Benigno Trigo

Tribuna Invitada

Por Benigno Trigo
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La súplica y la clemencia

Días atrás, el gobernador de Tennessee (estado donde resido) conmutó la pena de Cyntoia Brown, una mujer de 30 años condenada a cadena perpetua por el asesinato de Johnny Allen en 2004, cuando Brown solo tenía 15 años. Los detalles del caso son truculentos. Es el caso de una joven víctima de tráfico sexual que ejecutó a mansalva a su cliente diciendo que temía por su vida. Brown será puesta en libertad en agosto, después de cumplir quince años de cárcel.

Más allá de los detalles del caso, lo que me llamó la atención fue la reversibilidad de los roles entre ella y su víctima, y lo que dijo Brown cuando supo la noticia de su conmutación: le dio gracias al gobernador “por apiadarse de ella y por darle una segunda oportunidad”. Brown repetía lo que dijo hace nueve meses, cuando un panel se negó a conmutarle la sentencia: “Respeto su decisión, pero también suplico que se apiaden de mí y me den una segunda oportunidad”.

Sus palabras provocaron en mí dos recuerdos inconscientes de mi infancia en Puerto Rico. El primero fue el de la liturgia cuando exclamaba con los fieles “Señor ten piedad. Cristo ten piedad. Señor ten piedad”. El Kyrie Eleison es dos cosas a la vez por lo menos. Es una alabanza al Señor, y es una súplica de auxilio frente a nuestra inferioridad. De la misma forma, la clemencia es un acto de benevolencia y compasión en el contexto de un juicio y un castigo. La clemencia no borra el castigo, pero lo serena y perdona.

El segundo fue el de mi súplica cuando le pedí a un abusador en la guagua del colegio de mi escuela superior que se apiadara de mí. Había tirado por la ventana mis lápices, plumas y libretas. De más está decir que mi súplica me ganó la burla de todos los otros niños y aprendí que suplicar no sirve de nada, y puede ser hasta peor. Para ese entonces ya había perdido la fe.

Me pregunto si la escena en Tennessee tiene el mismo significado (salvando su gran diferencia) que tenía el ritual que memoricé en la misa, y que repetí en la guagua hace tanto tiempo en Puerto Rico. ¿Cuál es el sentido de esa súplica a todas luces contra-intuitiva y hasta inverosímil, donde le pedimos al hombre fuerte que se apiade de nosotros?

No sé si la clemencia es una forma de protegernos hoy para cuando tengamos que suplicar mañana, o si la súplica avergüenza al poderoso por la fuerza absoluta de su acto de clemencia. Sí sé que la vida cambia nuestros papeles. A veces castigamos y atendemos (o ignoramos) la súplica de los demás y a veces nos humillamos y suplicamos ante el poderoso. Al final, tal vez la clemencia y la súplica sean parte de un ritual muy antiguo que da testimonio de nuestra fe en una justicia más allá del castigo y del perdón.

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