Juan Zaragoza

Tribuna Invitada

Por Juan Zaragoza
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Las palabras de moda

“La mejor estructura no garantizará los resultados ni el rendimiento. Pero una estructura equivocada es garantía de fracaso” (Peter Drucker).

N i la administración pública se salva de ellas. Son las palabras de moda. Algunas han estado con nosotros por décadas y resucitan a la menor provocación. Otras, nacidas recientemente, surgen de anglicismos y se riegan como pólvora, sazonando agencias, gestiones, procesos y gente por igual.

Las palabras del momento son Reestructuración, Reforma y Resiliencia, convirtiéndose en las tres R que delimitan la gestión gubernamental de estos tiempos.

Reestructuraciones para transformar lo que “nunca llegó a ser” en lo que “nunca llegará a ser”. Reformas, que realmente son contra reformas, porque van por encima de siete u ocho reformas previas que prometieron resolver nuestros problemas. Resiliencia que se reparte a manos llenas, como emanando de un pilar de agua bendita, disponible para todos. Agencias resilientes, programas resilientes, una Autoridad de Energía Eléctrica resiliente, empleados resilientes, como si el ánimo incansable de superación se pudiera inyectar como vacuna contra la influenza o con la picada del mosquito “Resilientus aegypti”.

Palabras que padecen de las tres “S”, que caracterizan estos tiempos donde constantemente se desvía la atención de la substancia a la mera forma, del trabajo de fondo a la propaganda: Sugestivas, Sonoras y Superficiales. Palabras que se usan con la intención de impresionar al que las escucha y facilitarle el trabajo al que las usa. Palabras en un país donde el vacío de las ideas se alimenta de vocablos como esos.

Al igual que toda nueva administración, esta recurre, no necesariamente con mala intención, a reestructurar el aparato gubernamental con el propósito de hacerlo más ágil, efectivo y eficiente, y, por qué no añadir, resiliente. Esfuerzos similares se llevan a cabo en agencias particulares, tales como la reestructuración del Departamento de Educación. Vemos propuestas donde se crean, se agrandan o se encogen sombrillas; donde se consolida, se transfiere y hasta se crean nuevas agencias, como si las que hay no fueran suficientes.

En los pasados treinta años, hemos visto muchas reformas contributivas, reformas educativas y reformas judiciales, entre otras. Hemos visto también reestructuraciones a diestra y siniestra, como si la misma gente, haciendo lo mismo y de la misma forma, lograra resultados distintos solo porque ahora no pertenecen a este departamento, sino a otro. Como dice Drucker, un cambio en la estructura de una organización, de por sí no arregla los problemas, pero una estructura equivocada ciertamente es un obstáculo para una ejecución eficiente.

Algunos de estos proyectos estaban destinados a fracasar desde su inicio, porque fueron diseñados como cortina de humo para llevar la impresión del cambio, cuando no había la valentía de cambiar.Otros fracasaron porque, aunque partían de un buen plan, no hubo la capacidad gerencial para ejecutarlos con precisión. Finalmente, muchos se fueron por la borda debido a la falta de continuidad, porque “la política pública cambió”, palabras sofisticadas para decir que si lo propuso y lo hizo la pasada administración, lo vamos a rechazar, aunque se desperdicien fondos públicos.

Esa es la historia de la administración pública en este país en las pasadas décadas, por eso llegamos a donde estamos. Por eso hay cada día más apatía hacia el gobierno y aumenta la convicción de que este no es capaz de correr ni la operación más sencilla. Es tan crasa la ineptitud que, hasta parece un plan concertado para convencernos de que la única alternativa es entregarle la gestión pública a la empresa privada.

Gracias a Dios que la tan maltratada y mal usada palabra Transparencia no empieza con “R”, porque si así fuera, entonces no nos salva ni el médico chino.

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