Madeline Román

Tribuna Invitada

Por Madeline Román
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La virulencia racista en Virginia

Según la filósofa política Hannah Arendt, la sociedad moderna está embarazada de gemelos atípicos: los derechos humanos, por un lado y las tentaciones totalitarias, por otro. El odio, el racismo y la xenofobia son algunos de los rostros que exhiben las tentaciones totalitarias de nuestro presente.

La intensificación del racismo y de la virulencia contra el otro en Estados Unidos  es un fenómeno políticamente peligroso que debe ser resueltamente combatido por todos aquellos que valoran los avances que se han producido en materia de derechos humanos desde el reconocimiento de las muchas y variadas maneras en que los seres humanos somos, efectivamente, humanos.

Los eventos perpetrados en el pueblo de Charlottesville, Virginia por los que, genéricamente, han sido nombrados como supremacistas blancos están imbricados a una infinidad de amenazas contemporáneas: violencia de las identidades, nacionalismo a ultranza, racismo institucionalizado, subjetivaciones totalitarias.

Se ha dicho que se trata de grupos extremistas que defienden la identidad blanca. Con independencia de lo mucho que podamos celebrar una identidad “x”, lo  cierto es que este caso nos pone  de frente  lo que  Amartya Sen (profesor indú, premio nobel en economía),  ha nombrado como violencia de las identidades. Hay quienes matan en nombre de una identidad, hay quienes viven la identidad como un destino, y hay quienes dan por bueno matar en nombre de una identidad.

Al presente, la violencia de las identidades es responsable de gran parte de la violencia que se vive a todo lo largo y ancho del planeta. Cuando una identidad que se imagina mayoritaria se siente amenazada corre el riesgo de convertirse en una identidad predadora. Detrás de la violencia de esas identidades predadoras se esconde un temor a ser suplantado por el otro, temor a que el otro se constituya en una mayoría, temor al poder político del otro.  El lema utilizado por supremacistas blancos en los eventos de Charlottesville, you will not replace us (“no nos reemplazarás”) es una expresión del carácter depredador de esa identidad.

La violencia desplegada por los supremacistas blancos se produce también desde la defensa de un nacionalismo que imagina que, en efecto, existe una nación constituida por blancos y por lo que se entiende es la pureza de lo blanco. Ese nacionalismo, defendido desde los referentes de la sangre  y la tierra (blood and soil), participa del entendido totalitario de que ésta constituye una raza superior. Sobre este punto habría que recordar las palabras del filosofo español Fernando Savater: la democracia no pasa por más nacionalismo sino por menos. Por lo que, habría también que preguntarse, ¿de qué valoraciones tendríamos que asirnos para superar ese nacionalismo totalitario?  Habría también que preguntarse por las condiciones que han propiciado este recrudecimiento del racismo en Estados Unidos más allá o más acá de la figura de Trump y su vinculación con recrudecimientos similares en otras partes del mundo.  Ciertamente se necesita un poder político que condene de manera inequívoca esta violencia racista, pero se necesita sobre todo una sociedad capaz de reconocer en la diferencia y en la diversidad de su población su mayor riqueza. 

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