María de Lourdes Lara

Tribuna Invitada

Por María de Lourdes Lara
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La violencia nuestra de cada día

Decía Nelson Mandela que la seguridad y las garantías hacia la ciudadanía no surgen de manera espontánea, sino como fruto del consenso colectivo y la inversión pública. Coincido en que la seguridad pública de un país se construye y se logra desde las decisiones y las prácticas de sus constituyentes.

No es un asunto personal o, como dijo una vez un superintendente de la Policía de Puerto Rico: “es un asunto de buenos y malos”. Para este servidor público, su estrategia era dejar que “los malos” se mataran entre ellos y así acabar con el problema de inseguridad en nuestro pueblo. Va a haber mucha violencia durante un tiempo, nos decía, pero al final quedarán los buenos. Una mirada simple, individualista y moralista a un fenómeno complejo, colectivo y de salud pública, como ha sido validado por la investigación en cientos de países y cientos de estudiosos de todas las disciplinas.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la violencia como: El uso deliberado de la fuerza física o el poder, ya sea en grado de amenaza o efectivo, contra uno mismo, otra persona, un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones.

Esta definición no se limita al individuo y al uso de la fuerza física. Incluye varias formas de violencia como el uso del poder y las privaciones; algo que intereso traer a la reflexión. La OMS incluye en su descripción la violencia interpersonal, la comunitaria, la institucional y la violencia económica: estas últimas, vienen del Estado y otros sectores a quienes el gobierno permite que priven y ejerzan su poder, para incrementar la desigualdad y violentar la dignidad humana.

La literatura coincide en que la violencia económica está destinada a coaccionar la autonomía de grupos o comunidades para causar daño económico, o evadir responsabilidades con las familias que son sometidas a este tipo de violencia.

Al igual que las demás formas de violencia, su función es generar dependencia y temor; ayudan a reforzar la primacía de la institución que la ejerce. Se prolongan, gracias al ejercicio de otras formas de violencia psicológica, o cuando se aprueban leyes que someten la población a estos estados de privación. Es la forma más humillante de violentar los derechos humanos y fragilizar la convivencia en una sociedad.

En Puerto Rico se manifiesta cuando no se garantiza un sistema de salud preventivo e integrado para más de dos terceras partes de los habitantes; cuando va desapareciendo una educación de calidad a más del 70% de nuestros niños y niñas; cuando se mantiene una improductividad crónica en más del 60% de personas aptas para trabajar; y se le ofrece a cambio cupones o mantengos. También, cuando mantenemos la pobreza en más del 80% de los niños y cuando más del 68% de los jóvenes entre los 18 y los 34 años sufre los embates de la violencia física y psicológica, a la vez que se ven obligados a emigrar.

Para dar un ejemplo dramático del impacto de estas violencias, las tasas de suicidio en el mundo se han asociado con recesiones económicas y periodos de elevados niveles de desempleo, desintegración social, inestabilidad política y colapso social. ¿Alguna relación con los suicidios post María?

Enfrentamos todas estas formas de violencia como algo normal y no lo son. Tienen raíces en gobiernos que no garantizan las condiciones de convivencia y su responsabilidad recae en una ciudadanía que no exige un proyecto de convivencia. Nuestra violencia de cada día se puede erradicar, si lo acordamos.

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