Irene Garzón Fernández

DE PRIMERA MANO

Por Irene Garzón Fernández
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La soledad de los muertos

“¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!”

Así escribió en una de sus maravillosas rimas el gran poeta español del Siglo 19, Gustavo Adolfo Bécquer.

Cuántos puertorriqueños se cuestionarán ahora lo mismo al pensar en familiares que murieron durante, o como consecuencia de,  María, el huracán que azotó la isla el 20 de septiembre pasado.

Qué mucho ha jugado el gobierno con el número de fallecidos. Primero, informó la ínfima e irreal cifra de 34 muertos, pretendiendo quizás impresionar al presidente Donald Trump en su visita relámpago a Puerto Rico, y luego lo elevó a 64, igualmente irrisoria si se compara con desastres similares, como Katrina, que asoló Luisiana en 2005.

A pesar de la posición inamovible del secretario de Seguridad Pública, Héctor Pesquera, ahora sabemos que el número de muertes es muy superior y se ha puesto en evidencia con un estudio de la Universidad de Harvard que lo estimó en un promedio de 4,645 entre el huracán y el 31 de diciembre.

Y es que no puede limitarse el número de muertes únicamente al 20 de septiembre, sino que hay que extenderse a las semanas y meses subsiguientes en los que gran parte del país se mantuvo sin servicio de electricidad y agua potable. Al día de hoy, casi nueve meses después, todavía unos 100,000 abonados de la Autoridad de Energía Eléctrica permanecen sin recuperar el servicio.

¿Cuántos pacientes renales fallecieron por no recibir a tiempo sus terapias de diálisis? ¿Cuántos pacientes perdieron sus vidas por falta de medicamentos orales e inyectables para condiciones crónicas tales como la diabetes? ¿Cuántos pacientes de condiciones respiratorias tan comunes como la apnea del sueño no sobrevivieron por no tener acceso a generadores donde conectar sus equipos de terapia?

De hecho, hubo pacientes de algunas de estas condiciones que finalmente pudieron ser trasladados a Estados Unidos, pero murieron por el daño causado por la interrupción de las terapias.

Con un somero censo en los hospicios y centros de personas de la tercera edad, así como de pacientes encamados en toda la isla, se habría podido obtener una cifra de fallecidos más próxima a la realidad que los 64 en los que, increíblemente, a estas alturas sigue siendo el número oficial.

Tras el demoledor resultado de la encuesta de Harvard, una orden judicial ha obligado ahora a dependencias gubernamentales como el Registro Demográfico a ofrecer datos sobre los decesos por municipios, datos que existían pero eran mantenidos en secreto por el gobierno. Y las cifras superan por lo menos en 14% los períodos comparables de los dos años anteriores.

Algunos alcaldes contabilizan los muertos a base de los enterramientos. Se ha dicho que en algunos casos los muertos no fueron enterrados en cementerios porque no había acceso ni siquiera a eso.

Algunasotras muertes, como las ocasionadas por suicidio, también han sido vinculadas al huracán porque pudieron haber sido provocados por la falta de servicios, de alimentos, de medicamentos, que aceleraron trastornos mentales no atendidos.

El gobierno no puede jugar con el número de muertos para ocultar su ineficacia e irresponsabilidad.

Pero, no puede ser suficiente que se llegue a un consenso sobre cuántos puertorriqueños murieron a causa de María. Tienen que fijarse responsabilidades porque muchos de esos muertos no deberían estarlo y nuestra obligación es hacer que no se queden solos como en la rima de Bécquer.

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