Edgar Rodríguez Ríos

Punto de Vista

Por Edgar Rodríguez Ríos
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La tolerancia de los puertorriqueños

Una de las más interesantes consecuencias de lo sucedido durante el mes de julio del 2019 fue la esperanza de muchos de que el éxito obtenido significaría el fin de nuestra tolerancia y docilidad y se traduciría en una actitud más crítica y confrontacional ante los problemas que nos aquejan.  Las expectativas de analistas, intelectuales y políticos con relación a lo sucedido eran altas.  

Aseguraban que el éxito sacando a un gobernador del poder representaría el inicio de una nueva actitud colectiva.  Unos indicaban “el pueblo despertó”.  Otros clamaban que Puerto Rico ya no era ni quiere ser el mismo “puertorriqueño dócil” de antes.  Algunos indicaban “repetimos el milagro”, haciendo alusión a las protestas y marchas para sacar a la marina estadounidense de Vieques.  En esta ocasión, aunque el origen, organización, composición y formas de las manifestaciones fueron diferentes a las realizadas durante el verano del 2019, el resultado fue que un sector significativo de la población también se unió a favor de una gran causa.

En ambas instancias, la motivación para el desarrollo de manifestaciones multitudinarias de protesta ha sido mover un ente gubernamental o una persona de su posición de poder debido a evidencia clara de una falta de respeto a la dignidad del puertorriqueño.  Sin embargo, existen y han existido decenas de problemas y situaciones donde la dignidad y la confianza del puertorriqueño son violadas.    Muchas están relacionadas con la poca capacidad administrativa, la partidocracia y la politiquería que caracteriza al estado.  Otras están vinculadas a la apatía, indiferencia o fanatismo del puertorriqueño.  La criminalidad, el estatus político, la corrupción, los 14 años de depresión económica, la pobre educación pública y el problema de la deuda son algunos ejemplos de los graves problemas que violan nuestra dignidad diariamente.

No obstante, a pesar de que son viejas dificultades que afectan a toda la población, por alguna razón no generan la indignación suficiente para levantarse a exigir un mejor Puerto Rico.  Pareciera que lo único que motiva a la mayoría de los boricuas a ir a las calles a mostrar su molestia y coraje es la posibilidad de sacar de su posición de poder a un gobernador o un organismo federal.  La pregunta es, ¿representó realmente el verano de 2019 un punto de inflexión en la actitud colectiva hacia nuestros problemas o habrá que esperar por otra grave metida de pata del estado?

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