María de Lourdes Lara

Tribuna Invitada

Por María de Lourdes Lara
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La UPR como epicentro

Hace dos años escribí una columna parecida a esta. Hace dos años conté por primera vez la historia de cómo la hija de un carpintero y una trabajadora doméstica logró llegar a la Universidad de Puerto Rico y hacerse de un doctorado. Hace dos años, una niña en extrema pobreza, sin posibilidad de progresar y lograr movilidad social alguna, fue rescatada y acogida por profesoras y programas que le permitieron lo que la Middle States Association y el Plan Estratégico 2017-2021 describen como “Éxito Estudiantil”.

Lograr el éxito estudiantil supone proveerle al estudiantado las condiciones, servicios y competencias para acceder a la universidad, permanecer en ella hasta completar un grado o profesión; que luego le permita salir a su comunidad a trabajar y lograr sus aspiraciones ciudadanas y profesionales; y ser una persona de bien, que trabaja para el bien común.

Dos años después de contar esa historia, formo parte de ese ejército de soñadores, como diría el Subcomandante Marcos, que sale todos los días a buscar esos cientos, miles, millones de pobres que aspiran y luchan por llegar a la universidad y burlar su destino: el de jamás salir de la pobreza, el de nacer y seguir siendo empobrecidos.

Esa condición que cada gobierno y cada sociedad determina para ellos y ellas, aunque le vendan el sueño del “you can if you wish”.

Como dije hace dos años, la universidad no está hecha para los pobres. Aunque parte de su misión reza que “debe desarrollar cabalmente la riqueza intelectual y espiritual latente en nuestra gente para que la inteligencia y el espíritu de esos individuos excepcionales que surgen en todas las esferas sociales, especialmente aquellos menos favorecidos económicamente, se puedan poner al servicio de la comunidad puertorriqueña”, su práctica y algunos de los agentes que se asignan para gobernarla, la anulan e imposibilitan.

Demasiada politiquería, demasiada burocracia y demasiados intereses mezquinos se entrometen para entorpecer su trabajo. Aun así, miles de trabajadores y trabajadoras logran saltar obstáculos de todo tipo para hacerla la mejor universidad de Puerto Rico y el Caribe.

Podría ser de las mejores de América Latina y por qué no, de las mejores del mundo. Tiene el potencial en sus gremios y de hecho lo es en muchas de sus disciplinas. Pero el entrometimiento de quien nunca debe pisar ese espacio llega todos los días a busconear el contratito y el proyectito, pensando que lo va a sacar de su pobreza intelectual y espiritual. ¿Se imaginan si la dejamos tranquila haciendo lo que es, lo que sabe, lo que puede hacer por Puerto Rico? ¡Podría sacarnos de nuestra estructural pobreza para gestar lo común!

A veces ocurre un “milagro”, decía el sociólogo Pierre Bourdieu, que cambia el habitus de ese ciudadano y le permite a un pobre entrar en otro círculo, otra clase social, otra posibilidad devida: un joven es becado, acompañado, le curan las heridas de la violencia institucional de la pobreza y facilitan su inserción en un laboratorio de biología, en un teatro, en la historia de otros mundos posibles o en la sabiduría acumulada de cinco mil años.

¿Qué tal si hacemos de casuales y casi accidentales milagros, la tarea diaria de este país para salir de la pobreza extrema económica, social, ambiental y familiar? ¿Qué tal si, deliberadamente, conspiramos para el bien, para que sea la Universidad de Puerto Rico la que geste lo común y nos garantice un país de jóvenes que logran el éxito estudiantil, su transformación y el desarrollo de nuestra sociedad?

Si estamos de acuerdo, respetemos su autonomía.

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