William Félix

Tribuna Invitada

Por William Félix
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La venganza de los 2,975

Fueron casi 3,000, que no se nos olvide. Entre las víctimas, mi tía Aixa; mujer amorosa, madre, esposa, abuela y mi confidente en la juventud. Te fuiste muy pronto. Escribo esta columna con tristeza y resentimiento. Quiero el desquite, utilizando las armas más contundentes que me otorga la democracia: mi voz y voto. Quedan advertidos.

Tuve la oportunidad de visitar a Puerto Rico como parte de una misión médica a los 16 días después del impacto de María. En nuestro recorrido por el país, pude percatar el peligro inminente en el aumento de muertes prevenibles. Fueron la pobre ejecución del gobierno local, evidenciada en los más recientes reportes de la Universidad George Washington, y sobre todo, la respuesta deficiente por parte de la administración que nos tiró papel toalla como bolas de baloncesto y nos sacó en cara el descuadre en su presupuesto, quiénes dieron la última estacada en este cuasi-genocidio. No lo olviden, fueron 2,975 para ser exactos.  

En ocasiones, nos acusamos mutuamente de utilizar la herramienta del voto como escape emocional y no racional. Históricamente cedemos este privilegio al primer candidato “clean cut” y con “lambio’ de vaca”, capaz de gritar los mismos epítetos trillados cada cuatrienio. Aquí en los Estados Unidos, cansados del desprestigiado “establishment”, escogimos a un individuo que supo despertar las peores pasiones cimentadas en la ignorancia e intolerancia con tal de ganar votos. Como ven, la suma de estos nefastos elementos cuadró: 2,975 muertes.

Si nuestra naturaleza humana inevitablemente nos dirige hacia este impulso emocional, especialmente durante la ejecución del voto, canalicemos entonces este sentimiento de cara a los próximos comicios electorales en los Estados Unidos y en su momento en Puerto Rico. Acabemos con el antagonismo estúpido entre los que se fueron y se quedaron. Esa bazofia de que “el que se fue no hace falta” o de que “me fui y que se fastidie la isla” no se la cree nadie. Aun cuando muchos hemos partido hastiados, el amor a la patria nunca ha mermado. El fenómeno de la diáspora nos ha dolido a todos, independientemente de cómo se exprese.

Olvidémonos por ahora del “chavao” estatus que claramente, no es prioritario en el Congreso americano bajo la actual administración. Pongámonos de acuerdo y demos paso a quienes estén dispuestos al diálogo para promover la unidad de pensamientos sin fines partidistas y así levantarnos. De cerca y de lejos, la pelea se tiene que dar en los dos frentes de batalla.  

No creo en casualidades; siempre hay una causa y efecto. La creciente diáspora boricua ubicada en lugares estratégicos a través de estados como la Florida, cambiará contundentemente el mapa geo-político del país. Lo más importante es creérnoslo y votar. Para lograr consistencias de ideas y ejecución, tiene que existir un diálogo continuo entre la isla y la diáspora, sin agendas escondidas. Por fin dejaremos de ser una estadística y nos convertiremos en un arma pensante, con la capacidad de pasar cuentas a quienes nos fallaron y menospreciaron. Y de paso, cambiar el rumbo de esta cadencia suicida que nos llevará al abismo.

No se olviden ... 2975.

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