Eduardo A. Lugo Hernández

Tribuna Invitada

Por Eduardo A. Lugo Hernández
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La voz de la juventud en la crisis

En Puerto Rico tenemos refranes populares que aluden a nuestra visión acerca del lugar del niño en la sociedad. Desde “ los niños no se meten en conversaciones de adultos” hasta “los niños son el futuro de Puerto Rico” (el cual niega su contribución en el presente), todos aluden a una cultura de silenciamiento.

Estos refranes han sido vociferados por muchos padres y madres en algún momento de su relación con sus hijos. Los mismos resumen lo que consideramos uno de los pilares del respeto entre adultos y niños en nuestra cultura. Su aplicación no se limita al ámbito familiar ya que este principio básico de esta relación social se refleja en la escuela y en otros escenarios donde los niños interactúan. Lo que para unos es un pilar del respeto, para otros simboliza una cultura de silencio y opresión.

¿Por qué el respeto debe equipararse al silencio? ¿Qué consecuencias tiene el silencio que requerimos de nuestros niños para el niño y para el país? A simple vista y con una mirada adulta, la primera reacción es que esta práctica fomenta la disciplina que los niños deben tener en la sociedad. Sin embargo, otra mirada nos alerta a sus consecuencias a corto y largo plazo.

A corto plazo, el no involucrar a nuestros niños en las discusiones acerca de las situaciones que aquejan la familia y el entorno escolar, lo priva de contribuir activamente en la búsqueda de soluciones. Esto lo posiciona como un ente pasivo a la merced de las decisiones adultas. Su sentido de control sobre su entorno se ve afectado. Aun más importante, no desarrolla destrezas de análisis crítico y resolución de problemas. En la escuela, las investigaciones han demostrado que la integración de los niños y jóvenes en los procesos de toma de decisiones aumenta el interés de los niños por la escuela y su sentido de pertenencia a este entorno.

Además, tiene un impacto positivo en su desempeño académico y aumenta la afectividad de las iniciativas que se planifican y ejecutan con su participación.

Como país debemos estar preocupados por las consecuencias a largo plazo. Si desde pequeños sometemos a un sector de nuestra ciudadanía a una cultura de silencio, no podemos esperar que estas personas mágicamente se conviertan en ciudadanos activos a nivel social y político en la adultez.

La niñez y la juventud deben ser etapas de participación donde se practiquen las destrezas ciudadanas necesarias para contribuir activamente al país. Es en esta etapa que debemos enseñar a nuestros niños a contribuir a su familia con tareas apropiadas para su nivel de desarrollo.

Asimismo, debemos involucrarlos en proyectos comunitarios que abonen al fortalecimiento de nuestros vecindarios y otras obras sociales. La niñez tardía y la juventud deben ser momentos donde los niños dialoguen acerca de asuntos de interés social tales como la pobreza, el consumo responsable, el sexismo, racismo y el discrimen por razón de orientación sexual. Estas aserciones son fundamentadas en un sinnúmero de investigaciones y en las acciones propuestas en la Carta de Derechos del Niño de las Naciones Unidas.

Sin embargo, nuestra visión cultural del asunto nos dificulta ejecutar estas estrategias. Vemos a nuestros niños como incompetentes cognitivamente para analizar los problemas y contribuir de manera significativa a nuestros hogares y escuelas. En el peor de los casos, apelamos a la inocencia de estos para no incluirlos y mucho menos hablarles de temas que laceren la misma. La inocencia en el país se usa como muletilla de políticos y de otros sectores sociales para empujar proyectos de ley o detener iniciativas que conduzcan a una sociedad más justa para todos.

Es hora de dejar las excusas y proveerle a nuestros niños y jóvenes oportunidades de participación real que potencien su desarrollo. Estas estrategias deben ser parte integral de un plan de desarrollo económico que conceptúe la educación como un proceso continuo que rebasa las paredes de la escuela. No podemos perder más tiempo.

Necesitamos una visión de desarrollo ciudadano que genere entes activos, críticos y con conciencia social. Debemos desviarnos de prácticas familiares, escolares y políticas que perpetúen el silencio ciudadano. A lo mejor así dejamos de demonizar las acciones ciudadanas de protesta. A lo mejor así entendemos que la política no es la política partidista que por tanto tiempo ha dividido ciegamente el país. A lo mejor así dejamos atrás la inocencia y entendemos que la salvación no tiene colores, sino matices de acciones ciudadanas.

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