Silverio Pérez

Tribuna Invitada

Por Silverio Pérez
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La verdad líquida de nuestros partidos

 Lo líquido, a diferencia de lo sólido, se acomoda a los contornos del envase en el que se le vierte. En términos científicos se le llama fusión a la transformación de lo sólido a lo líquido por la aplicación de calor. Aunque para muchos la verdad y la moral son principios sólidos sobre los que se cimienta su quehacer diario, algunos políticos de nuestros tiempos, en su ambición de poder, prefieren licuar la verdad y la moral para que se acomode a los contornos de sus propios intereses.

Cuando el organismo rector de un partido político permite esa fusión, tal vez como consecuencia del calor producido por el “fuego popular”, la estabilidad de su estructura se tambalea, lo reconozcan o no sus líderes. El Partido Popular Democrático se creó a finales de los años treinta bajo la consigna de “vergüenza contra dinero” para combatir el dominio que tenía el capital absentista sobre los asuntos relevantes del país. El punto de fusión, temperatura a la cual lo sólido se convierte en líquido, parece ser en la política puertorriqueña de las últimas décadas el producto de la presión que ejerce el capital sobre las ambiciones de poder de algunos políticos.

            Al licuar la verdad y la moral, ocurre lo que ya las leyes de física nos advierten, los principios se derraman, salpican, se desbordan, gotean, se filtran, chorrean, y la inundación que a la larga se produce ocasiona daños irreparables. Hay algunos que ya se han adelantado a declarar zona de desastre la colectividad que nació para combatir a los colmillús y ahora, a parte de su liderato, no le molestar alzar vuelo junto a los buitres. Para los fusionistas de los principios sólidos es cuestión de adaptar el partido a los tiempos modernos. Para ello, están dispuestos a cambiar lo que aparecía en la publicación de El Bateyen su primera edición de marzo de 1939, donde se establecía el porqué de la fundación del Partido Popular -“proveer tierra y pan para los desempleados”-, a una declaración más fluida: “proveer oportunidades de hacerse más millonarios a los que ya lo son”.

            En ese desparrame de los principios, un triunfo de la colectividad bajo el nuevo liderato de la levedad, tendría un significado muy distinto a lo que Muñoz blandía con orgullo en 1940 al decir que aquella victoria electoral fue una “transferen­cia del poder, no de unos partidos a otros, sino de ciertos intereses económicos y sus maquinarias políticas al pueblo mismo”. Ahora, muchos se preguntan si un triunfo electoral serviría para revertir aquel resultado del 1940 pues, como decía Muñoz: “si el Gobierno se hace con votos comprados, el Gobierno pertenecerá a los que dieron el dinero para comprar los votos”.

            Mas no crean que la licuación de la verdad y la moral ocurre en un solo sector. En el Partido Nuevo Progresista sus dos principales funcionarios, el Gobernador y la Comisionada Residente, recibieron donativos de CDI, la entidad que desarrolló una campaña de inmundicias contra Puerto Rico cuando se buscaba una salida al asunto de la quiebra a través de una ley local. Pero en esa colectividad estos asuntos no parecen producir el más mínimo rubor. Ni se plantea en sus cuadros directivos. Tan licuados están los principios en esta otra cabeza del monstruo bicéfalo en el que se ha convertido nuestra realidad electoral, que han acudido a los tribunales a defender los derechos de la colonia que desprecian, pero que con tanto apego ya han administrado por 26 años.

            Victoria Muñoz se lamentaba en la pasada reunión de la Junta de Gobierno de la colectividad que fundó su padre que la misma había perdido el alma. Lo cierto es que el partido o el liderato político que pretenda convertir la verdad y la moral en líquida, se liquida. Es cuestión de tiempo.


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