Juan Zaragoza

Tribuna Invitada

Por Juan Zaragoza
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Las recompensas

Solo pensar en la posibilidad de entrar en un negocio que catapulte al inversionista de la noche a la mañana a la riqueza instantánea, pone a muchos a salivar. El boricua se une a este coro con la sagacidad, astucia y olfato únicos que nos proveen los vientos alisios.

Negocio donde el riesgo, el trabajo y la inversión son mínimos en relación con lo que se recibe de vuelta; esa es la meta. Hay cientos de historias de grandes negocios y otras tantas de negocios fallidos. Desde la inversión temprana en acciones tecnológicas, hasta las pirámides que de tiempo en tiempo afloran en los hoteles de la capital. Sin embargo, nada como el inversionismo político en esta isla en quiebra.

El inversionismo político desafía las teorías financieras, esas donde se analiza la eficiencia de los mercados, la relación entre riesgo, rendimiento y otras tantas variables. Negocio donde el rendimiento no guarda relación con la inversión, ni con el riesgo. Negocio donde lo que se recibe no es pago, sino recompensa.

Siempre nos enfocamos en el comerciante o profesional que ayuda a un candidato con fondos para la campaña, con la expectativa de algún “guisito” en forma de contrato. Esa, ya es sabido por todos, es la verdadera razón del éxito de algunos comerciantes del país, que alineados con rojos o azules (o a veces con ambos) consiguieron, ese contrato que les permitió crear su empresa o subirla a otro nivel.

Pero, en un nivel menos llamativo, yace otro tipo de inversionismo. Lo vemos en ese fino hilo conductor que une las historias del ex juez Ramos Sáenz, los miembros del “chat” y la que vende crepas mientras asesora a la Legislatura. El hilo es la recompensa por el “trabajo duro y el sacrificio”. Trabajo que va desde las trincheras del colegio electoral, las caravanas políticas, el amiguismo “del alma”, hasta trabajar en el programa de Gobierno. Como premio, estos héroes recibieron en su mayoría trabajos o contratos donde la compensación es muchísimo mayor de lo que estarían ganando en la calle (tan dura que está).

Es algo tan primitivo como las antiguas permutas, allá cuando la moneda no existía; es el trabajo de trinchera política, con un solo fin, el de arrimarse a donde hay. Y donde siempre hay, no importa la crisis, es en las arcas del gobierno nuestro.

No hay problema en darle una oportunidad a alguien que comparta nuestros ideales en la medida que posea la preparación o experiencia requeridas, y se pague lo que vale. Donde sí hay problema, es cuando la experiencia o la preparación no son lo que se necesita, y lo que se paga excede por mucho el valor de lo que se ofrece. Eso no es paga, es recompensa.

Lo que no deja de sorprendernos a todos (o por lo menos a algunos) es que aún con el país en quiebra, con una Universidad de Puerto Rico tratando de sobrevivir y las pensiones en juego, no podemos dejar de repartir entre los que le fueron fieles al partido. Es como si recompensar a los “nuestros” fuera realmente el único y verdadero “servicio esencial”. En resumen, es el “guiso político” elevado a rango constitucional, con prioridad de pago sobre la salud, la seguridad, la educación y las pensiones.

Esa sed insaciable de recompensar la volvimos a ver en esto días en el abortado ascenso de una de las del “chat” en el Departamento de Agricultura. Ascenso, más breve que un eclipse, que se revirtió proyectando sorpresa e indignación por el ascenso original, como si este no hubiese salido de originalmente de La Fortaleza.

Terminar con esta práctica donde se junta la necesidad del partido con el hambre insaciable de algunos de sus seguidores, no es tarea fácil, particularmente porque son muchos los que “guisan” y aún más los que esperan que su partido gane para volver a “guisar”.

Lo que se necesita es que los partidos y sus seguidores entiendan que el mejor negocio es aquel donde todo el país se beneficia, y no solo unos pocos. Porque si no hay para las pensiones, menos aún puede haber para recompensas.

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