Eduardo Lalo

Isla en su tinta

Por Eduardo Lalo
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La última vez

Un escritor observa y recuerda. Su mirada penetra las superficies de las cosas y los seres y su memoria alberga y baraja los significados. Los ojos y la mente, sus instrumentos y, a la vez, sus armas, conducen a la tinta.

Durante décadas he observado y recordado, y en mis libros han ido quedando la cartografía y las huellas quebradizas de lo que existió para desvanecerse. La experiencia y la labor del escritor se intensifican cuando están asociadas a un lugar: un espacio que circunstancias autobiográficas llevan a considerar sin salida. Uno puede partir de él, pero lo visto y recordado no permiten el abandono. No obstante, siempre hay dos opciones: permanecer, lo que constituye simultáneamente un don y una condena, o emprender el camino hacia otro, exilándose con él a cuestas. Por casi seis décadas, la mía ha sido la primera opción y el lugar, a la vez gracia y fatalidad, ha sido Puerto Rico.

Esta semana se presentó el Informe sobre Desarrollo Humano Puerto Rico 2016. Elaborado por un grupo de investigadores de diversas disciplinas, y dirigido por un Comité Timón conformado por el director del asediado Instituto de Estadísticas Mario Marazzi Santiago, los sociólogos Marcia Rivera Hernández y Manuel Torres Márquez, así como por la profesora Ethel Ríos Orlandi y el ex candidato a la gobernación Manuel Cidre, el documento intenta contrarrestar la hegemonía de nuestros mitos. Durante décadas hemos repetido, como una sociedad de papagayos, frases que son conclusiones, imágenes de nuestra sociedad que han adquirido la infalibilidad del dogma. Mediante ellas nos pensamos ante el mundo y, también, calmamos las incertidumbres de nuestras mentes. Con ellas despachamos lo que observamos, por ellas un número enorme de ciudadanos han estado dispuestos a justificar, soslayar u olvidar los más abyectos comportamientos de políticos locales y federales, de funcionarios y empresarios que construyeron emporios mediante la corrupción o, simplemente, hemos quedado satisfechos con las cuestionables realidades de nuestra educación, salud y la naturaleza de nuestra cotidianidad. Todo fue posible, porque según la época, creíamos en la revolución pacífica, la autonomía fiscal y política, las bondades de la ciudadanía estadounidense o lo mejor de los dos mundos.

El Informe de Desarrollo Humano prescinde de estas imágenes narcóticas, hijas de una tradición de caudillos y demagogia, de campañas propagandísticas y de ingeniería social. En él, no hay nada que tenga que ver con un programa de control de multitudes, que posea como norte la fecha acechante de las próximas elecciones. A un país aislado como el nuestro, le ofrece la oportunidad de conocer su ubicación verdadera en relación con el resto del mundo.

Cualquiera puede fantasear con la idea de que es el mejor jugador o el mejor artista, hasta que acude a las Olimpiadas o a una audición. Este apreciable baño de realidad es el que nos ofrece este trabajo, que como se verá, nos ubica muy lejos del medallero.

Las conclusiones del Informe establecen claramente un dato que debería causar consternación. En 2013, Puerto Rico era el quinto país con mayor desigualdad social en el mundo. Según los informes de agencias internacionales para ese año, sólo nos superaban negativamente en este renglón fundamental Lesoto, Sudáfrica, Botsuana y Sierra Leona. El Informe apuntala esta conclusión con otros hallazgos: "En el año 2000 el ingreso del 10% más rico era 25 veces el ingreso del 10% más pobre, con tendencias evidentes de aumento, para alcanzar las 33 veces en 2012 [...] los sectores más pobres perdieron un 30% del valor real de sus ingresos." Desde 1947, cuando el desempleo comienza a contabilizarse en la isla, éste siempre ha sido superior al 10% y "los indicadores económicos revelados...permiten concluir que en Puerto Rico trabajar disminuye la probabilidad de ser pobre, pero no es una vacuna contra la pobreza: el 21.3% de las personas empleadas eran pobres en el periodo estudiado, cifra que es tres veces mayor que en Estados Unidos."

El informe nos hizo participar en una competencia internacional y nuestro rendimiento ha sido catastrófico en el mundo real de los datos y las cifras. Aún a esta fecha, y dadas las apremiantes circunstancias de la bancarrota y la Junta, existe una evidente renuencia de parte de las autoridades a rendir cualquier informe exhaustivo y auditado. Para los habitantes de La Fortaleza, resulta preferible seguir a oscuras, para mantener nuestras mitologías iluminándonos como velas votivas. Pero la realidad no puede ocultarse ya con la mano gigante de los eslóganes de caudillos fenecidos, jubilados o en formación. Porque tienen ojos y no encuentran salidas: "La migración se lleva anualmente cerca de 13.4% de los nacimientos y una parte importante de la fuerza trabajadora."

Un escritor observa y recuerda. En los últimos 20 años me he detenido a mirar y no olvido. Recuerdo mis recorridos por la capital, las ciudades regionales y los pueblos, armado con una libreta y una cámara. Recuerdo las aceras sucias y agrietadas, los segundos pisos cuya construcción quedó interrumpida, los edificios históricos de los cascos urbanos que tan sólo son una fachada, las escuelas, hospitales y tiendas que cerraron, el sitio donde alguna vez hubo una juguetería, una modista o un restaurante árabe. Recuerdo a Bayamón, Caguas o Arecibo y su desolación un sábado por la tarde. Recuerdo las frases alucinantes escritas en los muros o en las paradas de guagua, que imploran por una paz o una justicia que no se encuentra. Recuerdo a millares de hombres y mujeres con caras y cuerpos tallados por las insatisfacciones e insuficiencias de sus vidas; recuerdo a docenas y docenas de jóvenes en los semáforos, acercando un vaso plástico a cada una de las ventanas de los carros; recuerdo al viejo al que le pasé mi plato de comida en la Plaza del Mercado de Río Piedras. Recuerdo también las indefinidas elecciones, la interminable reiteración de palabras vacías que se heredan de una generación a otra. Recuerdo la estupidez, la ignorancia, la mentira, la incompetencia, el partidismo, la injusticia que son los pistones de tantas desgracias. Recuerdo tantos años en este país que ha sido gobernado sin competencia ni compasión y nos veo repitiendo, aferrándonos a los espejismos de nuestras mitologías, que este desolador Informe sobre nuestro desarrollo humano niega con la frialdad cruel de las cifras y las comparaciones. Y sé, que desde hace mucho, un país encadenado por los circunstancias y los mitos, desciende a los infiernos y se esperanza, como leí un día en la pared de un orinal, con que "esta vez es la última vez que es la última vez."

Pero no se responde ni actúa suficientemente y, entonces, escucho a tantos que recuerdo repetir por penúltima vez: "esta vez es la última vez que es la última vez" y nunca hay una última vez en el Puerto Rico de los engaños y los sueños.

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