Juan Lara

Tribuna Invitada

Por Juan Lara
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Las proyecciones del plan fiscal

Una de las muchas controversias que han surgido en torno al plan fiscal del gobierno tiene que ver con las proyecciones económicas de la administración Rosselló y sus asesores. Algunos analistas y economistas han hecho señalamientos críticos a dichas proyecciones, y la propia Junta de Supervisión Fiscal solicitó que se revisaran y documentaran antes de aceptarlas como parte del plan fiscal.

Es legítimo y razonable cuestionar los supuestos de las proyecciones optimistas que se presentaron en la penúltima versión del plan fiscal, las cuales han sido revisadas a la baja en la versión más reciente. Sin embargo, algunos de los señalamientos críticos no son válidos y otros son sencillamente erróneos. Aunque se trata de un tema técnico y árido, es importante que la ciudadanía tenga la información mínima necesaria para poder evaluarlo.

Para tratar de arrojar luz sobre el tema, es útil dividir las proyecciones del gobierno en dos períodos. El primero, que puede llamarse el corto plazo, cubre los años fiscales 2018 y 2019. El segundo, que podemos llamar el período de reconstrucción, llega hasta el año fiscal 2023. De ahí en adelante viene un tercero, que no se incluye en el plan fiscal, y que se abre ante nosotros como un gran signo de interrogación.

Para el corto plazo, el gobierno y sus asesores proyectan una caída de 12% en la actividad económica en el año fiscal 2018, seguido por un aumento de 6.7% en el año fiscal 2019. Algunos colegas economistas han puesto el grito en el cielo por estos números, rechazando, sobre todo, el “crecimiento” tan fuerte proyectado para el año fiscal 2019.

La realidad es que el plan fiscal no proyecta ningún crecimiento en el año fiscal 2019, sino simplemente un repunte de la economía; es decir, un regreso de las aguas a su nivel, luego de una bajada inusualmente fuerte provocada por el huracán María. Esto no tiene nada de increíble; es normal que una economía repunte inmediatamente después de una contracción brusca causada por eventos no-económicos.

Conviene pensar en un ejemplo sencillo. Supongamos que un negocio vende $1,200,000 al año, y que en un año particular, por un evento catastrófico, tiene que cerrar operaciones por tres meses. Sus ventas caen a $900,000 (una contracción de 25%). El año siguiente, el negocio vuelve a operar los doce meses del año, y aunque no se recupera del todo, sus ventas repuntan a $1,100,000. Parecería que las ventas “crecieron” 22% en ese segundo año, pero realmente no hubo ningún crecimiento, solo una normalización parcial de la actividad.

En otras palabras, no debe confundirse “normalización” con “crecimiento”. Para que haya crecimiento tiene que aumentar la oferta (o sea, aumentar el empleo y la capacidad de producción) y la demanda (aumentar clientes y ventas). En el ejemplo de nuestro negocio hipotético, no cambia la capacidad productiva ni la clientela. El alza de 22% en las ventas delaño post-catástrofe se da con la misma oferta y la misma demanda del año anterior; aquí no ha habido ningún crecimiento.

Ahora bien, del año fiscal 2020 al año fiscal 2023 el plan fiscal sí contempla un crecimiento verdadero, que además es crecimiento sostenido por cuatro años consecutivos. La proyección depende de un supuesto crucial, que es la entrada de casi $9 mil millones al año de fondos federales y seguros privados para la reconstrucción. Si ese supuesto se cumple, entonces la proyección de crecimiento no tiene nada de increíble o exagerado. Si los fondos no llegan, o si no se invierten de manera efectiva, el crecimiento no se materializará. Aquí hay margen para discrepar sobre la validez de los supuestos, como lo han hecho algunos críticos, pero sería un escenario cruel si el gobierno federal se quedara cruzado de brazos ante la evidente necesidad de reconstrucción de nuestra infraestructura básica.

El plan termina en el año fiscal 2023, por lo cual tiene muy poco que decir de ahí en adelante. Pero es ahí donde comienza el período más importante, porque cuando los fondos federales se agoten, suponiendo que hayan llegado en el período previo, tenemos que haber puesto en marcha una estrategia de desarrollo económico que permita seguir creciendo con impulso propio. Es ahí donde habría que concentrar la capacidad de crítica constructiva.

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