María de Lourdes Lara

Tribuna Invitada

Por María de Lourdes Lara
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La última libertad humana

Hace poco asistí a un encuentro de la Federación de Radioaficionados de Puerto Rico. Esta organización, de más de tres décadas es una, entre otras, dedicada a mantener la radioafición activa. En la actividad, aprendí que utilizaron esta herramienta de comunicación vital, luego de que el sistema colapsara post María. Eran ciudadanos respondiendo desde sus casas, desde sus posibilidades y más allá de ella. Sólo los motivaba el deseo de ser y hacer por sus comunidades. Salvaron vidas y acompañaron a otros con su voz, durante la oscuridad de la noche, el hambre y la desesperación. Algunas noches, los escucho hablar. Escucho el respeto, la cortesía, la amabilidad con que se hablan. Acompañan a envejecientes que están solos o encamados y los tratan como su familia. Los escucho acompañarse ante problemas, educarse sobre equipos y antenas y hasta bromear. Durante la actividad se hablaron como si se conocieran por años. Y es que, ciertamente, se conocen sin quizás haberse visto antes. Se acompañan sin importar su estatus o condición de clase. Un encuentro presencial es sólo un pretexto para seguir haciendo lo que mejor saben hacer: comunicarse.

Con el tiempo, he aprendido que la pausa es una pieza clave que permite a los radioaficionados ese arte de la comunicación. Esa escucha activa y gentil de un ser humano a otro; que espera a que un hablante exprese cómo se siente o qué necesita, tiene mucho que enseñarnos en estos tiempos de incertidumbre y soledad. La pausa entre apretar el botón de la radio para comunicar es también la pausa entre la reacción y la respuesta: es el espacio de la libertad que sólo los seres humanos podemos elegir.

Hace poco, un monje Zen, citó a Viktor Frankl en un talller, donde buscábamos herramientas para continuar asistiendo el dolor, la depresión crónica y la ansiedad de cientos de familias en nuestra región Este; las más devastada por el huracán María. Decía: “Entre un estímulo y una respuesta existe un espacio…en ese espacio se encuentra nuestra libertad…” ¿Cómo responder si todos nos sentimos igual de castigados, cual imagen de campo de concentración al que Frankl se vio sometido por años? Este psiquiatra alemán, judío en tiempos del fascismo nazi, de la noche a la mañana, se vio sometido a la tortura, al hambre, al frío y a la pérdida de su familia. Descubrió, luego de encierros, humillaciones y el miedo de que en cualquier momento moriría, que había algo que jamás nadie le podría arrebatar: su libertad y su humanidad. Su capacidad de elegir cómo sentirse, como responder: su libertad última radicaba en su capacidad de no sucumbir a dejar de ser humano para convertirse en cosa, en otro animal que reacciona defensiva u ofensivamente; que se somete domesticado ante el torturador.

Pensando en Puerto Rico, en lo que hemos pasado en esta, la condición colonial y de desigualdad a la que hemos sido sometidos por décadas, veo con sorpresa y a veces con esperanza, esas respuestas libertarias y de humanidad. Miles han muerto, cual campos de concentración. Millones se han exilado, huyendo de las cárceles que deciden quiénes debemos ser, qué idioma o cultura adoptar y hasta cuán desposeídos podemos vivir. Otros, sin embargo, retan cada día la doctrina impuesta en escuelas, centros de trabajo y en la base de sus comunidades. Deciden elegir ser y hacer otro país, establecer otras relaciones y proyectos.

La pregunta urgente que me hago ahora es si, ante la fuerza de someternos a vivir en guerra entre nosotros, a descartarnos como pueblo, a someternos como siervos por un pedazo de pan, so pena de destruir la tierra que nos alimenta, el agua y el aire que nos mantiene vivos, deberíamos agarrarnos, como Frankl a nuestra libertad última, la de elegir por una humanidad. La que necesita escucharse y ser escuchada, como los radioaficionados, con pausa y respeto. Elegir desde mí, pero no sólo para mí; una propuesta de comunidad diversa, a veces caótica y doliente; la del nosotros.

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