Eduardo Lalo

Isla en su tinta

Por Eduardo Lalo
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La tercera invasión de Puerto Rico

El hombre era dueño de un camión viejo. Sobrevivía haciendo trabajos menores: arreglando muebles, transportando escombros, haciendo austeras mudanzas. Cuando le ayudé a sacar un colchón de la caja del vehículo, se decidió a hablarme. Quizá agradecía que le echara una mano o, probablemente, se empeñaba en presentar en cualquier oportunidad, la imagen renovada de sí mismo.

Me preguntó si prefería que habláramos en inglés. Le contesté que no. Tenía acento y en su actitud había algo incómodo y familiar. Su pregunta expresaba el deseo de mostrar una habilidad que consideraba mayor y de la que quería alardear. Ya no era el hombre proveniente de un barrio rural de Toa Alta, cuya vida se hilaba uniendo los capítulos de la deserción escolar, la frecuentación consumista y laboral del punto de drogas, el emparejamiento con las diversas madres de sus hijos, el primer arresto, el segundo, y la docena de años como reo. Ahora había más, y en las palabras dichas en inglés, se perfilaba un nuevo hombre: alguien que había vivido en el extranjero y se enorgullecía del conocimiento de un idioma que no le había importado nada en la escuela. Había regresado a Toa Alta como si no fuera originario de ese pueblo, como si la mujer que le había vuelto a albergar, no hubiera sido dejada a su suerte por años, como si su estadía en el extranjero y su aprendizaje silvestre de otra lengua, no hubieran acontecido tras los muros de una cárcel federal. El hombre era una acumulación tóxica de ilusiones.

Aun así, su vida resultaba comprensible y guardaba grandes semejanzas con la de muchos conciudadanos.

Hace apenas unos meses comenzó la tercera conquista de Puerto Rico. La primera es la compartida con el resto de América Latina. A ésta se suma, en nuestro caso, la realizada por Estados Unidos a partir de la invasión de 1898, que desde entonces implantó una estructura de estrechos límites de acción a la vida económica y política del país. La tercera es la que acontece en este momento. Un país asediado por una depresión económica de más de 10 años, constreñido por su absurda colonialidad, arrasado por los huracanes del pasado año y por la ola de corrupción e incapacidad gubernamentales que acarrearon, se halla exánime, incapacitado para tomar verdaderas decisiones.

Un gobierno entrampado en su ideario anexionista y sus supersticiones neoliberales, aprovecha la debacle para desmantelar al Estado y entregar el país. Las aceleradas aprobaciones de reformas educativas, fiscales y laborales, el recorte masivo de fondos, los planes para eliminar agencias y servicios del gobierno, la venta del patrimonio, la contratación a precio de oro de funcionarios estadounidenses para dirigir departamentos, las clandestinas complicidades con la Junta de Control Fiscal, profundizan la inanición de Puerto Rico y colaboran abiertamente con los nuevos conquistadores.

Estos no arriban en barcos de guerra, sino que aterrizan provistos de un arma todavía más letal: una legalidad de diseño, construida para servir sus intereses y propósitos. Las Leyes 20 y 22, que permiten el traslado al país de extranjeros dueños de gigantescas fortunas, que se benefician de un casi inexistente pago de impuestos, a los que se añade la arribada mercenaria, posterior al huracán María, de docenas de acaudalados especuladores de nuevo cuño, profetas iluminados de arcanas criptomonedas, han transformado, en un abrir y cerrar de ojos, las políticas de ciudadanía del país.

Enfrentado a una sustancial reducción de sus márgenes de acción políticos y económicos, el gobernador Rosselló trae a la memoria la infausta imagen del presidente dominicano Buenaventura Báez, que poco después de mediado el siglo XIX, y enfrentado también a graves peligros económicos y políticos, negoció hasta obtener, para a última hora ver frustrada, la anexión de su país a Estados Unidos. Las privatizaciones emprendidas, la contratación en puestos claves de estadounidenses, el facilitar la llegada y asiento de acaudalados inversionistas extranjeros, ofrecen la fantasía de lo que el gobernador llamó, en una conferencia en Nueva York, el “lienzo en blanco” en que se habría convertido el país luego de María. Esta invisibilización de todo lo puertorriqueño, esta gasificación de nuestra realidad humana e institucional, no solamente desplaza nuestros problemas hasta la insignificancia, sino que al ignorarlos, diseña una sociedad en que la inmensa mayoría de sus ciudadanos, no es pertinente. La situación lleva a preguntarnos: ¿para quién es Puerto Rico?, ¿a quién representa el gobierno actual?, ¿qué sueño de un cuatrienio de veranos de huracanes es el de Buenaventura Ricardo Báez Rosselló?

Si algo ha demostrado la cultura y sociedad puertorriqueñas es su inusual capacidad de resistencia. Sobreviviente de conquistas e imperios, de abyectas condiciones económicas, desprovisto secularmente de poder de mando y autorrepresentación, este país no sólo ha perdurado, sino que se ha desarrollado y potenciado, en circunstancias que distan mucho de ser las ideales. Esta disposición a resistir rara vez se ha beneficiado de un apoyo unitario y nuestra historia alberga una larguísima lista de mujeres y hombres, que sacrificaron sus vidas en oposición a la fuerza bruta de una colonialidad, que consistentemente ha estado tentada o dispuesta a sacrificar lo que a duras penas hemos construido, creado y añorado.

A cada una de sus conquistas, el pueblo puertorriqueño ha opuesto cada una de sus resistencias. No será diferente ahora que confrontamos la tercera conquista de Puerto Rico.

Sin embargo, la suerte de la resistencia que apenas comienza, queda comprometida si no ocurre una transformación. El hombre del viejo camión, el desertor escolar, delincuente menor, padre ausente, que regresa a su barrio no solo como si fuera un forastero, sino fantaseando formar parte de los nuevos conquistadores, por haber aspirado durante años el aire enrarecido de una penitenciaría en que aprendió un idioma a fuerza de órdenes, tendrá que descubrir quiénes son las víctimas y quiénes son los victimarios. Muchos hombres y mujeres de todos los niveles económicos, tienen ante sí este reto óptico y conceptual: ¿en el espejo aparece un desposeído o un desposeedor? La pregunta no está atada a condiciones económicas, porque al momento es igualmente pertinente para los empresarios cuyas gestiones quedan disminuidas por arbitrios, impuestos y falta de protecciones por parte del gobierno, como los asalariados cuyas vidas se enmarcarán en los estrechos confines económicos y vitales que les dejaría la propuesta reforma laboral y las sombras que caen sobre los fondos de pensiones, así como las enormes y crecientes multitudes paupérrimas que van quedándose sin servicios de educación y salud, abandonados a su suerte sin electricidad ni trabajo, reducidos al más bajo denominador común en todas las áreas de su vida.

El gobierno, la Junta y los nuevos conquistadores hacen y harán todo lo necesario para que esa pregunta no llegue a nuestras mentes. Día a día, nos bombardearán con leyes y reformas que inspirarán miedo y comprarán la pasividad o la complicidad esgrimiendo una zanahoria. El dueño del camión era una acumulación tóxica de ilusiones, igual que nosotros que ya estamos insertos en la tercera conquista de Puerto Rico. Los dueños de negocios, los asalariados, los pensionados, los estudiantes y maestros, los profesionales tentados a emprender el camino del exilio, tienen cada mañana una pregunta aguardándoles en el espejo: “¿víctimas o victimarios?, ¿desposeídos o desposeedores?” El futuro de Puerto Rico pende de su respuesta.

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