Bárbara I. Abadía-Rexach
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Las piedras de los pobres

Recuerdo aquella cita en la que un oncólogo le dijo a mi madre que la quimioterapia era como empujar, sin fuerzas, una enorme roca que se le venía encima. A mi mamá, el gesto corporal dramático de aquel doctor, tampoco, se le borró de la mente. Ella quiso detener la piedra, pero no pudo. La ineficacia de los médicos a quienes les depositó su confianza y les entregó por años su salud no le permitió celebrar sus 60 primaveras.

“¡Es que los médicos son pitcher y catcher!”, dicen en mi pueblo.

Aún con coraje y frustración, me resisto a creer que la medicina funciona como un negocio cuyo capital son los quebrantos de salud de la gente. Empero, sigo observando la forma en la que los servicios de salud se han convertido en un privilegio para unos pocos. Los médico-indigentes se llevan la peor parte.

Hace 38 días, un cirujano removería las piedras alojadas en la vesícula de una paciente. Se topó con una sorpresa... Tomó varias fotos y cerró las incisiones. Instó a la paciente a que acudiera a su oficina para proveerle nuevas instrucciones. Para ello, haría falta un referido de la médica de cabecera, la aprobación por parte del Plan de Salud del Gobierno de Puerto Rico (“la tarjetita”) y el sello del Grupo Médico Primario. Ahí, comenzó la pesadilla…

Cuando finalmente pudo ir a la oficina privada del cirujano, este le indicó que debía ir a un hepatólogo con urgencia, y le proveyó una orden para una tomografía computarizada. La doctora primaria se negó a seguir las recomendaciones del cirujano, y refirió a la paciente a una oncóloga. De nuevo, habría que seguir la burocracia del referido y las aprobaciones. La oncóloga coincidió con el cirujano, ordenó la tomografía y aconsejó a la paciente ir de inmediato al hepatólogo.

En fin, la paciente logró ir al hepatólogo, pero perdió un día más porque los resultados de la tomografía estaban incompletos. La pesadilla continúa…

Cuando el gobierno acusa al pueblo de lanzar piedras a las autoridades, se olvida de cómo las instituciones del país apedrean a sus ciudadanos más vulnerables.


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