Carl Soderberg

Punto de vista

Por Carl Soderberg
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La tragedia de los jacintos

Existen varias versiones de cómo el jacinto de agua o lirio acuático, una especie oriunda de Suramérica, fue introducido a Puerto Rico a principios de la década del 1950. Una de las versiones es que esta planta acuática fue traída a la isla para embellecer los estanques, charcas y embalses con la linda flor lila que brota de la planta.

El jacinto no tuvo problemas en adaptarse a los cuerpos de agua boricuas. De hecho, esa especie encontró su Shangri-La en Puerto Rico. En primer lugar, el jacinto fue bendecido por una gran cantidad de nutrientes en los cuerpos de agua, contaminados por la población que en ese época carecía de alcantarillado sanitario (75% de la población aproximadamente). Esto es el equivalente a echarle abono a los cultivos. En segundo lugar, el jacinto prosperó por la ausencia de otras especies que lo consumieran. Por lo tanto, proliferaron a través de muchos de nuestros embalses. Hoy, la mitad de la población todavía carece de servicio de alcantarillado sanitario, lo que significa que seguimos abonando a los jacintos.

La Autoridad de Acueductos y Alcantarillados (AAA) inició un programa para remover mecánicamente los jacintos. Sin embargo, reaparecían como arte de magia. Entonces, la corporación tuvo que abandonar la iniciativa porque no lograba su cometido y por los altos costos. En la década del 1960, se importó el pez Amur, oriundo de China, para que se comiera esta maleza acuática. A modo de experimento se incorporó en las charcas del antiguo Dorado Beach. No obstante, el pez Amur solo se comía el jacinto si se estaba muriendo de hambre. Por eso no se introdujo ese pez en los embalses. Poco después, se trajo un gorgojo que en otros países se comía a los jacintos, pero aquí no hicieron mella. Todavía los tenemos. A finales de la década del 60 se consideró seriamente la importación de hipopótamos. ¡Se imaginan la proliferación de hipopótamos a través de la isla, como lo han hecho los caimanes! Gracias a Dios esta idea no prosperó.

A principios de la década del 1970, aplicaron un plaguicida que es el ingrediente principal de lo que después conocimos como agente naranja. Como el ave Fénix, los jacintos renacieron. Recuerdo que en la década de 1980 participé en una reunión en La Fortaleza, representando a la Junta de Calidad Ambiental. El propósito de la reunión fue discutir una propuesta de traer del exterior un escarabajo grande para comerse a los jacintos. Agradezco que el entonces gobernador, Carlos Romero Barceló, descartara de plano la propuesta y regañara con saña al proponente. Él trajo a relucir la experiencia con las mangostas.

Pero, ¿cuál es el problema con los jacintos? Primero, son una máquina de evaporación de agua. Por el proceso de evapotranspiración acelera de 7 a 10 veces más la evaporación natural. Por lo tanto, además de tener la capacidad de almacenamiento en nuestros embalses disminuida significativamente por la sedimentación, perdemos cantidades adicionales de agua por esta evaporación extrema. Segundo, cuando el jacinto muere se deposita en el fondo contribuyendo a la sedimentación y su descomposición reduce la cantidad de oxígeno en el agua, afectando a los peces y otros organismos acuáticos. Tercero, propician la propagación de mosquitos, vectores de muchas enfermedades.

Vemos pues como la inocente introducción de esta maleza acuática contribuye a reducir el agua disponible en nuestros embalses, trastorna el ecosistema acuático y frustra todos los intentos de erradicarla. ¡Aprendamos la lección!

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