Pedro Reina Pérez

Tribuna Invitada

Por Pedro Reina Pérez
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Las palabras perdidas

Ocurre que cuando la realidad rebasa la capacidad para nombrarla, cuando la luz pierde aquello que la distingue de la sombra, no hay más remedio que regresar al principio de las cosas. Eso padecemos los puertorriqueños en este momento: somos incapaces de encontrar un modo común de nombrar las violencias padecidas e infligidas por los eventos de los últimos meses. Y ante semejante túmulo, en vez de resolver cómo derrumbarlo, nos remitimos a lo imperativo de siempre: sobrevivir. Salvo que esta vez, el dilema no admite trucos o soluciones egoístas. Cuanto más se ignore, cuánto más se maquille la torva faz de la parca, peor nos irá.

Es una tragedia inconmensurable, tanto por lo que se sufre como por lo que se constata a simple vista. Sin electricidad, la gente muere. Simple. Esta afirmación es cierta hoy, como le era el 20 de septiembre de 2017. Sin servicios confiables las empresas mueren, y con ellas el empleo. Y sin empleo, se va tejiendo una larga y pesada cadena que estrangula la ya menguada economía.

Quien sabe interpretar en clave social los acontecimientos, anticipa las rupturas en cadena que se avecinan: quiebras, desahucios, emigración. Un escenario complejo que requiere el valor que ninguno de nuestros gobernadores ha tenido para decir la verdad. En cambio, hemos visto tímidos y modestos simulacros que desembocaron en parodias con payasos de papel toalla. Mientras tanto, el reloj de arena sigue agotándose en granitos de arena. Sin dinero y sin perspectivas, la vida en Puerto Rico languidece sin cauce y sin pausa.

No quiero repetir lo obvio, pero pienso que, abandonados a este mutismo atroz, donde quede un soplo de ganas solo restará un objetivo: la recuperación de la política. Porque nadie llegará para salvarnos. Porque no habrá alivio que no armemos por nuestros propios medios. Porque la solución saldrá de nuestras propias manos, o no saldrá. Ejemplos discretos existen en cada rincón. Basta mirar y reflexionar sobre lo que nos presentan. En Adjuntas, Casa Pueblo decidió dejar de soñar con postes, para apostar a la energía gratuita del sol. Eso fue una decisión política de suprema belleza. Pidió y repartió lámparas solares para modelar el futuro. Y en estos días inauguró una estación de radio que funciona con energía solar. Allí donde el partidismo repite “regala pescado” Casa Pueblo respondió “enseña a pescar.” Faltará mucho para que ese ejemplo se masifique, pero para la gente de Adjuntas, otro modo de hacer política, con algo tan fundamental como la electricidad, ya es posible. Y eso basta.

Mientras tanto, acabemos con el partidismo y sus vicios: la servidumbre ideológica y el clientelismo. Poquito a poquito. La ocasión no puede ser más propicia. La oscuridad, la pobreza y el hambre no distinguen partidos, pero iluminan las desigualdades. Entonces, si los cachorros del privilegio están en evidencia, nada tenemos que perder. Digamos sus nombres. Con fuerza. Olvídese de la comisión de la igualdad, con que pretenden entretenernos mientras se quema la casa. Ninguno de esos comisionados padece ni padecerá nunca de privaciones. El suyo es un simulacro de vitrina, a costa del erario público, y con motivaciones deleznables.

Comencemos por lo básico, concertando un nuevo abecedario, letra a letra, para que cada esfuerzo tenga un hogar permanente y un sentido. Que el primer lazo fijo sea con el vecino, y éste con el próximo. Que el bienestar del otro —en el sentido más elemental y humano—sea el nuestro propio, y que ese cuidado mutuo sea el apoyo fundamental. Una luz desde las propias manos, que erradique a pleno pulso, palmo a palmo este maldito secuestro de las sombras.

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