Carmen Centeno Añeses

Tribuna Invitada

Por Carmen Centeno Añeses
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Las mujeres llevamos la peor parte tras el golpe de María

Los días después del huracán María han sumido a los puertorriqueños en la angustia y el pesar. Hemos soportado el derrumbe de nuestra infraestructura de luz, la carestía del agua potable, el daño de puentes y carreteras, el desbordamiento de la represa de Toa Baja y la consiguiente inundación de cientos de casas en Levittown en unión a que los ríos se salieran de su cauce en distintos pueblos de la Isla.  A eso se suma el mal funcionamiento de hospitales que se han visto afectados por la falta de combustible. Algunas operaciones quirúrgicas se han llevado a cabo con linternas. Todavía no sabemos con exactitud la cantidad de muertes directas e indirectas provocadas por el fenómeno atmosférico.

Lo que sí sabemos es que posiblemente las mujeres llevemos la peor parte. Ya lo ha dicho las Naciones Unidas anteriormente: la pobreza tiene rostro de mujer. No quiero con esta afirmación soslayar el hecho de que cientos de hombres han conocido el desamparo, la pérdida de sus casas, la falta de atención médica y hasta la ausencia de tres comidas diarias en estos días de incertidumbre. Tampoco pretendo disminuir el factor de que el desempleo arropa a ambos sexos. Pero, es un dato conocido que las mujeres no nos encontramos en la misma posición de poder y tampoco poseemos paridad salarial ni de empleo. No figuramos de igual forma ni en la Cámara de Representantes ni en el Senado de Puerto Rico. Eso es así, muy a pesar de que muchas somos jefas de familia y llevamos un mayor peso en la atención de los hijos.

Las mujeres han tenido, además, la responsabilidad de atender la pobreza en sus diversas manifestaciones. Fruto de ello es la Fondita de Jesús, proyecto ubicado en Santurce y dedicado desde hace muchos años a los deambulantes. El Banco de Alimentos de Puerto Rico, dirigido por Ivonne Bernard Rivera, es otra muestra del compromiso de las mujeres con la equidad social. Recién cientos se han lanzado a la calle a recoger ropa, alimentos, artículos de primera necesidad y medicamentos, así como a servir la comida. Entre ellas encontramos tanto a niñas, jóvenes como mujeres maduras; tanto a la primera dama como a la alcaldesa de San Juan.

El haber laborado como voluntaria organizando paquetes de comida para los damnificados, también me hizo ver el importante rol que cumplimos en la recuperación de nuestro hábitat.  Por eso, ni el discrimen laboral y el hostigamiento sexual, ni la muerte a manos de novios y maridos, violencia nuestra de cada día en este archipiélago del Caribe hispano, es lo que debe signar nuestras vidas. Creo firmemente en que la mayor parte de las mujeres somos portadoras de la solidaridad y la esperanza.  La nueva sociedad puertorriqueña que surja de esta crisis deberá tener como su centro unas relaciones de género mucho más justas. 

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