Andrés Fortuño Ramírez

Desde la diáspora

Por Andrés Fortuño Ramírez
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La violencia doméstica en un diálogo de niñas

 Hace más de 20 años trabajé en un pequeño proyecto comunitario. Mi labor requería que visitara algunos residenciales públicos. En una de esas visitas, viajé en el automóvil de una compañera de trabajo. Llegamos temprano al residencial y nos quedamos dentro del auto, esperando al resto del equipo de trabajo.

Serían cerca de las ocho de la mañana cuando, frente a nosotros pasaron dos niñas de entre seis a ocho años. Se sentaron en un banquito frente al lugar donde estacionamos el auto. No se percataron de nuestra presencia y comenzaron a jugar con una muñeca y un pequeño coche de bebé. Sin dudas una bonita escena para comenzar el día, pensamos.

Curioso, afiné el oído para escuchar lo que las niñas decían. De pronto, mi sonrisa mañanera se fue disipando hasta convertirse en una expresión entre “shock” y tristeza. Mi compañera de labores también estaba oyendo. Estaba a punto de llorar. Boquiabiertos, callados, seguimos escuchando lo que decían en su reproducción de una vivencia reciente.

“Chica, cómo te fue anoche”, preguntó una a la otra. “Pues mija, aquel llegó otra vez borracho y tuve que agarrar el sartén y rajarle la cabeza. Me empujó contra la pared y casi me mata, ese cabr..”, le respondió.  La otra, nada sorprendida, le argumentó: “Eso no es nada; el mío me dio una pela hasta‘entro el pelo. Mira las marcas que tengo de anoche”, dijo, mientras se levantaba su camisita.

Quedamos paralizados y sin saber qué hacer en el interior del auto. De repente, entró en escena un niño, más o menos de la misma edad de las niñas. Sin decir una sola palabra se acerca y le propinó un bofetón en la cara a una de las menores. Mi compañera gritó. La reacción obviamente llamó la atención de los niños. Entonces, se voltearon a mirarnos y salieron corriendo.

Jamás olvidaré ese día. De no vivir la experiencia, jamás la hubiera creído. Para mí fue despertar a una realidad de la que solo había leído en los periódicos o escuchado en la radio. Estoy claro de que no es la realidad de todas las familias en los residenciales del país y que igual puede suceder en vecindarios de niveles más altos de nuestra sociedad.

Sin embargo, impacta ver a niños imitando las terribles acciones de sus padres con tanta naturalidad, como si de esto se tratara la vida. Eran tan pequeños como para no saber que, sin querer, estaban solidificando otro eslabón en la cadena de aceptación del maltrato entre generaciones.

Han pasado muchos años y todavía me pregunto en qué momento decidimos como sociedad que es solo a los más jóvenes a quienes hay que seguir educando, liberándonos los adultos de nuestra responsabilidad de seguir evaluándonos y aprendiendo.

Quizás esta es la base de todos los males. Le damos demasiada importancia a enseñar materias que consideramos prácticas para la supervivencia, pero nos olvidamos de ofrecer cursos para aprender a ser buena persona, buena pareja, buenos padres, y cómo relacionarnos positivamente de forma colectiva.  Tal vez deberíamos hacer obligatorio tener que revalidar cada cierto tiempo nuestro derecho a ser adultos y ciudadanos libres de este mundo.



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