Ana Teresa Toro

Punto de Vista

Por Ana Teresa Toro
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Las trampas de negociar

 “Everyone is entitled to his own opinion, but not to his own facts” (Daniel Patrick Moynihan).

Pocas palabras tan amables como el adjetivo conciliador. Solemos exaltar, con toda justicia, a aquellas personas capaces de negociar entre fuerzas opuestas, de alcanzar consensos, de mantener balances en medio de la diversidad que caracteriza cualquier sociedad. Durante toda mi vida, me he adjudicado esa característica. Sirvo como voz neutral y negociadora en mi familia, suelo operar como una especie de traductora y apaciguadora de aguas cuando, en la sobremesa, llegan los temas incómodos. Incluso, en mi trabajo tengo como regla la búsqueda del entendimiento a toda costa. Es decir, si de repente me veo creyendo en una idea muy fervientemente, reconozco con facilidad que es el momento de entrevistar a quienes piensen el justo contrario. 

Por ello, cuando ganó Donald Trump, me sumergí en la lectura del libro Strangers in Their Own Land, de la socióloga Arlie Hochschild, entre otros, y me di contra la cabeza una y otra vez tratando de entender, hasta que más de un asunto comenzó a cobrar sentido. El ejercicio me hizo sentir orgullosa del esfuerzo, me sentí abierta a las ideas más distantes de las propias, creí que mi conducta era propia de una persona conciliadora. 

Sin embargo, los sucesos de nuestro Verano del 19, despertaron una nueva lectura al acto mismo de negociar. Sospecho que fue así porque ya era tiempo de aceptar que hay momentos en la vida y en la historia en que ser conciliador, no es más que un eufemismo para conceder y aceptar lo inaceptable.  O lo que es lo mismo, negociar y procurar conciliar, puede ser someterse y derrotarse sin dar la batalla. 

Puerto Rico no fue conciliador con la serie de temas —éticos, políticos y de corrupción— que catapultaron la renuncia forzada de Ricardo Rosselló. La gente dejó claro con acciones concretas que aquello era inaceptable. No hubo puntos medios. Pero cada día, el discurso “amable” de la conciliación gana fuerza en temas en los que literalmente se nos va la vida. 

El ejemplo más contundente lo tenemos en el cambio climático. La ciencia lleva décadas advirtiendo lo que hoy estamos viviendo, y los responsables de la toma de decisiones que se requieren para reaccionar a una catástrofe inevitable, tienen la osadía de pedir negociación, tienen la fuerza de cara de hablar de empleos, de estilos de vida, de ganancias, olvidando que nada de ello será posible si terminamos por consumir al planeta y en el proceso, consumirnos como especie. Quizás esa es la gran trampa del capitalismo salvaje que hoy vivimos, ya no basta ser un producto en todo sentido, como ocurre en las redes sociales, no es suficiente consumir vidas ajenas y dejarnos consumir, llegará el tiempo pronto en que acabemos por consumirnos. Qué ilusos seremos si a estas alturas nos creemos capaces de negociar con la muerte. 

Es así de dramático el cuadro completo, pero salgamos del macro al micro. Llevemos esta idea a la vida cotidiana. Sí, es imposible vivir en sociedad sin la capacidad de negociación, pero nuestro compás moral siempre se definirá por aquello que reconocemos como inaceptable. Si no lo tenemos claro, seguiremos trabajando a favor de esa fuerza opuesta que intentamos contener.

¿A qué me refiero? En el asunto político: ¿Cuánto más vamos a seguir procurando “lo que se puede” y no lo que es justo? ¿Qué nos impide aspirar y diseñar un estatus político digno? En los temas de violencia: ¿Cuánto más vamos a tardar en atender las raíces de los problemas y dejar a un lado los parches? En el tema de la desigualdad social: ¿Cuánto tiempo más seguiremos apostándole a las dádivas en lugar de apostarle a los cambios estructurales que el sistema de gobierno necesita? ¿Por qué somos tan dóciles para aceptar “lo posible” cuando nos afecta colectivamente y no hacemos lo mismo cuando el asunto es individual? Ojalá recordáramos más seguido aquello de que somos más. Porque lo somos. Una lista como esta es inacabable y las crisis extremas como las que vivimos requieren acciones radicales. Por lo pronto, comienzo por aplicar la ética a cada decisión ciudadana y a desconfiar profundamente de mi afán conciliador, pero sobre todo, del afán de los líderes políticos que viven apostándole a lo posible y no a lo que somos capaces de aspirar.

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