Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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La UPR y el pie en el vacío

En los últimos días, se ha estado discutiendo el riesgo que corre la Universidad de Puerto Rico frente a sus problemas de liquidez, y los requerimientos que ha hecho la Junta de Control Fiscal, a fin de que se tomen medidas para levantar presión financiera.

La Universidad es asediada por sus acreedores, y enfrenta el fantasma de la quiebra. Lo más importante es que pende sobre su destino la espada de Damocles que representa tener o no tener la acreditación de la Middle States Commission on Higher Education, una organización que cada cierto tiempo da su visto bueno a la excelencia curricular, planta física, seguridad, desempeño académico y otros muchos factores.

De la acreditación dependen los fondos federales que recibe la UPR, así como las becas de un inmenso número de estudiantes. También dependen muchas investigaciones en curso, patentes, intercambios con otras universidades, invitaciones al profesorado, financiación para adquirir equipos, convalidación de créditos, etc. Todo un universo que integra a la Universidad del Estado en la corriente universitaria de la nación que es la metrópoli.

Sin la acreditación de la Middle States, los estudiantes de la UPR (cualquiera que sea su ideología) correrían a las universidades privadas, para así poder mantener los beneficios.

Por otro lado, es verdad que el Gobierno de Ricardo Rosselló no ha movido un dedo por salvar a la institución del abismo al que se asoma estos días, y mucho me temo que no lo moverá. Sus detractores afirman que esto se debe a su interés por beneficiar a las universidades privadas con las que mantiene vínculos, y, a la vez, sacar del medio lo que considera un viejo dolor de cabeza que tienen que enfrentar los gobiernos anexionistas cada vez que advienen al poder.

Esta columna no cuestiona los grandes beneficios de la acreditación, sino que intenta reflexionar en un asunto más íntimo, que es el de la verdadera autonomía universitaria. A la UPR le ha pasado igual que al ELA: ha vivido en la ilusión de su propia gobernanza, cuando en verdad no es así.

Es la Middle States —prestigiosa, pero también conservadora—, cuya ética ideológica es por necesidad la misma ética ideológica de la metrópoli, la que decide hoy, en este mismo instante, la vida y la muerte de una institución que ha tenido infinitos momentos de gloria durante 115 años.

Sin embargo, la Universidad de Puerto Rico, joya de la corona educativa del país, espacio de discusión de ideas, estandarte de un pensamiento progresista (dije progresista, no el mejunje reaccionario y bochornoso de la última huelga), nunca ha querido enfrentarse al problema de fondo. Y es preciso decir que la UPR arrastra un nivel importante de sujetamiento colonial.

Una universidad que no es libre de prolongar un paro o movilización, ni tampoco puede transformar una serie de programas educativos, o diversificarse a su conveniencia y bajo sus propios presupuestos de cultura o idiosincracia, no es una universidad autónoma. Aquí no es el Gobierno ni son los policías los que acaban con las huelgas. Aquí es la Middle States la que da punto final a las protestas e impone su filosofía operativa. Solo tiene que mandar un papelito, una fría notificación en donde advierte que como la universidad “no abra mañana”, retira la acreditación. Remedio santo.

Al parecer, la Middle States ahora también advierte contra las medidas de austeridad en el presupuesto, dejando caer que unos recortes que empobrezcan la oferta educativa, afectarán igualmente la acreditación.

En un concepto más amplio, y a esto es a lo que me refiero desde que empecé, en Puerto Rico no se puede hablar de una estructura soberana de gobierno, sin medir los conflictos que plantea la reconversion de la Universidad del Estado. Lo que ocurre es que, como ese diálogo está dominado por personas vinculadas a la academia, el tema ha quedado convenientemente relegado, cuando en verdad debería ser eje de un debate más amplio sobre lo que es una universidad estatal, quién debe acreditarla, cuáles deben ser sus principios ideológicos y educativos, cómo se la libera del corset de piedra de una organización foránea.

En América Latina, solo dos universidades, ambas privadas y ambas chilenas, cuentan con la acreditación de la Middle States. El resto no. Y eso no quiere decir que no sean exigentes o capaces de producir buenos profesionales. Claro, son universidades que no tiran la casa por la ventana en términos de salarios y beneficios, ni cuyos catedráticos pueden moverse tranquilamente por los Estados Unidos para enseñar un curso.

Es insólito aceptar, y repetir en este instante como un mantra de la decadencia, que si la Middle States retira su acreditación, la UPR cierra sus puertas.

En otros lugares del mundo, donde no conozcan la historia, pensarán que bien frágil tiene que ser una universidad para que su vida entera penda del hilo de los pareceres de una comisión americana. Eso sí es una premisa colonial de las más rotundas que se han visto. El coloniaje no es solo que el Congreso imponga una Junta Fiscal. Lo que pasa es que hay coloniajes y coloniajes, unos más estirados, intelectuales y tolerados que otros.

Por último, bueno es que se admita que entre la población hay cierta indiferencia hacia el futuro de la UPR, cuando el país entero debería estar volcado en salvarla. Sobre ese desapego, no ha habido autocrítica. Nadie en la academia se ha preguntado en qué falló, por qué se ahondaron las distancias, qué fue lo que socavó los vínculos espontáneos de la UPR con la sociedad.

¿No sería que hubo poca sintonía, poca comprensión de la mentalidad real fuera de la burbuja? ¿No hubo acaso cierta petulancia en general, y un poco de desdén en particular, por ejemplo hacia los estudiantes y profesores de las universidades privadas? A las universidades privadas también van decenas de miles de estudiantes humildes, así que la UPR no puede perpetuar el mito de que esa institución, en exclusiva, sea la única que recibe a los pobres. Porque no es así.

El momento es duro, y está muy manoseada la frase de que a la UPR hay que repensarla. Pero corran, repiénsenla.

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