejemplo del campo de las telecomunicaciones. Esas empresas han buscado dinero para cubrirse las espaldas, y uno está viendo el movimiento.

Lo cierto es que María, tal como se presentó, no lo esperaba nadie. Y el Gobierno, en vez de asumir la gravedad y dejarse de complejos, se comportó como si estuviera lidiando con un problema de números cualquiera, algo así como los delitos tipo uno. El hábito de disfrazar las estadísticas lo llevan tan metido en la sangre, que hasta cuando no tienen necesidad de hacerlo, las disfrazan.

Ese fue elerror.

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