Angie Vázquez

Punto de vista

Por Angie Vázquez
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Las redes sociales y los menores de edad

La organización “Common Sense Media” realiza investigaciones que, junto con otras fuentes, revelan que el 95% de los niños y niñas en Estados Unidos posee y usa regularmente algún dispositivo electrónico (tabletas, celulares o computadoras), a los que dedican casi la totalidad de su tiempo despiertos. 

Dentro de ello, 60% encuentra o entra con regularidad, o alta frecuencia, a contenido no apropiado para sus edades sin que haya controles efectivos parentales ni regulaciones legales estandarizadas en el uso del internet y las redes sociales. Esto plantea un contundente problema sobre el efecto del desmedido e incontrolable uso del Internet, y sus variantes, en la futura generación. 

En palabras resumidas podemos decir que la sustitución de la realidad experiencial directa (cara a cara) y personal por la realidad virtual ya es un hecho cotidiano que poco ha sido controlado, planificado o regulado. No solo se confirman problemas serios de adicción a las redes y equipos electrónicos, sino que se les suma el peligro de acceso a material adulto, falso o inapropiado para sus edades. Desde el campo de la Medicina se confirman problemas neurofisiológicos a causa del sedentarismo, así como problemas de visión, audición y “carpal tunnel” precoz en el pulgar y manos.  Psicológicamente, se encuentran problemas de atención, bajas notas, poco envolvimiento con otros, aumento en dificultades de relaciones con timidez o agresividad, baja tolerancia a la presión y poco interés en los asuntos familiares y sociales. 

Encuestas de “Common Sense Media” revelan que los padres dicen estar sumamente preocupados con el exceso de tiempo de sus hijos en las redes, el peligro de encuentros con depredadores sexuales, divulgar información sensitiva personal-familiar a extraños, exponerse al acoso (“cyber-bullying”) o a violencia y sexualidad inapropiada para su edad. 

Sin embargo, la mayor parte de esos mismos padres/madres encuestados dicen no tener control de los aparatos, desconocer lo que sus hijos ven o hacen, y en general omitir la gravedad del problema. Un 84% de los hijos encuestados confirman saber que sus padres no supervisan sus actividades en las redes. 

Mi apreciación personal es que es muy difícil cambiar los patrones de comportamiento de los menores de edad con el sobreuso y abuso de la tecnología digital en menores cuando los padres son los primeros que se convierten en víctimas de la misma adicción. La realidad vivida entre hijos y padres es cada vez más diferente y separada. En mi opinión, no hay escena más triste que ver una mesa de reunión familiar en un restaurante donde cada uno está conectado a un celular, juego o tableta sin que haya interacciones entre ellos. El arte de comer en familia, conversar, aprovechar el momento para crear memorias familiares, aprovechar la oportunidad para conocer lo que pasa en la vida de cada uno, se pierde. Son cuerpos agrupados en una mesa, no una familia construyendo experiencias interpersonales. 

La fascinación de padres/madres con sus propias redes virtuales parece llenar vacíos, aburrimientos e intolerancias que no han enfrentado con responsabilidad adulta afirmativa. Aunque alegan usarlas para trabajo o contacto con amistades (defendiendo lo positivo y omitiendo los negativos) la realidad es que andan entretenidos en concentración voyerista de vídeos, chismes y fotos. ¿Cuántos he visto pegados a sus aparatos, sonriendo como autómatas a una pantalla, en vez de vigilar y disfrutar de sus hijos en los parques de juegos en restaurantes “fast-food”? ¿Cuántas sonrisas amorosas han perdido sus hijos porque sus padres las regalan virtualmente? ¿Cuántos he visto dejar de atender el llamado de alguno de sus hijos porque están jugando “Candy-Crush”, texteando  amistades o buscando chismecitos en Facebook o Instagram? ¿Cómo podemos comunicar a los hijos que son importantes cuando los adultos se desconectan y priorizan realidades virtuales?

La fragmentación entre realidades entre unos y otros es grave. Es fácil quejarse de que los jóvenes no prestan atención sin que los adultos reflexionen de sus propios ejemplos. No tenga dudas, para mí, eso constituye negligencia parental. Culparles sin asumir responsabilidades es inadmisible, inmaduramente conveniente, impropio y manipulativo. No es productivo culpar a los menores sin responsabilizar los adultos. Tienen un trabajo muy serio que hacer en la crianza que no debe estar desenfocado ni diluido por entretenimientos triviales. 

La tecnología no es mala, como dicen los extremistas conservadores y resistentes a los cambios. Puede ser maravillosa si es bien utilizada. El problema presente es que, en vez de estimular competencias, destrezas y valores del carácter del menor, los adultos han convertido la tecnología en un conveniente, pero anómalo, sustituto-tutor y cuidador de sus hijos. En vez de progreso, provocan automatismo, desconexión paradójica, retardo emocional y hasta ciertas formas de sociopatía. 

Recordemos los buenos momentos que pasamos en el peor de los momentos de la tragedia de María cuando sin electricidad ni señales digitales tuvimos que mirarnos la cara de nuevo para dialogar, jugar y compartir. No es necesaria la desgracia para recuperar el sentido común de una buena crianza.

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