Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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La única utopía

El adolescente rebelde fue en busca de la utopía; la búsqueda del espacio perfecto y tiempos armoniosos, de liberación, lo sedujo. Aguijoneado por las lecturas como On the Road de Kerouac y Howl de Allen Ginsberg, el adolescente clase media y suburbano de los sesenta pretendía salir de la complacencia “materialista” de su clase, ello imaginándose otros horizontes, escuchando la música que disgustaba a sus padres, experimentando con la estupefacción del cannabis mejor, “marihuana”, así suena más a cura y menos medicinal y otras substancias exóticas, o enteramente prohibidas. Esa utopía que empezó con los beatniks y siguió con los hippies tuvo su admiración y recinto en el lodazal de Woodstock. Mientras, los más ingenuos muchos católicos y de formación intolerante fueron seducidos por el marxismo, y con todos sus apellidos. Algunos hasta llegaron a abrazar aquel maoísmo bendecido por Sartre, todavía peor que el estalinismo en su salvajismo ideológico. La medicina al uso fue el antiamericanismo globalizado, sobre todo a partir del golpe de estado de Allende maquinado por la C.I.A.

De todos modos, la guerra de Vietnam, la radicalización demente de muchos hijos de la pobreza y la abundancia nacida después de la Segunda Guerra Mundial nuestra Liga Socialista, los Black Panters, los Weathermen redujeron aquella utopía, en los más tímidos, a una vaga adhesión al rock, o a la Nueva Trova, al tabulismo, el feminismo o la puertorriqueñidad, según el caso; nuestro sujeto libertario, ya abocado a la marginalidad o el trabajo de ocho a cinco, reconsideró benignamente el pago del Seguro Social; ocupar su sitial en la clase media, tan vilipendiada por Mario Benedetti, se convirtió en una especie de utopía personal. Muchos radicales de los sesenta abrazaron las comunicaciones, la publicidad y las finanzas, a manera de metodologías para alcanzar, mediante el consumo y la promesa de un progreso ilimitado, esa utopía universal en que se ha convertido la clase media.

No debemos menospreciarla: Durante los últimos dos siglos y medio, la ambición de una democracia liberal ha ido de la mano con la creación de una clase media, ello desde Texas a Mumbai, pasando por las autocracias de partido único como China y las democracias amañadas, como Rusia. Junto a la creación de la clase media, el Estado Benefactor, o Welfare State, se convirtió, también, en una especie de utopía pragmática. Con el desplome de la democracia socialista y a pesar del atinado análisis que hizo Marx de la irracionalidad del capitalismo se nos ha colocado en otro disparadero utópico, porque un capitalismo triunfante en el mundo entero es una amenaza para la sobrevivencia del planeta.Aparte de la desigualdad social y económica —cada vez mayor, entre toda la población mundial— la reflexión necesaria es sobre la vulnerabilidad del planeta como tal, la sobrevivencia de los humanos en esa nave espacial que llamamos Tierra. La guerra nuclear ha sido el fantasma del planeta desde 1945. Los primeros estudios sobre la capa de ozono y su deterioro se hicieron, precisamente, a raíz de las pruebas nucleares en la atmósfera a partir del segundo lustro de los años cuarenta. Hoy por hoy, la contaminación ambiental que ha resultado en el cambio climático, la degradación de la atmósfera mediante la quema de combustibles derivados de fósiles del carbón, se han convertido en máxima prioridad para la civilización. Los acuerdos de París suscritos por Obama, y ahora rechazados por Trump, son piedra angular de ese esfuerzo sin duda utópico de salvar la Tierra como hábitat de la humanidad.

Son varias las paradojas irreconciliables que vivimos: El ser humano cada vez vive más sobre un planeta peligrosamente enfermo. Según Christiane Lagarde, directora del Fondo Monetario Internacional, la cada vez más numerosa población de viejos amenaza la economía mundial y sus recursos. La segunda paradoja: para crear una clase media global, y superar la desigualdad, tendríamos que continuar con el saqueo del planeta. Reconozcamos cómo a la generación de los llamados “millenials” se le ha hecho más difícil acceder a la clase media que a los llamados “baby boomers”. Una nueva era tecnológica tendría que garantizar que ese saqueo no implique el fin de la agricultura y el agotamiento como está ocurriendo ya de los abastos de agua.

El cuestionamiento sería si podríamos crear suficiente riqueza para financiar el Estado Benefactor, atemperar la desigualdad creciente y no devastar el planeta. Ante una población creciente, y con expectativas de vida superior a las actuales, nos preguntamos también se lo pregunta Stephen Hawkins por la sustentabilidad del planeta.

Una guerra nuclear con Trump y Kim Jong-Un de incendiarios el ser humano jamás se ha abstenido de usar lo que ha inventado para matar seres humanos, los últimos setenta y un años han sido milagrosos, la degradación de la agricultura por el cambio climático y la escasez de agua para una población sedienta, convierten la añoranza del espacio perfecto, la utopía, en la mera deseabilidad de unos tiempos soportables, un porvenir moderado en sus perspectivas catastróficas. La pregunta es si el futuro de la tecnología sería capaz de garantizar la sobrevivencia, el porvenir de nosotros, los bípedos errabundos sobre el planeta Tierra.

Como le señalaron al protagonista de The Graduate, Benjamín Braddock, una vez completó sus estudios universitarios: El futuro suyo y el porvenir de la humanidad están ligados a los plastics. Todos los años los seres humanos descargamos en los océanos entre cinco y trece millones de toneladas métricas de plásticos, suficientes como para asfixiar nuestra posibilidad de sobrevivencia sobre este planeta cuyas formas de vida comenzaron justo ahí, en el agua. 

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