José A. Hernández Mayoral

Tribuna Invitada

Por José A. Hernández Mayoral
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Las tres alternativas del PPD

Cuando la Junta de Gobierno del Partido Popular Democrático sea informada sobre el resultado de la encomienda dada a cuatro expresidentes, podrá suceder una de tres cosas. Si los expresidentes se pusieron de acuerdo en cuanto a los textos sobre el Estado Libre Asociado para un próximo plebiscito, es seguro que la Junta acogerá su recomendación. Si no lo lograron, la Junta podría adoptar una posición por mayoría e intentar silenciar a los derrotados. En la alternativa, podría reconocer que hay dos posiciones de status dentro del partido y establecer las normas para su coexistencia durante el proceso plebiscitario.

Para analizar estas alternativas hay que entender bien el problema. El Estado Libre Asociado tiene igual soberanía que los estados sobre sus asuntos locales, ha dicho el Tribunal Supremo federal. Pero Estados Unidos es un sistema político de doble soberanía: la estatal y la federal. La soberanía federal sobre Puerto Rico radica en el Congreso. Tiene su raíz en la cláusula territorial pero está limitada por los poderes renunciados al autorizar a los puertorriqueños a adoptar constitución propia, por otras disposiciones de la Constitución federal, por la Ley de Relaciones Federales y por nuestra condición de ciudadanos americanos, ha dicho el Primer Circuito.

Los estadolibristas entendemos que ese es mejor sistema que la estadidad, la independencia o la libre asociación, aun con sus imperfecciones que aspiramos atender. Nuestra formación es de acento pragmático, moldeada por dos entendimientos fundamentales que nos inculcó Muñoz: que la patria no es una abstracción sino gente de carne y hueso, y que la libertad es integral, no sólo política. Por ello nos está claro ante los estadistas que es superior tener autonomía fiscal sin representación congresional que apilarle un sistema impositivo federal al ya muy cargado nuestro, a cambio de sentar a siete políticos en el Congreso.

Nos está igualmente claro ante los independentistas que la relación política y económica actual con Estados Unidos contribuye más a la libertad integral del puertorriqueño que lo que se puede lograr bajo su alternativa.

Los soberanistas tienen otra forma de ver las cosas. Para ellos, la soberanía política es primaria. Tiene valor en sí misma. Si se obtiene entienden que lo demás cae en su sitio. Le ponen una cruz a la cláusula territorial, no tanto por la manera en que el Congreso, en la práctica, ha ejercido sus poderes en seis décadas, sino por el cuco de lo que entienden que el Congreso podría, en teoría, hacer bajo dicha cláusula, por más improbable que sea. Por lo tanto, para ellos es obligado colocar al país “fuera” de la cláusula territorial y alejado de la soberanía federal, vinculándose por vía de un tratado internacional.

Son posiciones irreconciliables, a menos que un lado convenza al otro de que la clave está en delimitar, no en eliminar, los poderes del Congreso bajo la cláusula territorial o que el otro persuada al primero de que con la libre asociación no se pierden prospectivamente la ciudadanía americana y las ayudas federales, entre otras cosas.

Por el momento, el pedido de buscar una redacción aceptable para ambas visiones no es resolver el conflicto, sino taparlo. Es posponerlo. Eso no es intrínsecamente malo si se ve la urgencia de hacer frente común contra un enemigo que amenaza con un “estadidad sí o no” que enmarcaría con premisas falsas para ganarlo.

La alternativa de adoptar una posición por mayoría es procesalmente inexpugnable, pero podría hacer difícil lograr la legislación del plebiscito ante una delegación parlamentaria dada a las disidencias.

La alternativa de reconocer que hay dos posiciones sobre status dentro del PPD y permitir que cada cual promueva la suya en el plebiscito es algo que instintivamente aterra a muchos populares porque la división debilita. Pero la ambigüedad que resulta al intentar armonizar dos posiciones distantes, también debilita. Hay que pensarlo y no descartarla así porque sí, pues peor sería no hacer nada.

Cada una de estas alternativas tiene algo de bueno y algo de malo. Veremos qué finalmente sucede.

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