Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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La vida más allá del cuarto

Al tratar de explicar una vez la relación entre el organismo que preside y el gobierno de Puerto Rico, el presidente de la Junta de Supervisión Fiscal, José Carrión III, recurrió a la ya famosa analogía del cuarto. Dijo algo así como que “nosotros decidimos el tamaño del cuarto y el gobierno decide cómo acomoda los muebles en ese cuarto”.

Así, Carrión quería representar que la Junta establece los parámetros presupuestarios dentro de los cuales se va a conducir la administración pública en Puerto Rico y que el gobierno decide qué hace dentro de esos parámetros. Demasiadas personas, sin embargo, le han dado otra interpretación a la analogía, pues lo que hicieron fue meterse ellos mismos dentro del cuarto, no ver más allá de sus estrechas cuatro paredes y revelarse de repente incapaces de imaginar la vida puertorriqueña sin Promesa, sin la Junta y sin el coloniaje.

Por eso, los ve uno en la radio, en la televisión y en los periódicos temblando de miedo ante las determinaciones de la Junta, o haciendo análisis leguleyos y apocalípticos sobre lo que hubiera pasado si Promesa no se hubiera aprobado con el componente de una junta compuesta por personas no electas por nadie, o si no existiera la moratoria en la presentación de demandas de cobro de parte de los acreedores.

Se aclaran la garganta, se acomodan la corbata, fruncen el ceño y hablan de todo, menos de lo importante: el carácter antidemocrático, tiránico y abusivo que animó la creación de la Junta de Supervisión Fiscal. La democracia es la aspiración suprema de la humanidad. El agua de los siete mares no es tanta como la sangre que se ha derramado luchándola. Aquí, sin embargo, a las voces de influencia en los medios, a la gente de saco y corbata que habla en público, los que “orientan” a la población, parece importarle eso muy poco.

Hablan de la Junta y de Promesa como si fuera normal que un país poderoso como Estados Unidos hubiese mantenido como colonia por 120 años a una isla pequeña, hubiese tratado de engañar a la humanidad haciendo la falsa representación de que había acabado con el régimen colonial en 1952, y no se hubiese quitado la máscara en 2016 y devuelto a Puerto Rico a un régimen clásico de subordinación política. No es solo que no ven estos abusos; es que hasta quieren que el país se sienta agradecido de Promesa, porque, de lo contrario, estaríamos en la calle comiéndonos unos a otros, como en la novela ‘The Road’, de Cormac McCarthy.

Hemos sido abusados por tanto tiempo, que normalizamos el abuso y ya no somos capaces ni de reconocerlo. Llevamos tanto tiempo secuestrados en el cuarto de la colonia, que hemos perdido todo sentido de perspectiva. Ya ni vemos que hay maneras distintas, y muchos más saludables, de conducir nuestra vida colectiva.

La situación de Puerto Rico, sin duda, era muy compleja cuando el Congreso de Estados Unidos y el presidente Barack Obama les ofrecieron a los políticos locales la Junta como el único antídoto contra el desplome. Los gobernadores coloniales nos habían llevado a la quiebra. Sus actuaciones, avaladas por la mayoría en las urnas, hicieron imposible pagar la deuda y continuar dando servicios al mismo tiempo.

Debido a la disparatada Constitución colonial, los bonistas cobraban primero que los maestros, los policías y los bomberos en caso de que el dinero no alcanzara para todos. Parecía, en aquellos críticos meses de 2015 y 2016, que todo estaba a punto de colapsar.

Nuestros representantes de entonces, el exgobernador Alejandro García Padilla y el ex comisionado residente Pedro Pierluisi, asustados por lo que se nos venía encima, flaquearon a la primera y aceptaron agradecidos y conmovidos la pulverización del simulacro de democracia que habíamos tenido hasta entonces. Barack Obama, quien cuando era candidato y le interesaban nuestro dinero y nuestros delegados expresó que resolvería en poco tiempo el problema colonial, dijo que era eso, la intensificación del coloniaje, o nada. García Padilla y Pierluisi, entre otros, le arrancaron la mano como si nos estuvieran haciendo un favor.

¿Qué hubiera pasado si el Congreso no hubiera aprobado Promesa? Si García Padilla y Pierluisi se hubiesen opuesto, ¿habría eso hecho la diferencia? Si no existiera Promesa y nos abrumaban las demandas, ¿los tribunales habrían de verdad permitido que no se pudiera comprar oxígeno para los pacientes del Centro Médico con tal de que se pagara cada centavo de la deuda? ¿Habrían permitido jueces de carne y hueso que los niños se quedaran sin clases porque el dinero para poner a funcionar las escuelas y pagarles a los maestros tenía que pagarse a bonistas? ¿No habrían mandado a las partes a buscar una solución humana, razonable, aunque la disparatada Constitución dijera X o Y? ¿En serio alguien cree, con la mano en el corazón, que se habría llegado a eso?

El que escribe esta columna no lo cree así. El que escribe cree que, con firmeza, Puerto Rico podía haber logrado una salida al abismo que no implicara renunciar a uno de los atributos más sagrados que tiene cualquier ser humano, que es poder elegir y pedirles cuentas a las personas a las personas que manejan la vida colectiva en las sociedades en las que viven. De eso es que se trata la democracia, y eso es lo que nunca han permitido que aquí tengamos.

Muchos otros países y jurisdicciones de Estados Unidos quebraron antes que nosotros. En ningún caso la solución fue aislar de las decisiones a los representantes que los ciudadanos de esas jurisdicciones. Ese fue una humillación diseñada especialmente para los puertorriqueños, por quienes apostaron, tal parece que con razón, que aquí aceptamos sonrientes cualquier golpe que nos den desde afuera.

¿Qué sentido tiene, se preguntarán algunos de los que hayan llegado hasta este párrafo, seguir revolviendo este pasado cuando ya la Junta está aquí nos guste o no? Pues intentemos, entonces, una respuesta: el sentido es que no nos dejemos engañar por los que nos quieren hacer creer que Promesa era la única manera de resolver nuestros problemas, que no nos creamos que somos menos que nadie y no merecemos, por lo tanto, soluciones dignas a nuestros problemas, que aprendamos, a fin de cuentas, que hay vida más allá del cuarto y, si se puede, que la exijamos.

En el fondo, no es tan difícil.

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