Eduardo Lalo

Isla en su tinta

Por Eduardo Lalo
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La última la paga el diablo

Inicia un nuevo año, pero nada indica que algo nuevo o diferente comienza. Alegadamente, desde hace casi cuatro meses, un poco menos de la mitad del país se encuentra sin servicio eléctrico. Los camiones de reparación vienen y van por las calles, pero los ímpetus se han “normalizado” y recomponer el tendido eléctrico hace parte ya de una rutina más o menos sosegada, indefinida, plagada de incógnitas y “bolsillos”, que aparentemente formarán parte de una “nueva normalidad” sin término.

El gobierno ha visto desplomarse sus ingresos a la vez que ha estado obligado a incurrir en gastos extraordinarios. Para esta tendencia suicida sólo posee una estrategia: la espera de los $4,900 millones que Washington le ha prometido. No obstante, este dinero no acaba de llegar, se retrasa sospechosa e inquietantemente y, por lo que parece, en el mejor de los casos, será administrado muy incompletamente por La Fortaleza. La confianza en el gobierno se ha esfumado y las acusaciones constantes, relativas a su negligencia, incompetencia y corrupción, han multiplicado las salvaguardas y los tutores ideados por los estadounidenses.

Mientras tanto, la emigración en masa continúa vaciando y dividiendo familias y comunidades. La prensa norteamericana reportaba esta semana la historia de jóvenes universitarios, que reclutados por una empacadora de carne de pavo, tomaban en Isla Verde un avión para Dakota del Sur y, en cuestión de horas, compartían un cuarto en un dormitorio ubicado en un páramo helado, lejano de cualquier ciudad, para cobrar 10 dólares la hora por descuartizar aves o sacar las toneladas de tripas sanguinolentas de la planta procesadora. Sus compañeros de trabajo vienen de muchos países, salvo de Estados Unidos. Ningún estadounidense desea someterse a estos rigores. Por ello, los procesadores de los pavos de Navidad y Acción de Gracias, estos fabricantes de jamón de sándwich, reclutan a sus empleados en Birmania u Honduras, en la India o Filipinas, en Samoa o Puerto Rico.

La imagen del dormitorio improvisado en el páramo helado, me hizo pensar que así son los barracones contemporáneos y recordar la suerte de los campesinos, que a partir de 1899, embarcaron para Hawái a picar caña o cosechar piñas y nadie volvió a ver.

Para el gobierno, persona que se va equivale a problema que deja de existir. A tiempo ganado sin tener que confrontar la realidad cruel que se avecina y sin estar obligado a reaccionar con cambios realistas y eficaces, que no tengan que ver con la política de la mano extendida y los autoerotismos de estatus político, que es lo que ha hecho la actual administración desde que asumió el poder hace exactamente un año.

Puerto Rico es todo pasado. No tiene presente ni futuro y lo pretérito ha detenido el tiempo. En esta semana también, un reportaje de POLITICO informaba que más de la mitad de las casas del país son "informales", es decir, construidas ilegalmente, sin permisos ni inspecciones, en tierras privadas o públicas, que han sido rescatadas o invadidas. Estas comunidades no pagan impuestos a la propiedad ni pueden adquirir seguros. Tampoco, trágicamente, son aptas para recibir ayudas de FEMA, ya que sus dueños no gozan de títulos de propiedad. En muchos casos, los gobiernos municipales y estales les han provisto de electricidad y agua, pero según el reportaje, es generalizado el hurto de ambos.

Esta precariedad se llama pobreza. Otro nombre no tiene. Puerto Rico no la ha combatido, sino que la ha institucionalizado y manipulado. Al 60% de la población, gobiernos sucesivos no han provisto más que maquillaje.

El reportero de POLITICO hacía referencia a Toa Baja, cuya administración municipal ha sido notoria por el despilfarro de fondos y la financiación de una égida para políticos derrotados del PNP. Allí, de las 26,000 casas del pueblo, 9,000 han sido improvisadas. Como se sabe, tras el paso del huracán, fue en este municipio donde ocurrió una de las mayores emergencias humanitarias. Con la llegada de 2018, la vida sigue en el pasado. Se necesitan $150 millones para proteger al pueblo de inundaciones y hoy, ni siquiera, hay dinero para una crema antiarrugas o para un tinte de pelo.

En 1966 el antropólogo estadounidense Oscar Lewis publicó La vida, a partir de sus investigaciones de campo en la comunidad de La Perla en el extramuros sanjuanero. Este antiquísimo barrio, que también aparece en las memorables páginas de La carreta de René Marqués, le sirve a Lewis para desarrollar su teoría de una “subcultura de la pobreza”. Según ésta, las arduas condiciones socioeconómicas crean formas de actuar, pensar y sentir que formarían una cultura dentro de otra y harían que una comunidad de pobres trascienda los límites nacionales. De esta manera un pobre puertorriqueño tendría más concomitancias con un pobre mexicano o marroquí que con miembros de otras clases de su propio país.

La teoría de Lewis es lúcida pero controvertible, útil pero dudosa. No tengo la capacidad para pronunciarme sobre ella, en especial cuando se trata de una lectura hecha hace muchos años. Sin embargo, recordar su teoría me ha llevado a pensar que Lewis quizás erró al centrarse exclusivamente en los pobres. De existir, la subcultura de la pobreza, pertenece a todos. Subcultura de la pobreza es también ver al gobernador en la Casa Blanca junto a Trump, como si fuera un alumno miembro de un Club de Naciones Unidas de visita a un presidente y no un jefe de estado. Subcultura de la pobreza son los sueldos de Keleher y Pesquera, el cristianismo anticristiano de Charbonier y otros legisladores, la incoherencia como práctica terrorista del presidente del Senado, el proyecto de voto presidencial de su homólogo de la Cámara, las “pelotas duras”, “escándalos del día” y “azotes” de las radioemisoras, los relacionistas públicos y los políticos que les hacen caso, los alcaldes que le ponen su nombre a todo y comisionan estatuas de sus predecesores, los beneficiados por subsidios: desde los millonarios que huyeron con sus familias en aviones fletados en la víspera del huracán, hasta los que recibieron un toldo azul semanas después de su paso. Todo esto y tanto más es nuestra subcultura de la pobreza.

La pobreza marca y determina la vida de todos, independientemente de los ingresos y privilegios. De pobres a ricos, el país ha quedado satisfecho con el denominador común más bajo, lo mismo en el gobierno que en los medios de comunicación, en la educación o la salud pública o privada, porque ambas adolecen de los mismos vicios a pesar de sus variaciones. En todas partes, el dueño de la mansión al igual que el de la casucha, se inclina a dar el tumbe que rinda el mayor beneficio a cambio de la menor inversión y esfuerzo, a acaparar todo lo que se pueda mientras se pueda, para que la última la pague el diablo.

Oscar Lewis hizo su investigación de campo en La Perla, pero la habría podido hacer en las urbanizaciones cerradas de Dorado o en el Condado, en University Gardens o Levittown, en Guaynabo o Villas del Sol. En todas partes la última la paga el diablo y en todas partes hay pobres diablos.

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