Francisco Moscoso

Tribuna Invitada

Por Francisco Moscoso
💬 0

La UPR se hunde

Hace varios años, los diversos sectores que componen la Universidad de Puerto Rico (UPR) vienen denunciando la irresponsabilidad del gobierno (de los partidos que se han turnado en el poder), de socavar su base financiera y las consecuencias nefastas de su continuada política de recortes, los aumentos perjudiciales de costos de matrícula a los estudiantes, el trastoque irracional del Sistema de Retiro, etc. 

Ahora se combinan en el recetario de medicina amarga la Junta de Control Fiscal, el gobierno de Puerto Rico y la Junta de Gobierno de la UPR. Estas autoridades están empeñadas en tratar a la universidad pública con criterios empresariales, subordinando la educación y la cultura a axiomas de costo-efectividad. Es la antítesis del propósito universitario de búsqueda amplia y multifacética del conocimiento y de soluciones.

La UPR se viene achicando en su cuerpo docente, no docente administrativo y de trabajadores de mantenimiento. La oferta de cursos se está reduciendo semestre tras semestre. Las especializaciones de áreas se están afectando. Los recursos en todas las facultades y bibliotecas disminuyen o se estancan. 

Las causas de la crisis que enfrenta la UPR, por supuesto, son diversas. Voy a centrar la atención en apenas un aspecto. Lo hemos apuntado antes, en este mismo espacio, pero la obstinación con el recetario del neoliberalismo económico, el que busca recortar para hacer “economías” y privatizar todo lo que pueda, tiene a las autoridades que toman decisiones “arriba” equivocadas y mal orientadas en cuanto a las necesidades reales de la sociedad “abajo”. Tomemos, por ejemplo, la situación de las jubilaciones de los profesoras y las profesoras.

Desde hace unos años, a algunos y algunas “arriba” se les ocurrió “congelar” las plazas o posiciones a tiempo completo y con permanencia. Congelar implicaría que se mantiene el dinero para asignarlo en otro momento. En realidad, hemos pasado de la “congelación” a la eliminación. Cuando un docente se jubila o fallece, la plaza no es reemplazada: es eliminada. Por esta vía, en el Departamento de Historia donde trabajo, hemos visto reducirse el cuerpo docente de 1987 acá, de 26 plazas a 10. El Programa Graduado (de maestría y doctorado) antes ofrecía alrededor de diez cursos cada semestre; ahora son apenas cuatro. 

Una manera de frenar la sangría docente actual es, sencillamente, dejar activo el dinero asignado a los docentes que se jubilan para con ello, a su vez, poder abrir convocatorias para reemplazarlos. Los jubilados recibirán su pensión del sistema de retiro (esperemos…). Por  lo tanto, si en vez de evaporar el dinero que se ha estado pagando a los profesores activos cuando se jubilan, se deja en partida asignada, entonces, hay la posibilidad real de reclutar reemplazos.

De mantenerse la política de no autorizar plazas de reemplazo, siquiera mínimamante, algunos departamentos están destinados a la extinción. ¿A quién le conviene en sano juicio, por ejemplo, que la Universidad del pueblo de Puerto Rico un día no muy lejano no cuente con su Departamento de Historia? Igualmente es el caso de otros departamentos. Son muchas las plazas que son necesarias para cumplir con la misión de excelencia académica que nuestra sociedad espera y merece.

A propósito, tras 40 años de labor docente, 20 libros más innumerables artículos y ensayos publicados, y compartiendo  con dedicación y entusiasmo cursos con unos cuantos miles de estudiantes (como han hecho tantos otros y otras colegas), me jubilo en diciembre. Me jubilo pero no me retiro. En última reflexión, al seguir escuchando desde las altas esferas que “no hay dinero” y que hacen falta más recortes, lo que me pregunto es, ¿cuándo me jubile a dónde va a parar el dinero hasta ahora asignado a nuestros salarios?

Otras columnas de Francisco Moscoso

💬Ver 0 comentarios