Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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La vergüenza de las cabezas de cerdo

Más que los niños y jóvenes, y que cualquier otro sector de la población, creo que son los viejos quienes lo están pasando peor en esta pandemia.

Por más que haya miles de familias que sufran contratiempos para alimentar a su prole, el desamparo de muchísimas personas mayores es palpable precisamente en los lugares que han estado abiertos, supermercados y farmacias.

Muchos de ellos carecen de transportación, ahora más que nunca; no los visita nadie y, por una razón u otra, no tienen acceso más que al esmirriado seguro social o la esmirriada pensión, cuando antes de la pandemia a lo mejor recibían la ayudita de un hijo o nieto que está fuera. Las remesas deben haber disminuido.

Eso sin contar con que hay viejos que, encima de los problemas inherentes a su edad, tienen a su alrededor un buitre o dos, que les vacían las tarjetas. Eso lo sabe perfectamente el Departamento de la Familia. Lo saben en los hospitales, donde a menudo los dejan abandonados. Pocas veces se atreven a denunciar su situación, ni siquiera saben que hay leyes que los protegen, y si lo saben, se les hace insoportable la idea de poner la denuncia.

Por todas esas razones, y porque el COVID-19 es más grave en la gente mayor, aquí quienes peor lo están pasando son ellos. No hay comedores escolares para ayudarlos. Ni siquiera tienen quien les cocine, en caso de que les entreguen uno de esos paquetes procedentes del gobierno u organizaciones comunitarias. Están solos y tristes. Se sobresaltan si tosen, si les da un dolorcito de garganta. Viven mal y el futuro se les antoja horrible.

Los niños, la mayoría, tienen padres, y una sociedad que mal que bien procura volcarse en ellos. Pueden pasar necesidades, puede que un adulto llegue a maltratarlos, y puede que algunas noches se acuesten sin haber saciado su apetito. Pero de eso a la “hambruna”, que es una palabra catastrófica, y a la desnutrición, va un trecho. Y aquí no hemos ni siquiera rozado ese trecho.

Exagerar los sinsabores de la pandemia, acrecentados por una mala administración y un gobierno torpe, no es bueno para la credibilidad del país, de cara al exterior y por nosotros mismos. ¿En qué noticiario, en qué periódico del mundo van a publicar que Puerto Rico está siendo azotado por la hambruna?

En ese marco, resulta descabellado, insensible y vulgar, que hayan dejado unas cabezas de cerdo sobre las vallas de seguridad en La Fortaleza. No quería dar crédito cuando las vi, y pensé que eran de plástico. Alguien me informó que no, que eran reales cabezas ensangrentadas. ¿Qué salvajismo es ese, qué tiene en su propio cerebro una persona que juega así con los restos de animales muertos?

Es primer lugar, eso es un delito contra la sanidad pública, aquí y en cualquier país del mundo. En segundo, si se trata de hambruna, no se bota la comida. Con las cabezas de cerdo se guisan montones de platos. En México hacen hasta tacos. En tercer lugar, ¿cuál es el mensaje y el contenido de esto? Dejar cabezas de animales muertos es el modo de amenaza preferido de un montón de mafias alrededor del mundo. ¿Recuerdan la famosa escena de “El Padrino”? Pues cabezas de perros, de vacas, de animales salvajes y sí, cómo no, también de cerdos, han precedido o adornado escenas de masacres en los lugares más violentos de Latinoamérica. Y lo que menos se espera es que ninguna persona, una mujer que actuó impunemente ante la policía, se pasee por el Viejo San Juan, en plena cuarentena, con una bolsa llena de cabezas que abandonará en la vía pública.

Allí las habrán tenido que recoger, no la gobernadora y los miembros de su gabinete, sino los empleados de mantenimiento de la alcaldía. O quizá los policías, a quienes iba dirigida “la ofrenda”.

Aquí se avecinan días duros, no por el confinamiento en sí, sino porque hay un importante sector, que es el de la economía informal, la dura y la blanda, que empieza a resentirse y dar síntomas de intolerancia.

Si en tiempos normales menos del 40 por ciento de las personas en edad y disposición de trabajar, forman parte de la fuerza laboral del país, es porque el resto se busca la vida, o bien en trabajitos legales, pero fuera del radar del Estado, o en otro tipo de movidas que caen dentro del campo criminal y que generan cientos de millones de dólares. Millones que por el momento han dejado de correr. Al ser la pandemia un fenómeno que ha vaciado ciudades estadounidenses, paralizado las islas vecinas y ralentizado el transporte de carga y pasajeros, la “estructura” sufre. El lavado de dinero está pasando por un período difícil. Las gestiones en los bancos son pesadas y complejas. Las transacciones que normalmente se usan para canalizar el flujo de efectivo se han detenido.

No se trata del tráfico de puntos, estamos hablando del inmenso, descomunal, particular negocio de trasbordo que hay en Puerto Rico. Y eso se nota. No está circulando el dinero que circulaba antes y resolvía muchísimas necesidades. De eso no se habla, de la desaparición momentánea de esa actividad que desde hace años actúa como un colchón contra la adversidad financiera.

Por eso, por tantas cosas, y por un sentido elemental de la decencia, dejar cabezas de cerdo en ningún lugar público puede ser una expresión política. Es ofensivo. Burdo. Reaccionario.

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