María de Lourdes Lara

Punto de vista

Por María de Lourdes Lara
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La solidaridad en tiempos de pandemia

La solidaridad es el fundamento para lograr la sobrevivencia de la humanidad y el fundamento de la solidaridad es la equidad.  Aquí me refiero a la solidaridad como esa acción colectiva que reconoce, respeta y promueve la dignidad de cada ser y cada grupo, independientemente de su origen, color de piel, creencia o identidad. 

La práctica de la solidaridad busca las garantías de vivir en condiciones justas y dignas, no como privilegio, sino como derecho humano básico. No se plantea como un acto de caridad o como un acto de compasión, menos aún como el privilegio de ciertos grupos.  

La solidaridad es el acto, no el discurso, que revela o describe si somos ciudadanos educados, si vivimos civilizada y democráticamente. La solidaridad representa el contrato social de los que aspiramos y decidimos vivir de manera gregaria; es la posibilidad de la convivencia entre diferentes. En fin, es el reconocimiento de la interdependencia entre todos y, por tanto, la conciencia de que cada persona vale y merece igual trato.  

La solidaridad es la que nos protege de la violencia, la que provee condiciones y racionalidad para la distribución de los bienes y servicios que cada familia y comunidad requiere para vivir saludable desde el nacimiento hasta la muerte.  Parece un argumento lógico y hasta de sentido común, pero no lo es. 

La pandemia del coronavirus, con sus miles de muertos en pocos meses por falta de recibir el tratamiento debido y mucho del comportamiento, tanto individual, como de los gobiernos que dicen administrar la democracia, es un ejemplo de los lejos que estamos de entender esta fundamental acción humana.  

Ahora mismo, la falta de equidad (solidaridad) es la que amenaza la vida, la seguridad, la economía y la salud de países completos en todo el planeta.  Por incivilizados y ególatras hemos mercantilizado globalmente lo que necesitamos para salir de la crisis: los bienes públicos como la salud, el trabajo bien pago y la educación. Por este comportamiento inmaduro y narcisista (irracionalmente individualista), es que no hemos reconocido el origen del problema planetario que enfrentamos y menos aún, las formas de salir ilesos. 

Edgar Morin (filósofo y sociólogo francés) le llama a este comportamiento “sonambulismo generalizado”.  Se preguntaba recién si debiamos pagar, en víctimas adicionales, por esta “falta de espíritu que separa lo que está conectado”.  Se refería a la inconciencia sobre la interdepencia entre todas las sociedades en un mundo ya globalizado e interconectado (hasta en los virus).  En uno de sus escritos sobre la pandemia del coronavirus declaró, y a la vez denunció, que “el virus nos revela lo que estaba oculto en las mentes compartimentadas que se formaron en nuestros sistemas educativos, mentes que eran dominantes entre las élites tecno-económicas-financieras: la complejidad de nuestro mundo humano en la interdependencia e intersolidaridad de la salud, lo económico, lo social y todo lo humano y planetario”. 

Aquí hay una cuota grande de responsabilidad ciudadana para educadores, para los que gestan las políticas y para los que se lo permitimos. Se promueve la ignorancia y la ceguera intelectual que nos ha traído a este aislaminto físico (porque el aislamiento social lo tenemos hace tiempo), y aún en medio de esta devastadora crisis planetaria, nos empeñamos en no evaluarnos, en no cambiar prácticas tóxicas y destructivas. Observo casi compasiva como mucha gente espera, quizás ingenuamente, que el virus “desaparezca”  de sus ciudades para regresar a la misma “normalidad” que creó esta pandemia. 

Reconocer la interdependencia en nuestra especie y la necesidad de practicar la solidaridad, para reducir las desigualdades que ahora dispersan el virus, es la vacuna que como humanidad necesitamos inyectarnos para lograr la inmunidad contra la pandemia del egoismo.

                 


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